De donde no hay niños 

Quedan en la soledad de los parques los niños que aún no van al colegio y a los que no llevan en la hora temprana de mantita y chupete, a la guardería del barrio, bien abrigados y aún dormidos, arrancados de la cuna con triste mimo. Y es el niño que tiene para sí todos los columpios de colores, la atención de los abuelos, el vacío del estanque de los patos y el rumor de los coches, un milagro descolocado. Niños que en las tardes bajan los toboganes empujándose, corren entre los árboles y se saludan a gritos mientras, unos metros más allá, los perros corren en su espacio de recreo, más numerosos que los niños, y tan vigilados amorosamente como ellos. Lo reconozco, por las calles me quedo mirando con arrobo a los niños pequeños, aquellos que me devuelven una mirada curiosa profunda y sorprendente.

En el alfoz de las ciudades castellanas florecen los niños y el parque se llena de gritos y carreras mientras las madres se quejan de la falta de becas, preparan la intendencia de los futuros cumpleaños, las mochilas del día siguiente y el horario militar con el que pasamos la semana de escuela. Los padres son más proclives a inclinarse sobre el móvil, el corrillo de los parques es una lección de terapia organizativa y las amigas de mi cuñada parecen expertas en hacer que les cundan las tardes y las mañanas antes de llevar a los niños a madrugadores y salir al trabajo. Hasta hace un tiempo yo era una de ellas, y a la voz de ya recogíamos a los retoños sudorosos y protestones, les arrastrábamos a casa, les bañábamos a trompicones y les sentábamos a cenar con el pijama puesto. Es el ritual de los días de diario que se aceleran y se suceden y pasa el otoño, llegan los gorros, los guantes que se pierden, la navidad con su estrépito de luces y después, la silenciosa espera de una nueva primavera.

Horarios fijados en la nevera con los imanes comprados durante las vacaciones. Calendarios punteados de citas médicas, obligaciones y letanías que hay que cumplir mientras pasan las semanas, primero lentas y densas, luego atropelladas… en el alfoz donde todo el mundo camina, los niños se sueltan de la mano, corren por la calle, regresan deteniéndose a comprar el pan, a arrancar una chuche a quien tiene casi lista la comida en la previsión de cada mañana rápida, rápida, ropa limpia preparada, mochila con bocadillo y agua, zapatos alienados junto a la puerta de entrada que se cierra tras el niño con un silencio descansado… es el diario acontecer de lo cotidiano, el ritmo vertiginoso de los días. En mi casa, lejos del fragor de mis sobrinos, mi hija alterna las clases on line con sus caminatas a la universidad, envuelta en la aureola de los auriculares. Ni la gata se apresura por las mañanas una vez que ha conseguido salir a comprobar que todo sigue igual y que hace fresco, que mejor en casa que ella no se tiene que ganar la vida… por las mañanas, la nuestra es una prisa sosegada, porque dejamos atrás el parque, la tele con la cena, la mañana infantil pegada a la taza del desayuno de Bob Esponja. Y cuando mi horario me lo permite y paso por ese parque silencioso, me quedo mirando al niño solitario que no sabe de prisas, aquí en la ciudad donde hay más perros… y confío en el timbre de salida… esperando el revuelo…   

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.