Dos catedrales, tres perspectivas

     En realidad, en Salamanca, solo hay una catedral, porque solo hay un obispo, y sería más preciso hablar del “Templo Viejo” o del “Templo Nuevo” de la única catedral, en lugar de Catedral Vieja y Catedral Nueva. Pero no vamos ahora a enmendar la plana a los hablantes que, como “el cliente”, siempre tienen la razón. Catedral viene de cátedra, que en latín significa “silla”, e indica el mueble donde el obispo se sienta para enseñar, cuidar y regir a su diócesis. A poca imaginación que se tenga es fácil deducir que, cuando la Iglesia ha sido perseguida, desde los tiempos del Imperio Romano hasta el Imperio soviético o maoísta, o el Daesh, la cátedra del obispo ha sido la silla de anea o el poyo, estuviera donde estuviese, donde el obispo, también perseguido, lograba descansar un poco mientras enseñaba a sus dos o tres diocesanos presentes.

     Una perspectiva es la del turista o visitante que viaja a nuestra ciudad, sobre todo desde el Sur o por la carretera de Madrid, para quien se impone a la vista el conjunto catedralicio con la torre del Gallo, la cúpula barroca y la gran torre. Para el turista, la silueta de la catedral centra el paisaje, lo define y le da sentido.

     Otra perspectiva es la del salmantino medio, o zamorano importado, como es mi caso, que puede vivir en el Rollo, en la Prospe, en Los Toreses o Puente Ladrillo, en Garrido Norte o Sur, en el Barrio Vidal, en el del Oeste, en Salas Pombo y en los alrededores del antiguo campo del Calvario -ahora Estación de Autobuses-, o en Pizarrales o en el Barrio Blanco, o incluso en el Centro Histórico. No me he olvidado de Tejares, Chamberí, Salas Bajas o Vistahermosa, ni del Zurguén o San José.

     La ciudad ha crecido y se ha desbordado desde sus límites originales –su esencia original, pues son sus límites los que definen la esencia de una cosa- alejándose con gran rapidez del teso de San Vicente, de la Peña Celestina o del cerro de la catedral. Ya desde el mismo siglo XII la ciudad creció con la llegada de Los Toreses, alejándose hacia el Norte y centrándose en San Martín y la gran e irregular Plaza - cinco veces más amplia que la actual- que rodeaba esa iglesia coetánea de la catedral. Ignoro si en los siglos XII y XIII se hablaba entre los salmantinos de las redes sociales, pero es un hecho que los salmantinos fueron, fuimos, tejiendo nuestras redes sociales -nuestros contactos familiares, amicales y laborales- cada vez más alejadas del Centro Histórico y de la catedral (o catedrales). Cierto es que la naciente Universidad, esplendorosa desde el final de la Edad Media y comienzo de la Moderna, hizo una competencia primero leal a la catedral y luego se divorció de ella cuando los liberales, en el siglo XIX, arrojaron la Teología fuera de las aulas universitarias. Pero luego, la Universidad hizo su propio camino, independiente del pueblo salmantino, excepto por los asuntos del condumio y la economía. Parece que ahora Universidad y Ciudad mantienen un matrimonio más estable, lo que no obsta para que la mayor parte de nuestros jóvenes talentos, también algunos clérigos, tengan que irse a Madrid o al extranjero, lo que está muy bien…siempre que sea de forma voluntaria y no porque en Salamanca no hay suficientes empresas que puedan rentabilizar el valor añadido del conocimiento.

     Una tercera perspectiva es la de los clérigos. Dentro del mundo clerical hay dos grandes protagonistas: los obispos y el Colegio de los presbíteros (los curas, vaya, que somos también un conjunto plural de submundos). Sin acritud, como decía D. Felipe González en su día, con respecto a la catedral, al Cabildo, o sea, a los canónigos, puede haber algunos prejuicios. Prejuicio, según el Diccionario de la RAE, es la “acción o acto de prejuzgar” y opinar sobre un asunto basándose en experiencias del pasado o en ideas pre-concebidas, que pueden tener base real o ser meramente legendarias, con diversos estadios intermedios entre la leyenda y la realidad. Y así, es normal que algunos obispos tuvieran antiguamente el temor de que el Cabildo de una catedral se convirtiera en un contrapoder dentro de la Iglesia. En cuanto al conjunto de los curas no es descabellado pensar que puedan entender que los canónigos somos gente rara, privilegiada e, incluso, “beneficiada”. Creo sinceramente que estos prejuicios no tienen base real, pues desde el Concilio Vaticano II el Cabildo, como los demás sacerdotes de la diócesis, estamos y debemos estar en comunión y obediencia con el obispo, que es, junto con el Pueblo de Dios, la pieza clave para entender qué es y qué tiene que ser la Iglesia.

     Habría una cuarta perspectiva posible, la comprensión de la catedral “desde dentro”. ¿Cómo se ve el futuro de la catedral desde dentro de la catedral, desde el Cabildo? Dado que todos los canónigos, y parte de los laicos que trabajan en la catedral, hemos estudiado algo de Teología, somos poco inclinados a hacer adivinaciones, pero creo que es de sentido común entender dos cosas, a medio plazo -de cinco o diez años-: 1) el número de canónigos puede haber disminuido una vez que nos jubilemos los más veteranos y 2) el porvenir, exigido por el sentido común y también por la Eclesiología del Vaticano II, vendrá marcado por el trabajo en equipo de sacerdotes y laicos dentro de la catedral, lo que ya empieza a suceder, como deberá hacerlo a no tardar en todas las esferas de la vida de la Iglesia.

     Por otra parte, la pandemia ha tenido algo positivo: dado que las catedrales suelen estar construidas en metros cúbicos, más que en metros cuadrados -que también-, en el caso de nuestra catedral, el Templo Viejo y, sobre todo, el Nuevo, más amplio, han podido prestar un servicio importante a la Iglesia diocesana y a las parroquias, delegaciones e instituciones diocesanas varias, ofreciendo su amplitud para poder celebrar actos diocesanos, encuentros, Confirmaciones, bodas, además de actos culturales, musicales, ruedas de prensa y exposiciones, relacionados con la Pastoral del Patrimonio, la Cultura y el Turismo -eventos todos ellos relativamente masivos, aunque respetando siempre las normas emanadas de las legítimas autoridades sanitarias- que están colaborando a recuperar un poco la normalidad espiritual tan dañada por el obligado confinamiento.

     Las puertas del complejo catedralicio salmantino están abiertas no sólo para facilitar la ventilación que diluya los famosos aerosoles, sino para que toda la Iglesia diocesana –sacerdotes, religiosos y laicos- y toda la sociedad pueda entrar y salir y sentirse en casa (el frío que pasaremos el próximo invierno lo achacaremos, de momento, a las normas de ventilación…algún tributo hay que pagar).