Un Alejandro Magno con el don de la torería

La corrida tuvo su nombre y el de Morante, que en su segundo abrió su cofre de genio
Alejandro Marcos abrió la puerta del toro con una excelente faena en su segundo - Foto: Miguel Hernández

Caía la tarde sobre Salamanca y ya cuando las sombras se alargaban sacaban a Alejandro Marcos por la Puerta del Toro en loor de multitud. En loor de las grandes ocasiones y con categoría de acontecimiento después de que hiciera temblar los cimientos de La Glorieta con la innata elegancia y exquisitez de este torero que ha sabido beber de los manantiales de ¡Paco Pallares, Juan José y Julio Robles! De la exquisita terna de su pueblo y que tiene en él a su legítimo heredero para continuar con la grandeza taurina de esa villa a la que ayer, además, brindó un particular homenaje luciendo sus banderillas los colores de la bandera de La Fuente de San Esteban.

Estoy seguro que esta tarde, en un palco de la eternidad, se juntaron Paco, Juanjo y Julio para disfrutar con la solemne torería de Alejandro Marcos, los tres acompañados de Paco Galache, el legítimo ganadero que llevó a estos toros a los mejores carteles de la pasada década de los 60 y donde seguro que Juanjo –a quien también brindó el primero tras hacerlo al público-, siempre tan sensible se emocionó varias veces para afirmar: “¡Os los decía yo”!

Porque Juan José siempre afirmaba que Alejandro sería grande, que tenía el don de la torería. Tan grande que tiene todos lo ingredientes para ser un Alejandro Magno del toreo. ¡Qué maravilla su obra ante ‘Gandillito’!, ante ese berrendo en colorao de los campos de Hernandinos que era una postal y al que lanceó a compás abierto, con empaque y el mentón sobre el pecho para mover los brazos con sensibilidad un capote que parecía de seda y regalar arte una afición que no dejó de admirarlo. ¡Qué preciosidad de lances! Pero tanto a más después en su faena de muleta tras brindar a Morante y surgir, como un volcán de emociones series marcadas con el gusto, con la planta hierática para correr la mano y ralentizar los muletazos hasta llegar el encajado embroque y surgir los olés en lo que era una obra al arte del toreo. Una obra obra rematada con unos desmayados (de los que se ha inspirado en sus maestros) antes de rematar con acertada espada. Y si en este lo bordó no pueden quedar en el tintero los lances a su primero, porque es una maravilla ver la conmovedora interpretación a la verónica donde surge la emoción y ese arte que eriza el vello, en lo que fue su tarjeta de presencia en esta tarde que seguro que tiene un marco de cristal entre sus mejores recuerdos.


La corrida tuvo su nombre –el de este Alejandro Magno que atesora el donde la torería- y el de Morante. Morante, que en su segundo abrió su cofre de genio para firmar una completísima faena, toda con sus esencia y hasta donde no faltó la raza del valor (lo recibió con dos largas clavado de hinojos), él mismo clavó el tercer par, ejecutado con las mismas formas de aquella leyenda de las banderillas que fue Julio Pérez ‘El Vito’ y de quien Morante supo captar esta suerte. Y después una maravilla con la muleta, todo con la verdad y genialidad que es sello de identidad. Una pena que el mal uso del acero le impidió salir el hombros. Pero es la suerte suprema.

Fue la tarde donde El Juli pasaba por allí y nunca entró a este banquete de arte repartido entre Morante y Alejandro. Este banquete donde también fue una delicia volver a disfrutar con la lámina y nobleza de los ‘galaches’, aquellos toros que dieron tantas de gloria a las carreras de leyendas como El Viti o Paco Camino, disputándoselos todas las figuras y que solamente la torpeza e intereses de un ‘sistema’ –y la crítica de la época- retiraron de la circulación para dormir el sueño del olvido durante décadas entre los encinares de Hernandinos. Por eso hay que felicitar a Paco Galache Calderón –sobrino del antiguo Paco- por devolverlos a la pomada de la actualidad.  Porque los ‘galaches’ son para artistas. 

Y con este bello colofón de torería, que ha tenido categoría de acontecimiento e hizo temblar los cimientos brindo por este artista, para orgullo que siga ascendiendo peldaños y como bien decía siempre su maestro Juan José: “tiene un dimensión tan grande que no e le ve el techo”. Por eso es Alejandro Magno y atesora el don de la torería.