La Mariseca, castigada sin salir (y la patrona también)

Pasó Santiago y no había rastro de esa veleta pregonera en el lugar de costumbre. Era su fecha de aparición tradicional, no hace tanto recuperada, pero aguardé paciente a ver si por la Asunción, el día en que, siendo niño, empecé a verla asomar… Pero no, tampoco el 15 de agosto dio señales de vida en la espadaña consistorial. Dos semanas más tarde, en un paseo dominical por la Plaza, el reguero de algún vuelo dejaba huella sobre la casa grande del municipio, pero ni rastro de esos dos elementos urticantes sobre algunas pieles en “la piel de toro”: sí, esos mismos, el toro y la bandera de España.

La Mariseca, por segundo año consecutivo, se queda almacenada donde le corresponde desde que se acaba la Feria de Septiembre hasta el siguiente 25 de julio. No hubo ferias y fiestas en 2020, no hubo Mariseca; no hay ferias y fiestas en 2021, no hay Mariseca. Entiendo que así lo justificará el Ayuntamiento de Salamanca, si bien resulta algo forzado convocar una serie de actos diversos a los que se decide no llamar “ferias” y a la vez hurtar ese aviso histórico, cuya trayectoria se cuenta por siglos, de que habrá toros este septiembre en Salamanca. Porque este mes sí habrá Feria de Septiembre en La Glorieta y se merecía que La Mariseca se lo recordase a todos los salmantinos, incluidos los que no entendemos lo suficiente como para llamarnos aficionados, y los que no acudimos al coso o lo hacemos muy esporádicamente, con lo que tampoco somos público. Pero sí somos “taurófilos”, perplejos ante la persecución ideológica que sufre la Fiesta, y es que escuchar determinados razonamientos contra ella desde posiciones tan incoherentes sólo puede despertar esa sensación de perplejidad. ¡Larga vida a la fiesta de Toros!

Junto a La Mariseca, recluida en almacenes, tampoco saldrá este año a la calle la sagrada imagen de la patrona de Salamanca y su tierra, Santa María de la Vega, mostrada bellamente en la Catedral (enhorabuena a los encargados de su altar de cultos). Las ferias, o ahora “la programación cultural”, se suponen en su honor, aunque no fue hasta el último cuarto del siglo XIX cuando se fijó su fiesta el día 8 de septiembre, la Natividad de la Virgen. Consolidada la ofrenda floral a la patrona, hace pocos años comenzó a sacarse la imagen con este motivo al atrio catedralicio, de modo que al atardecer del día 7 se venía celebrando en la Plaza de Anaya un acto de devoción a Santa María de la Vega. Parece que ni la ofrenda floral en su forma habitual ni la salida de la venerada efigie al espacio público tendrán lugar en este año, mientras que los muros catedralicios, concretamente los del Patio Chico, sí cobijarán algunos de los actos culturales, como lo hacen también en su interior ciertos templos. Se da la paradoja de que dentro de lugares de culto hay espacio para la cultura pero en el espacio público, al aire libre mucho más seguro, no hay ocasión para un acto de culto. Sin duda, un agravio comparativo en la normativa restrictiva de la Junta de Castilla y León, que disuade con todo tipo de trabas la organización de romerías y procesiones, y también cierta inoperancia desde la propia Iglesia que, salvo honrosas excepciones, se resigna o se acomoda a esta exclusión de la fe de calles y plazas en su hermosa expresión de la piedad popular.

Sin Mariseca que lo pregone, recuérdese que habrá toros. Sin patrona que salga al atrio, sépase abierta la puerta de la Catedral para visitar a Santa María de la Vega, porque, como pedimos en su himno, y Ella lo hace, “abre, Madre, los brazos al pueblo que a Ti llega…”.