El gazpacho de la era y otras fuentes a las que acudir

«Yo y mi país contra el mundo. Yo y mi tribu contra mi país. Yo y mi hermano contra mi tribu. Y yo contra mi hermano» (Proverbio afgano).

Topé con esta dolorosa declaración de principios cuando pensaba cómo dar forma de columna a algunas pequeñas alegrías personales recientes. Alegrías sencillas de búsqueda y hallazgo de raíces, a menudo reencuentros periódicos, otros más infrecuentes.

Esa verdad personal, que nunca es a la contra sino a favor, alienta la auténtica identidad que configura a la persona reforzando los cimientos en la familia que transmitió la vida y, de tantos modos, la fe en su inmensa expresión y siempre por completar. Se trata de la identidad individual que necesariamente debe desarrollarse, porque no puede negarse que las identidades colectivas devoran sin compasión a los que ignoran la suya o consienten que otros se la den hecha.

En cuenco de barro, para conservar su frescura, me deleita y me identifica el gazpacho de la era, el que mi abuela me daba de cenar temprano muchas tardes de los veranos de mi infancia. Es el mismo gazpacho que ahora prepara mi madre, con su pan y su cebolla envueltos en el agua y el vinagre. Ese mismo gazpacho de las Cármenes, gazpacho de mesa familiar, era el que mi abuela Socorro elaboraba para sostener a segadores y trilliques, primero de San Muñoz y luego de Arroyo de la Luz, en los julios y agostos de Valencia de la Encomienda. En ese gazpacho de la era vuelvo a probar el sabor de la infancia y a escuchar los sudores de una España en larga posguerra que se esforzó desde la aurora hasta el sol último.

También me ha servido en bandeja este verano un paseo por la Montaña Palentina, y con él la evocación de un campamento infantil… ¡hace treinta años! No logré dar con el escenario exacto donde se extendieron nuestras tiendas de campaña, pero en las encrucijadas, en los carteles de las carreteras, en la frondosidad de los robledales, en lo enrevesado de los senderos, en lo puro del aire y en la belleza de los templos románicos pude regresar a aquella primera separación de la familia, dolorosa al comienzo y agradecida en el adiós, después de jornadas inolvidables en un claro del bosque donde la Cruz era el árbol más humano y más espléndido que cobijaba con su sombra todos nuestros descubrimientos.

Por último, el programa estival que fomenta la apertura de numerosas iglesias de nuestra región fue la excusa para visitar hace unos días las de Macotera y Santiago de la Puebla, imprescindibles (hasta el 12 de septiembre se dispone de este horario más amplio), y de paso acercar a mis hijos al pueblo de su bisabuelo, que aún tienen el gozo de disfrutar. Salvador, que así se llama, que nació un día del Salvador, 6 de agosto, hace noventa y tres años, y fue bautizado en la pila de la preciosa parroquia del Salvador de su pueblo, Gajates, en la Tierra de Alba. En ese pórtico enladrillado, brillante ejemplo del mudéjar, y en la casa que fue de la familia, sentí raíces por las que dar gracias. Lo mismo me pasó al contemplar el cocodrilo de Santiago de la Puebla, cuya leyenda tantas noches me acompañó, en la voz de mi abuela Carmen, en la búsqueda de un sueño que, pese a lo sobrecogedor del suceso, era siempre plácido. Porque nada existe más consolador y beneficia más a la identidad de uno que los relatos amorosos de la abuela.

El gazpacho según la receta de mi abuela Socorro por desgracia no pude probarlo, pero tengo grabada en el corazón su voz resuelta recitándome desde la cama el romance de la Loba Parda. A menudo lo leo en silencio y me parece que cruzo la pared, y que sin abandonar mi calle vuelvo cinco lustros hacia atrás y estoy otra vez con ella y con mi abuelo Tomás, y entonces sé que en la infancia, en la familia, en las pequeñas verdades de las que estás seguro y que sientes la necesidad de compartir con tus hijos, te encuentras contigo mismo. Son fuentes de agua sana a las que acudir, argumentos para una identidad que nunca lo será contra nadie ni para levantar una trinchera, pasos decididos hacia un mañana que nos está esperando porque volveremos a la casa de donde el Amor de Dios nos dejó partir en la libertad de ser sus hijos.