Afganistán, errores del pasado

Los talibanes no solo han ganado la guerra y declarado su victoria, haciéndose con Afganistán. También gobiernan las portadas de los medios de comunicación. Durante una semana, siete días seguidos, la reconquista de los talibanes lo ocupa todo. Como si en el mundo no hubiera otros acontecimientos o historias de las que ocuparse y hablar. No es nada habitual que un mismo tema ocupe las portadas durante tanto tiempo.

El asunto es de vital importancia para todos, y, especialmente, para las mujeres, por eso le dedicaremos este espacio, pero no antes de prestar la atención que se merece Haití, ese país caribeño en el que las tragedias se suceden una tras otra y que el pasado sábado día 14 recibió un seísmo de magnitud 7,2 grados en la escala de Richter, con gran poder de destrucción, dejando un balance provisional de 2.000 muertos, más de 12.000 desaparecidos y multitud de ciudadanos que lo han perdido todo, sus casas convertidas en escombros y las calles enteras destruidas. Allí está el dolor acumulado e inmenso, en un país que ocupa el puesto número 15 del mundo por su pobreza, con un PIB por persona de 697 dólares.

No es fácil comprender lo que viene pasando en Afganistán. Una simple mirada al retrovisor de la historia puede ayudarnos a entenderlo. Afganistán llegó a mediados del pasado siglo XX arrastrando las cadenas sociales y de relaciones económicas propias de la Edad Media e insostenibles en el mundo contemporáneo.

En tales circunstancias de opresión y miseria, estalla una revolución popular impulsada por los comunistas afganos, llamada la Revolución Roja de Abril, más conocida como la Revolución de Saur (nombre persa del mes) La Revolución cuajó y en 1978 el gobierno marxista de Tariki puso en marcha un ambicioso programa de reformas que llegará hasta 1992 en el que los muyahidines talibanes tomaron el poder y acabaron con las reformas. Entre otras cosas, la Revolución de Saur eliminó la usura, beneficiando a once millones de campesinos; implantó la reforma agraria; eliminó el cultivo del opio; inició una campaña de alfabetización y se declaró la educación universal para ambos sexos. En virtud de la ley, se hizo una separación total de la Religión y el nuevo Estado que pasaba a ser constitucionalmente laico; legalizaron los sindicatos; se estableció una ley de salario mínimo para subir sueldos a los trabajadores, independientemente del sexo; promovió la igualdad de derechos para las mujeres, su incorporación al trabajo, a la universidad y a la política…

Es el periodo conocido como el Afganistán Socialistas, en el que ese país, hoy tan atrasado, superaba en muchos aspectos a la España de aquella época, como en el caso del divorcio, que fue permitido un año antes que en España.  

Pero Estados Unidos, junto con sus aliados en la zona, Pakistán y Arabia Saudí, decidieron declararle la guerra a la Revolución Saur. En 1978, desde el primer momento, comenzaron a emitir propaganda contra el nuevo régimen, así como a promover, formar y apoyar a insurgentes muyahidines. En medio de todo ello se da la discutida intervención de la URSS, que aquí no vamos a entrar en si fue una invasión o una ayuda consentida por los afganos. El caso es que Estados Unidos dio un apoyo abierto y generoso a los islamistas, gracias al cual fueron surgiendo organizaciones rebeldes y entre ellas Al-Qaeda. El presidente Reagan llegó a llamarles “…valientes afganos luchadores por la libertad”. El propio Bin Laden era presentado como un héroe de la libertad en los años 90 por los medios de comunicación occidentales.

El apoyo masivo de los países citados llevó a los islamistas a hacerse con el poder, tras la toma de Kabul en 1992. El pueblo afgano perdió la oportunidad de obtener su propio desarrollo de forma pacífica y construir una sociedad más justa y próspera, pero no olvida. Una encuesta de Radio Kabul hecha en 2008, preguntó qué gobierno preferían los afganos. El 93% contestaron que la República Socialista, recordando aquella época de prosperidad que se perdió y que no hay visos de que vuelva.

Algunos pensaron que, con la caída del régimen socialista, Kabul y Afganistán ya eran libres. Pero el país quedó sembrado de fanatismo, intolerancia, guerra y muerte. Las conquistas sociales fueron liquidadas y el país se sumergió de nuevo en guerras civiles entre los señores de la guerra de las diferentes tribus. Pocos sospechaban que los fanáticos integristas a los que habían apoyado, se volverían contra ellos, por medio de la supuesta colaboración en los atentados contra personas y bienes de Estados Unidos y de otros lugares del mundo.

Los antiguos socios pasaron a ser enemigos y la guerra entre los talibanes y Estados Unidos se encarnizó tras los atentados del 11-S. Había que acabar con el régimen islámico, lo mismo que se acabó con el socialista. La intervención comenzaba de nuevo, los islamistas perdieron el poder y anduvieron errantes por los territorios de Afganistán, reconquistando uno a uno, hasta llegar de nuevo a Kabul, tras ganarle la guerra a Estados Unidos y sus aliados.

Hace unos días, los talibanes han declarado nuevamente el Emirato Islámico en Afganistán, un país de 38 millones de habitantes que ocupa el puesto número 7 del mundo por su pobreza, con un PIB per cápita de 505 dólares. Más pobre aún que el pobre Haití, aunque hubo una época, no muy lejana, en la que los afganos daban lecciones de su desarrollo económico, social y humano. 20 años después de que la invasión militar estadounidense de 2001 les sacara del poder, los talibanes reconquistan el palacio presidencial y en los salones del mismo celebran su aplastante victoria.

Los afganos han estado ligados, durante los últimos 20 años, a la presencia militar estadounidense en la zona. La escasa transformación de la sociedad afgana tiene sus conexiones con la violencia y los privilegios que conllevó aquella invasión militar, iniciada por mandato de George W. Bush el 7 de octubre de 2001, casi un mes después de los atentados del 11-S.

Aunque no fuera ese el objetivo, lo cierto es que esa “guerra contra el terror” impulsó la violencia y la incertidumbre que padecieron millones de afganos del común. El Presidente estadounidense llegó a afirmar que “Los talibanes pagarán un precio”, refiriéndose al acto terrorista que derribó las Torres Gemelas, añadiendo que “el pueblo oprimido de Afganistán conocerá la generosidad de EEUU y nuestros aliados”. Pero la ingente cantidad de recursos y el dinero dedicado a ello, no han servido sino para financiar patronazgos lastrados por las administraciones afganas y alcanzar asombrosos niveles de corrupción. En 2020, Afganistán ocupaba el puesto 165 en el índice de Transparencia Internacional. No se ha logrado transformar la sociedad afgana y se ha vuelto al punto de partida. Aunque los talibanes de ahora, vueltos al poder, parecen más moderados que aquellos que lo ocuparon en 1996.

Actualmente, la única vía abierta para la evacuación del personal internacional y de ayuda afgana es el aeropuerto de Kabul, punto de referencia del mundo en estos días. Afganistán se cierra de nuevo, mientras busca el reconocimiento internacional del nuevo régimen. Errores ha habido en el caso de Afganistán, muchos y de bulto, habrá que aprender de ellos.

Les dejo con el Concierto Rabab - MÚSICA DE AFGANISTÁN - Danza Loghari

                                                                                                           Aguadero@acta.es 

 

© Francisco Aguadero Fernández