Solos

En mi colaboración de la pasada semana comencé hablando de fútbol y terminé con Afganistán, pero me quedé con ganas de dedicar algo más de tiempo a este último tema que es sin duda mucho más importante que el primero, así que vamos a ello.

Desde que el Presidente de los Estados Unidos diera la orden definitiva para que sus tropas se retirasen de Afganistán tras 20 años de estancia en el país asiático, a los talibanes les ha costado menos de una semana hacerse de nuevo con el poder borrando así las dos décadas de presencia de las fuerzas aliadas y dejando las cosas como estaban antes de su llegada. ¿Por qué todo este horror?

En 1979, el ejército de la antigua Unión Soviética invadió Afganistán, para apoyar la instauración en el país de un régimen comunista, régimen que pretendió terminar con los numerosos movimientos islamistas y fundamentalistas que se resistía a ello y que de forma general eran conocidos como muyahidines[1]. Pero si los rusos se situaron de un lado, estaba claro que estadounidenses y británicos se situaría del otro dado su conocido anticomunismo, y así fue.

Los muyahidines fueron apoyados por el Presidente Carter y también por Reagan, con entrenamiento (unos 35.000 combatientes de dentro y fuera del país), armamento moderno, equipos de comunicaciones, misiles y toda clase de recursos, en total más de 40 mil millones de dólares. Entre los dirigente radicales entrenados por la CIA se encontraba Osama bin Laden[2], que pronto comenzó a coordinar los distintos grupos muyahidines.

La Unión Soviética no quería tener un “Vietnam” en su puerta trasera, así que en 1989 se retiró del país dejándolo al pueblo afgano a merced de los cada vez más organizados y poderosos grupos ‘talibanes[3]’, al frente de ellos se situó el grupo de Al Qaeda bajo la dirección de bin Laden. En 1996 se hicieron con el poder en todo el país estableciendo el Emirato Islámico e inaugurando un periodo de violencia y terror, ante la pasividad internacional. A los americanos les habían crecido los enanos y ahora sus antiguos protegidos eran una amenaza.

Durante años distintos grupos talibanes han sido denunciados por toda clase de violaciones a los Derechos Humanos, crímenes de guerra, destrucción de escuelas, hospitales, saqueo de cooperativas campesinas, vandalismo contra valiosos bienes culturales… Su osadía se fue haciendo cada vez mayor y la mañana del 11 de septiembre de 2001 todo presenciamos atónitos como aquellos aviones derribaban las Torres Gemelas de Nueva York pilotados por fanáticos suicidas. Un atentado terrorista en corazón del país más poderoso del mundo que dejó un claro mensaje: ya nadie era invulnerable frente a las acciones del fundamentalismo islámico.

Con la Operación pomposamente denominada Libertad Duradera, comenzó el 7 de octubre de 2001 el bombardeo, invasión y ocupación de Afganistán, esta vez por el ejército de estadounidense con la presunta finalidad de luchar contra el terrorismo y defender la paz y la democracia en el mundo.

Hoy, como desde el principio, la libertad duradera continúa siendo sólo humo. Los avances y retrocesos del poder talibán han sido constantes, pero la insolencia de Al Qaeda seguía siendo grande al apoyar atentados contra distintas embajadas de los EE.UU y otros intereses estadounidenses, participando en ataque suicidas en Londres, París o Madrid, donde revindicaron la colocación y explosión de varias bombas en los trenes de cercanías el 11 de marzo de 2004. Y todo ello sucedía mientras miles de tropas internacionales[4] decían controlar un Afganistán en guerra permanente desde hacía 50 años.

Ahora todo el mundo tiene prisa por salir del país. Estados Unidos, Francia, Suiza, Canadá, Finlandia, Países Bajos, Alemania, España. Otra guerra perdida, otra retirada deshonrosa, otra futura crisis humanitaria y un nuevo régimen de terror para el pueblo afgano. Pero no nos enteraremos de lo que ira sucediendo allí porque la suerte de sus gentes sólo tendrá interés informativo durante unas pocas semanas, luego estarán solos. El fin de las vacaciones, el comienzo de la actividad política, de la vida escolar y universitaria, el fútbol, los números de la pandemia y otro montón de cosas; irán apoderándose de nuestra cotidianeidad y cubriendo con un velo de silencio e indiferencia lo que allí suceda. Incluso los más de 2.500 militares aliados muertos lejos de casa junto a los 240.000 afganos sólo serán recordados por sus familias y tal vez en algún homenaje público. Los que dirigen y gobiernan esta sociedad de la desinformación saben hacer esto y lo hacen muy bien. 

La prioridad es poner a salvo a los nuestros, porque es lo políticamente correcto, dudo que sea lo humanamente correcto. ¿Se acuerdan de Siria? Pues Afganistán será un nuevo motivo de disputa entre los países europeos a los que ya no se les cae la cara de vergüenza por nada. Digo yo que tampoco hay que ser un experto analista político para vislumbrar lo que se nos viene encima.

Gandhi se preguntaba: ¿Qué diferencia hay para los muertos, los huérfanos y los refugiados que la destrucción venga bajo el nombre del totalitarismo o en el sagrado nombre de la libertad y la democracia? Y el escritor francés Paul Valéry definió la guerra como una masacre entre gentes que no se conocen, para provecho de gentes que si se conocen pero que no se masacran. Y así seguimos.

El Roto resumen de forma magistral en su viñeta lo sucedido en Afganistán los últimos 20 años.

 


[1] «Aquellos que lucha por su fe».

[2] Un multimillonario nacido en Arabia Saudí

[3] Viene a significar algo así como ‘los estudiantes’

[4] En julio de 2009, eran más de 64.000 militares de 42 países de los que casi 30.000 eran estadounidenses.