De qué hablamos cuando no hablamos del tiempo

         Hemos tenido muy poca escuela de calor este año. Olvidamos los veranos de la siega, infinitos, trabajados, plenos de noche de charla y de madrugones para ir a trabajar conjurados tras la comida en la siesta reparadora. Mis vecinas extremeñas barrían la casa a las seis de la mañana y se sorprendían de que yo no fuera capaz de dormir por la tarde ni de trasnochar en medio de la que no era fresca –la pared despedía fuego incluso a la una de la mañana, cosa que en la meseta nos ahorramos aliviados- sentadas a la puerta de sus casas, disfrutando de ese estado de gracia que también tenían mi abuela y sus amigas, cuando la noche era un prodigio de estrellas sin contaminación lumínica.

         Para ver las lágrimas de San Lorenzo hay que huir de la ciudad y no tropezarse con el pueblo que arde entre las alpacas de paja. Mi padre dice que ya no es el mismo eso de arar con un tractor con aire acondicionado. O encontrarte una cosechadora en la carretera, de aquellas que pillabas en la nacional y acompañabas desde la Extremadura que recogía el cereal antes hasta la castilla amarilla de campos plenos de espigas. Como yo soy muy del 98 digo Castilla aún sabiendo que el reino de León bajaba de la montaña por la Zamora sin pantano, llegando a la Salamanca que ahora se dice napoleónica con la debida fanfarria. Mi paisaje castellano es una entelequia de lomas de cereal, novelistas que usan la palabra terruñera y tiene poco que ver con las exactitudes históricas. Para mí León es la belleza de la montaña, de la humedad y de la ciudad que se eleva con vitrales góticos… y Castilla, una realidad salida de los libros de historia de la literatura, polvo, sudor y hierro, el Cid cabalga. Medias vedas de un Delibes que según la veterinaria que mejor escribe, poeta y evocadora, dice que salía a pasear y luego vivía en la ciudad. Es que así hemos sido, hijos y nietos de la labor a los que llevaron a la capital de la provincia a prosperar mientras manteníamos el lazo del amor, el fin de semana y las vacaciones en el pueblo. Pueblo, pueblo, pueblo donde no se habla del calor porque ahora lo que hay que comentar es el peso y el precio de la paja, la falta de agua para el huerto… el calor se supone y la piel se cuartea mientras el sudor cae como una gota de resina por los cuellos y los flancos.

         Hace calor y hablamos del tiempo mientras evocamos la suave llegada de un septiembre de fiesta salmantina. Hay un deseo de tormenta, un miedo cierto al incendio que rasga la tarde cualquiera con el crepitar del bochorno. En el pueblo, en la Castilla detenida tras la siega, tiempo de espigadero, no se habla del tiempo, sino del precio y el peso de la paja, de los rebaños que recorren la tierra requemada y de ese momento que inicia el curso… el momento en el que se vuelve a arar cuando ya todo ha pasado y los girasoles han perdido el más hermoso de sus amarillos. De eso hablamos cuando no hablamos del tiempo que nos pasa a todos.

        

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.