Las aves del estanque

Ir al estanque de la Alamedilla siempre me relaja mucho. Da mucha paz ver a las ánades recorrer a nado cada palmo de agua, dejando tras ellas una estela perfecta. Son las propias Lágrimas de San Lorenzo del estanque.

Las aves del estanque tienen su vida pública y su vida privada. El nuevo cisne es la celebridad del momento, atento a sus seguidores y a su blanco plumaje. Los primeros días allí quizás le fueron duros, un nuevo lugar, con nuevas aves y con otro cisne que parecía más preocupado por el fondo del estanque que por la llegada del nuevo palmípedo. En aquellos primeros días, el cisne se mostraba coqueto con sus admiradores.

Le gustaba que le miraran haciendo equilibrios imposibles fuera del agua. Cuando se zambullía, el ganso y las crías de patos, aún bolitas de plumón, se animaban a ir tras su largo cuello. Actualmente, el “nuevo” cisne ya se ha ganado la atención del “antiguo” y tengo la certeza de que se harán inseparables en tierra y agua. Las crías de ánade real ya han crecido más y             nadan con mayor seguridad, sin miedo a los otros patos adultos.

Con la llegada del calor, son muchos los patos que, huyendo del sol, rechazan seguir en el estanque y se escabullen entre las vallas para echarse a dormir a la sombra de los árboles, cerca de la fuente y esperando que alguien la abra para aprovecharse del chorro.

Es normal que prefieran el verde del césped que el verde ocasional del agua. No son tan diferentes a los humanos como parecen. Platón definió al ser humano como “bípedo implume” y Diógenes se burló de esta afirmación desplumando un gallo. Quizás los patos son más bien bípedos plumosos todoterrenos.