Los símbolos de San Roque

Ya el noticiario de san Roque casi lo hemos agotado: lo hemos exprimido casi todo, tanto su biografía como la historia de su imagen. Algo, que no hemos dicho del Santo, es que perteneció a la Venerable Orden de san Francisco, así lo certifica la tradición: "Roque abrazó amorosamente la virtud franciscana por excelencia: la pobreza: vendió sus bienes y los repartió entre los pobres".

El año pasado, un hueco del boletín de la Asociación Cultural “Amigos de Macotera” se lo dedicamos al eterno compañero de san Roque: el perro; el presente, se lo hemos reservado para comentar la vestimenta y los símbolos del Santo peregrino, en su trochar por las tierras de Italia en persecución de la peste mortífera.

Me he fijado en el sombrero, que lleva san Roque en la procesión de Macotera, y no tiene nada que ver con el que usó en sus tiempos de la Edad Media. El sombrero original era de alas anchas y, en su frente, mostraba las llaves cruzadas pontificales, símbolo de la confirmación de su peregrinación a la Ciudad Eterna.

Cuando san Roque optó por establecerse en Macotera, mudó el tradicional por un medio sombrero de estilo cuasi cordobés, que debió venirle de su extraña, pero sincera afición a los toros. El sombrero fue siempre su alivio contra los calores del estío y la crudeza de los fríos de invierno.

La concha es otro de los símbolos del peregrino, emblema entre los peregrinos a Santiago, pero no me consta que san Roque, en sus correrías, se postrase nunca ante la tumba de Santiago; por eso, no veo propio que nuestro Santo luzca tal insignia en las solapas de sus ropajes. A no ser que san Roque la utilizase como recipiente para beber y como marmita en sus viandas; también era símbolo de fertilidad, pero este matiz no iba con nuestro Patrón, pues entre sus inclinaciones, no figura la mujer.

La calabaza servía antaño como envase ligero para el agua y el vino. Lo normal era ver al caminante con su bordón coronado por dos calabazas: la del agua y la del vino. A san Roque se le representa siempre con una, y puedo colegir que la usaba para el agua, pues, en miles de ocasiones, en la procesión, se le ofrecieron miles de jarras de vino, y siempre las rechazó, eso sí, con el gesto afable y agradecido.

De lo que no se desprendió nunca fue del bordón, del báculo o, como dicen, en Macotera, del palitroque. Lo utilizaba con doble función: como apoyo en la marcha y como defensa contra los posibles ataques de las fieras, que se guarecían en demasía en la espesura del bosque. De esta caterva de enemigos, le alertaba el ladrido de su incansable compañero, el perro.

Nadie pone, en duda, la cantidad de adversidades y desventuras que tuvo que sufrir Roque en su deambular por el mundo, sobre todo, el frío y los sabañones que le martirizaban, pues eran dos de los contratiempos que más le costaba sobrellevar, y los combatía agarrándose al poco cobijo que le prestaban sus raídas ropas y los remedios caseros (el ajo), artimañas que había aprendido de pequeño.

La esclavina y la capa le suavizaron, en lo posible, los sinsabores del mal tiempo, pero, poco “apatusco” le podían ofrecer la cortedad de la prenda (la esclavina), que cubría sus hombros, y la capa repasada por el uso; pero algo es algo dentro de la escasez.

La escarcela o morral o zurrón de pie le pendía de un hombro a través de una correa que cruzaba el pecho. El hecho, de que el zurrón sea un saquito, apuntaba que Roque confiaba en la providencia de Dios; era su pequeña despensa, en la que guardaba la torta de cebada, el tarro de miel y el cofre con los lienzos y ungüentos para las desolladuras y el alfilerique o alfiletero con una aguja de hueso, para pinchar las ampollas de sus pies, a las que aplicaba la untura.

El que sea de cuero revela que el Santo había mortificado su carne, sufriendo hambre y sed, ayunos, frío y penalidades.

El hecho de que el morral no tenga ataduras, afirma que el Patrón había repartido sus propiedades entre los pobres.

Ya solo nos queda disfrutar durante estos días en su honor, si nos deja el “atestoso”  bicho.