Paja y piel

         Hay en las tomateras y en las higueras un olor penetrante, nutricio, y en la hierbabuena que se riega y que se toca con deleite, el aroma fresco de un tiempo sin más horarios que el agua que corre por la zanja que conecta los árboles sedientos. Estamos en el tiempo del espigadero y las alpacas de paja esperan, su extraña geometría en medio de los campos segados, a que vengan a recogerlas aquellos que se quejan de que este año vale mucho menos porque hay mucha, porque la cosecha, paradójicamente, ha sido buena. Y el miedo a los incendios tensa la cuneta y sus hierbas requemadas, el ambiente tan seco que parece arder debajo de las encinas, acostumbradas a lo extremo de un tiempo de fríos intensos y de calores tórridos.

         La nuestra es una tierra en la que un árbol es un milagro que regamos con mimo porque si les das mucha agua, las raíces permanecen en la superficie, sin bajar hacia abajo, horadando, haciendo suelo, enraizando su tronco en la profundidad de la tierra. Quedarse al ras es arriesgarse a ser llevado por el viento, a sufrir la falta de agua, fragilidad suicida en esta tierra de contrastes. Nuestro verano extraño de mañanas frías está lleno, en el patio de mi madre, de avispas que van y vienen, de un amarillo artificial y peligroso. Más allá, las moscas se posan en la piel morena donde brilla una gota de sudor, donde todas tenemos ese color de siega que se consigue caminando por la calle en manga corta, tendiendo la ropa afuera o conduciendo con un brazo al sol. Este año la playa tiene un eco lejano e imposible y la piscina, falta de tiempo y ocasión, por eso el nuestro es ese moreno del trabajo que las mujeres del tiempo de mi abuela detestaban y del que huían con anchos sombreros de paja y mangas largas. La piel blanca era el deseo, el tono tostado lo conseguimos a base de cremas y de sesiones de vuelta y vuelta sobre la toalla. El color de la piel es un problema si reparamos en él, si lo hablamos, lo comentamos en público, lo hacemos más visible de lo que es. Probablemente este tiempo de verano frente a la pantalla de los deportes nos haya servido para reflexionar acerca de los diferentes tonos de piel, de los diversos acentos, apellidos, visiones de un espacio cada vez más diverso donde los hay que no quieren acostumbrarse. Quizás haya sido la ocasión menos deportiva del deporte. Y mientras, arde Grecia no como una llama olímpica, sino como consecuencia del calor, de la desidia oficial, de la falta de medios… y mi hermano, en su base de todos los fuegos, observa el transcurso de un verano a través de los prismáticos. Estos tiempos de calor y vientos solanos no solo calientan y oscurecen la piel, también a estas alturas del verano ponen nerviosos a los niños e histéricos a aquellos que no han podido irse de vacaciones. Y nos enzarzamos en batallas absurdas mientras mi hija contrasta su palidez calavérica ¿Por qué será tan blanca esta niña? con la piel tan oscura de esta que suscribe. Son los tiempos del riego mientras huelen la higuera, la tomatera y la hierbabuena. Y el campo se estira, ardiente y expectante.

 

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.