Mariposa del aire 

En la soledad de la parcelita de mis padres, un conejo insólito, confiado, ojigrande y orejilargo me sale al paso. Es el dueño de un tiempo sin niños que corran entre los árboles, olorosos a cloro y a crema solar. Este verano extraño nos sentamos en el patio de la casa observando a las avispas, plásticas y rayadas, atareándose entre las hojas de la enredadera. Es el triunfo del empeño verde de mi hermano que ata tomates a la altura de la luz, enreda ramas de la parra virgen y atiende la libertad de los zarcillos, porque como dice mi amigo el poeta, las trepadoras son anarquistas y van por donde quieren, desdeñando la guía, el palo que le ofreces para que den sombra, para que caiga el fruto de la vendimia… y allá van, indóciles, libérrimas, fecundas, por la senda de su deseo.

Tiene este verano de extraños calores, repentinos fríos, deseo de tormenta, un ritmo distinto. De ahí que el conejo tome posesión de lo quieto, de ahí que la casa tenga un silencio de gente mayor y de cuidado en el paso. Es un tiempo de pequeñas excursiones a rincones sorprendentes donde las piedras parecen hablarnos desde su quietud, las paredes, ripiadas en seco, como me ha enseñado a decir un columnista de fuste, Alberto Estella, nos hablan de tiempos pasados en los que cobijaban la historia de sus gentes. Es un verano quieto y tranquilo, en el que paseamos por caminos poco trillados, por secretos que salen al encuentro de nuestros pasos y nuestros bastones como un regalo inesperado… y ahí está, entre el rumor del agua, el frescor repentino, la vegetación cada vez más verde, el barro húmedo sobre el que se posan, juntas, insólitas, las mariposas blancas.

Unidas por el mismo batir de sus alas, las pequeñas, modestas, delicadas mariposas se dejan acariciar por el viento y abren y cierran a la vez sus alas de seda. Es un espectáculo exquisito verlas juntas, abanico que se extiende al unísono, blanco y levemente amarillo, con ese toque de verde que refresca y sugiere. Son velas de un mar de barro que se mecen en el silencioso rumor de sus alas, mágicas, insólitas, extrañas… sin embargo, no hay nada misterioso en esta reunión de hadas. Se aprestan a beber de los charcos porque necesitan el sodio del suelo, y este delicado batir de veleros sobre la tierra va acompañado de una diminuta trompita de la que libar el suelo, ellas que se alimentan de las plantas posándose delicadamente. Absortos, los caminantes observados la magia de este festín a ras de suelo, esta comunión de tierra mojada tan cerca del Corneja, río que desemboca en el Tormes nacido en la tierra mística de un berrocal inacabable. Ávila está horadada de espacios hermosos, oculta en sus montañas, siempre sorprendente, cercana y a la vez, alzada de puntillas más allá de las curvas del Mirón, del Horcajo Medianero que anuncia su presencia de piedra. Es el rincón de los pintores, Benjamín Palencia, Díaz-Castilla y el de mis poetas, Sagrario Rollán, Agustín B. Sequeros. Más allá, Piedrahita se adorna de sus propias mariposas del aire en forma de ala delta, coronando la montaña de todos los vientos. Sin embargo, nada más bello que estas modestas, humildes, hermosas mariposas de la col, todas juntas, libando el suelo humedecido… tanto como este animal que me observa antes de ocultarse a saltos, dueño y señor del espacio del corazón, allí donde nada teme.    

 

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.