Memoria de un desastre en África

Corría el 16 de julio de 1971 cuando, de buena mañana, una pareja de humildes pero dignos campesinos, tomaban la “serrana”, el autobús que les llevaría a la ciudad, acompañados de uno de sus hijos. El motivo del viaje no era otro que “entregarlo” al ejército, así se decía cuando se les llamaba a los jóvenes para que, de forma obligatoria, se incorporaran a filas, a las filas del ejército, se entiende, en un día, lugar y hora señalada.

Este episodio, habitual en aquellos tiempos, estaba ungido de tintes más dramáticos porque su hijo, futuro soldado, había sido destinado a Melilla y, en la mente de aquellos campesinos, como en la de otros muchos ciudadanos, persistía la idea y el convencimiento de que ir a África, como soldado del Ejército Español, era enfrentarse a la muerte. Había muchas posibilidades de que no volviera.

Resonaba el eco de aquella canción, estribillo de un paleo de la danza tradicional de la sierra salmantina, que dice “Ya se marchan los quintos madre para la isla de la otra mar, por bueno que ande el tiempo nunca vuelven los que van. Ya se los llevan todos, cuándo volverán, pierden las esperanzas de no volver jamás.”

Aún más cercano en el tiempo y en el espacio, ocupaba la mente de aquellas personas el “desastre de Annual”, una matanza de soldados que perdieron la vida en el norte de África, en la región del Rif y a las puertas de Melilla. No es de extrañar que aquella pareja que “entregaban” a su hijo con destino a la plaza de Melilla, con lágrimas en los ojos le despedían diciéndole “hijo, te hemos dado todo lo que hemos podido, pero este destino no estaba en nuestras manos, nada hemos podido hacer para evitarlo”.

El joven soldado sabía de aquellos acontecimientos y de que no era el caso, a la altura de los años setenta del siglo pasado. Fue a África, cumplió la mili en Melilla y, afortunadamente, sí volvió. El tiempo que allí estuvo le permitió entrar en contacto directo con el escenario de la masacre y vivirla, reconstruirla en los sentimientos, con la intensidad que esas circunstancias permiten. Aunque no es fácil encajar tal despropósito, ni la pérdida de tantas vidas humanas, por la acción devoradora del hombre contra el hombre, cual son todas las guerras.

La derrota de Annual fue algo desconocido y como tal impactó en la mente de las gentes. En la época contemporánea, nunca, hasta entonces, España había perdido un ejército completo. Pero más dramático fueron las condiciones de barbarie y humillación en que eso ocurrió.

Con el sol de justicia de un mes de julio de 1921 sobre la llanura de Annual, los soldados españoles morían de sed en sus fortines, asediados por la guerrilla de las tribus bereberes rifeñas. Ante tal situación, se produjo una desbandada, no cubierta, en la que fueron tiroteados sin piedad. Unos 12.000 soldados murieron y más de 1.000 fueron hechos prisioneros entre el 22 de julio y el 9 de agosto. La mayoría de ellos sometidos a salvajes vejaciones de todo tipo y con mutilación de cadáveres masacrados.

El desastre y la humillación fue de tal magnitud, que puso de manifiesto las debilidades y males del país. Fue el inicio de las dos siguientes décadas de España, marcadas por la tragedia. Quizás por eso, la masacre de Annual cayó en el olvido de las instituciones, salvo alguna excepción, no así en la memoria colectiva de muchos ciudadanos que, por tradición oral, mantenían en su mente lo trágico de la muerte de los soldados en África.

Sirvan estas líneas como un pequeño homenaje a aquellos que murieron en África abandonados, masacrados y vejados. Así como a los ciudadanos que, como mis padres, “entregaban” a sus hijos con lágrimas en los ojos, ante la creencia de que, si iban destinados a cumplir el servicio militar en África, tal vez no volvieran a verlos.

Escuchemos a Manolo García y sus  Pájaros de Barro  

                                                                                                    Aguadero@acta.es