La moral y el presente

“La moral no tiene necesidad del porvenir; el presente le basta. No necesita la esperanza; la voluntad le basta” A. COMTE-SPONVILLE, “Moral”, en Diccionario Filosófico.

Como juramentada en la inacción, la gran mayoría de la prensa española silencia, obvia e ignora las noticias relacionadas con el anterior jefe del Estado español, Juan Carlos de Borbón, cuyas hazañas económicas, sexuales, conspirativas y fraudulentas han sobrepasado (presuntamente) cualquier límite de la decencia, la honestidad y hasta la pura vergüenza.

Casi no hay día en que no emerja (eso sí, fría, escuetamente y sin comentario editorial alguno) noticia que hable de cuentas, cantidades, chantajes, comisiones, donaciones, sociedades o paraísos fiscales relacionados con el padre del rey de España, heredero directo de la dictadura franquista y, a su vez, cabeza de la impuesta monarquía que ha procurado el reinado actual de su hijo.

Diríase que todo lo anterior constituye una obviedad conocida y asumida por el pueblo español, pero la verdad es que esa misma asunción un tanto bovina, propiciada por el calculado “desinterés” informativo de los medios de comunicación españoles y manipulada, tergiversada y hasta contradicha por (demasiados) palmeros de esa concreta herencia franquista, la monarquía, hace que el grado de auto respeto de la nación española en general se hunda en lo anecdótico e incluso en lo pueril, y que el nivel de auto apreciación de la calidad del ejercicio de ciudadanía, en particular por cada uno de los españoles no abducidos por la tendencia a la boca abierta a la que llaman políticos, ex políticos y medradores en general, haya desaparecido en una espesa papilla de sordera buscada, ceguera compartida y escandalosa mudez.

La monarquía, una institución atávica y medieval, absolutamente inútil para cualquier desarrollo social, empobrecedora de la calidad democrática y representativa, insultante para la igualdad y ejercida por familias que heredan, traspasan, negocian y distribuyen dignidades, puestos y cargos en cortes y cohortes de nombre, sueldo y altiva presencia, fue en España restaurada dictatorialmente por el capricho de una dictadura que se hizo con el poder a sangre y fuego después de una crudelísima guerra civil y un oscuro y largo período de imposición, amedrentamiento y férreo control hasta del pensamiento. Sufragada en sus ostentosos gastos por los presupuestos nacionales de los países que, como el nuestro, no han podido, o querido, acabar con ella (muchos, afortunadamente, se han librado de semejante y empobrecedora carga enriqueciendo así tanto su auto apreciación como la calidad de sus principios de igualdad), el hecho de que su principal representante durante décadas se descubra ahora como (diré presuntamente) corrupto, manipulador, defraudador, conspirador y consecuentemente despectivo para el pueblo que sufraga sus francachelas, es especialmente doloroso para todos y cada uno de los ciudadanos españoles, convertidos por el franquismo dictatorial en súbditos, sobre todo cuando los medios de comunicación que debieran ser órganos de información, los desinforman en ese tema; cuando sus representantes políticos, que debieran ser cauce de expresión de sus inquietudes, esconden y tapan la vergüenza y, sobre todo, cuando artículos como este, que el autor sabe que ha escrito decenas de veces, caerán en el saco roto de la indiferencia.

Ojalá más pronto que tarde, el pueblo español sepa apreciar el valor de la igualdad, la auténtica democracia y los beneficios de una representación válida, directa y democrática y, además de procurarse unos medios de comunicación a la altura de los valores de la tan cacareada libertad de expresión, se libre por procedimientos democráticos y el ejercicio de la libertad, de una institución, la monarquía, cuyos beneficios, valores y utilidades son tan invisibles como la auténtica verdad de sus rentistas.