Ignacio de Loyola, confinado en Salamanca

Llegado a Salamanca, estando haciendo oración en una iglesia, le conoció una devota que era de la compañía, porque los cuatro compañeros ya había días que allí estaban, y le preguntó por su nombre, y así lo llevó a la posada de los compañeros.

El peregrino, que así se refiere a sí mismo cuando hace memoria de su intensa vida allá por el atardecer romano (1553-1555), dedica cerca de tres mil palabras a su fugaz paso por Salamanca. Era un peregrino herido de guerra, concretamente en la heroica defensa de Pamplona en 1521, una llaga que le tornó a Jesús y de la que su Compañía celebra el quinto centenario. Leer vidas de santos le puso en camino y es el propio Íñigo/Ignacio de Loyola el que nos cuenta la suya: vida peregrina, nunca solo, siempre con aquella Salamanca breve y difícil para él en el recuerdo.

Había dejado atrás las incomprensiones de Alcalá de Henares y buscó en otra ciudad universitaria, la primera y principal de España, el saber académico que se antojaba imprescindible para seguir avanzando en el proyecto. Así es como llegó en aquel mes de julio de 1527, y nos dice que antes de nada hizo oración en una iglesia. No sabemos cuál. Posiblemente una de esas iglesitas románicas que perdimos, parroquias de repoblación, o incluso pudo ser, entrando en Salamanca, esa deliciosa San Marcos cuyos clérigos, con el tiempo, terminarían disfrazándole de evangelista… ¡En efigie, claro está! Esa es otra historia.

La suya era la de un peregrino orante y en Dios, encendido por el Espíritu Santo que le había empujado al anuncio del Evangelio: andaban predicando a la apostólica, se decía. Un hombre de armas que, del confinamiento de la convalecencia, de la herida que le acercó a la muerte, salió al mundo y a la vida con otros argumentos.

Confesábase en Salamanca con un fraile de Santo Domingo en San Esteban; y hubiendo 10 ó 12 días que era allegado, le dijo un día el confesor: —“Los Padres de la casa os querían hablar”; y él dijo: —“En nombre de Dios”. —“Pues —dijo el confesor— será bueno que os vengáis acá a comer el domingo; mas de una cosa os aviso, que ellos querrán saber de vos muchas cosas”.

Allá que se fue, con su compañero Calixto de Sá, a comer a San Esteban. No sabemos qué menú servirían en el refectorio dominicano, pero sí que el subprior, porque el prior no estaba ese día, se puso a sonsacarle en la sobremesa. Y el peregrino respondió: —“Entre todos nosotros el que más ha estudiado soy yo”; y le dio claramente cuenta de lo poco que había estudiado, y con cuán poco fundamento.

El caso es que Ignacio, y de paso Calixto, terminaron confinados en una capilla de San Esteban, porque no terminó de convencer a los frailes aquello de no predicamos, sino con algunos familiarmente hablamos cosas de Dios... —“Vosotros no sois letrados —dice el fraile— y habláis de virtudes y de vicios; y desto ninguno puede hablar sino en una de dos maneras: o por letras, o por el Espíritu Santo. Si letras no acreditaban tener, lo del Espíritu Santo sonaba a que podían ser unos alumbrados, en plenos recelos hacia las enseñanzas de Erasmo de Rotterdam, sometidas a estudio concienzudo por los teólogos hispanos.

La prudencia demandaba silencio, y ante las dudas creadas, desde San Esteban fueron llevados hasta la cárcel, pero no junto a los criminales, sino a parte, en un aposento alto, adonde, por ser cosa vieja y deshabitada, había mucha suciedad. Y pusiéronlos entrambos en una misma cadena, cada uno por su pie; y la cadena estaba apegada a un poste que estaba en medio de la casa, y sería larga de diez o trece palmos; y cada vez que uno quería hacer alguna cosa, era menester que el otro le acompañase. Y toda aquella noche estuvieron en vigilia. Al otro día, como se supo en la cibdad de su prisión, les mandaron a la cárcel en qué durmiesen, y todo el necesario abundantemente; y siempre venían muchos a visitalles, y el peregrino continuaba sus ejercicios de hablar de Dios, etc. El Bachiller Frías les vino a examinar a cada uno por sí, y el peregrino le dio todos sus papeles, que eran los Ejercicios, para que los examinasen.

¡Los Ejercicios Espirituales de San Ignacio! Un tesoro para la Iglesia, que tanto bien ha hecho y sigue haciendo a los cristianos. En su narración autobiográfica es la primera vez que Ignacio habla del documento escrito de los Ejercicios, sobre los que le tocó dar cuenta ante un tribunal formado por un doctor en Leyes, Fernando Rodríguez de San Isidoro, el vicario general de la diócesis salmantina Alonso Gómez de Paradinas, el catedrático de Vísperas Francisco de Frías, y el citado bachiller. El respondía: —“Si esto es verdad o no, allá lo determinad; y si no es verdad, condenadlo”; y al fin ellos, sin condenar nada, se partieron.

Ningún temor tenía Ignacio: Aquí también menos quiso tomar advogado ni procurador. Similar ejemplo dieron sus compañeros Artiaga y Cáceres, que quedaron en la posada el domingo de la comida en San Esteban y luego fueron llevados al presidio, pero al de los malhechores comunes: Acaesció en este tiempo que los presos de la cárcel huyeron todos, y los dos compañeros, que estaban con ellos, no huyeron. Y cuando en la mañana fueron hallados con las puertas abiertas, y ellos solos sin ninguno, dio esto mucha edificación a todos, y hizo mucho rumor por la cibdad; y así luego les dieron todo un palacio, que estaba allí junto, por prisión.

Veintidós días pasaron presos en Salamanca durante aquel verano de 1527 estos precursores de jesuitas, aunque luego habrían de ser otros los primeros compañeros de Ignacio en la Compañía. El peregrino asumía la cautividad en la paz y la libertad de Dios: —“Yo responderé lo que respondí hoy a una señora, que decía palabras de compasión por verme preso”. Yo le dije: —”En esto mostráis que no deseáis de estar presa por amor de Dios. ¿Pues tanto mal os paresce que es la prisión? Pues yo os digo que no hay tantos grillos ni cadenas en Salamanca, que yo no deseo más por amor de Dios”.

La sentencia fua absolutoria, no se hallaba ningún error ni en vida ni en doctrina, pero decepcionante para Ignacio, pues les permitían seguir hablando de Dios con tanto que nunca definiesen: —“Esto es pecado mortal, o esto es pecado venial”, si no fuese pasados cuatro años, que hubiesen más estudiado. Siendo así, el peregrino dijo que él haría todo lo que la sentencia mandaba, mas que no la aceptaría; pues, sin condenalle en ninguna cosa, le cerraban la boca para que no ayudase los prójimos en lo que pudiese.

Hablar de Dios sin hablar de pecado, que es el medio por el cual le damos la espalda, le parecía a Ignacio motivo suficiente para considerar una alternativa a la ciudad del Tormes que tantas esperanzas le había suscitado. Luego fueron sacados de la cárcel, y él empezó a encomendar a Dios y a pensar lo que debía de hacer. Y hallaba dificultad grande de estar en Salamanca; porque para aprovechar las ánimas le parescía tener cerrada la puerta con esta prohibición de no definir de pecado mortal y de venial.

Se decantó por París, donde iría desde Barcelona. Tras una despedida que, no lo imaginaban, sería definitiva, marchó solo, llevando algunos libros en un asnillo, y entre ellos los Ejercicios. Era septiembre de 1527 cuando el santo del día, Ignacio de Loyola, dejaba Salamanca, pero sigue entre nosotros: en su espiritualidad, en su ardor apostólico, en su testimonio y el de sus hijos, como mi amigo Daniel Cuesta recién ordenado sacerdote. Guardamos aquí la memoria viva de su inesperado confinamiento salmantino, del que salió Ignacio más libre, más cerca de la Verdad, más abandonado en las manos amorosas de Dios.

En la imagen, “San Ignacio en Salamanca predica desde la cárcel”, óleo sobre tela de Miguel Cabrera (1756). La obra perteneció originalmente a la Casa Profesa de Méjico de la Compañía de Jesús, que la donó al Museo Nacional del Virreinato (Tepoztotlán, Méjico).