Nostalgia estival

«Todas las personas mayores fueron al principio niños (aunque pocas de ellas lo recuerdan)»

Antoine de Saint-Exupéry (El Principito, 1943)

 

Les confieso –por adelantado– que hoy vengo melancólico. No sé por el bullicio de las calles, el olor a hierba seca de los campos o la chicharrera de los últimos días, solo pausada por esa nocturna brisilla tan agradable. Quiero aprovechar estas líneas para realizar un breve viaje en el tiempo, aunque ahora lo que este de moda sean las escapadas al espacio. Un éxodo a esa época en la que nada de lo que ocurre en el mundo, por grave que resulte, es más importante que salir a jugar con los amigos. Como quizás hayan anticipado, me refiero a los entrañables veranos de la infancia.

Aquellos veranos tenían magia. Todo comenzaba con el final de las clases y la impaciente espera –que por breve parecía eterna– para pasar el verano en el pueblo, no en uno cualquiera, en Valsalabroso. Con la bicicleta a punto, empezaban las carreras por sus calles, experimentando una sensación de libertad única para los que –en otros períodos– habitábamos en la ciudad. Desde que abría los ojos, no perdía tiempo para ir en busca de la compañía de mis amigos y emprender la correspondiente aventura. Pasábamos los días en el frontón, en la pista, en el parque, corriendo detrás de una pelota o creando juegos con nuestra imaginación. Estas rutinas, que con la perspectiva de la edad pueden parecer monótonas, eran para mí un paraíso. Cómo olvidar las tardes de pesca y las excursiones en bicicleta, recorriendo los pueblos aledaños donde –en más de una ocasión– fraguamos buenas amistades. Sin faltar los chapuzones en el caño que, a pesar de las advertencias y los correspondientes rapapolvos, tenía un especial atractivo para nosotros. También recuerdo las reprimendas de mis padres para que no me expusiera al aplastante Sol, logrando que permaneciera en casa durante las horas más calurosas de la tarde. Hasta el último minuto del día era valioso, saliendo después de cenar para corretear con el pilla pilla y el escondite en torno a la plaza, hasta la hora de caer rendido entre las sábanas.

Tanto frenesí siempre tenía un final: septiembre. Pasada la primera quincena de agosto comenzaba la tristeza de las despedidas y los planes se posponían hasta el verano siguiente.

Disculpen por la sobredosis de añoranzas, pero cuando estos meses observo a los niños y las niñas corriendo por las calles de nuestros pueblos no puedo evitar –aunque sea de manera fugaz– recordar aquellos momentos fantásticos y dejarme invadir, un poquito, por la nostalgia estival.