El fuego robado a aquel marzo

Sin público. Así lo decidieron los comités olímpicos, el griego y el internacional. Conforme al ritual de costumbre, con su espejo parabólico que atrae los rayos del sol para encender el fuego, su corte de sensuales sacerdotisas de Hera y su ceremonia de himnos y banderas, además del tradicional paso de la antorcha junto al monumento al inventor Coubertin. Fue en Olimpia, cuna de los Juegos, un lugar que me impresionó cuando tuve la ocasión de visitarlo. Fue un día 12, jueves, y era marzo de 2020.

Sin público entonces. Sin público estos días en casi todas las competiciones de unos Juegos de Verano que, como el fuego olímpico fue robado a aquel marzo, han sido a duras penas salvados de una pandemia que bien podría haber doblegado la empresa mundial de los cinco aros, que en cadencia cuatrienal reúne en una ciudad a los más esforzados y brillantes deportistas. Japón, que lleva dieciséis complicados meses custodiando esa llama encendida en Olimpia, ha decidido que Tokio 2020 tenga vida en este 2021.

Como pasó en Seúl (vagos recuerdos), Sidney o Pekín, estos Juegos nos pillan en España a deshoras. Se entendía más natural trasnochar un poco para seguir el final de la jornada en Atlanta o Río de Janeiro que darla por culminada a mediodía después de habernos desayunado con el piragüismo o el hockey sobre hierba, por ejemplo. El calor que faltará en las gradas, sin esos educados japoneses animando a los atletas, seguramente nos transmita una frialdad a la que, no obstante, nos vamos acostumbrando, y que no se aleja mucho tampoco de esa transformación del deporte en una oferta más, de las potentes, dentro de la industria del ocio y el entretenimiento vivido a través de una pantalla. Los Juegos conservan algunos elementos diferenciadores, y mucho mérito tiene que se hayan impuesto a la posible cancelación, pero no escapan a la mercantilización salvaje del deporte. Si en un tiempo lejano y cercano la politización los debilitó, hoy la actividad económica que suponen también entraña serios riesgos, más allá de la punta del iceberg que se muestra, pues debajo van sepultándose, poco a poco, con un manto de excusas y disfraces, muchos de los llamados valores olímpicos.

De cualquier manera, este fuego robado a aquel terrible marzo, inspirado en el que Prometeo arrancó a aquellas paganas deidades, según el mito, es motivo de fiesta y de esperanza. Porque anhelamos una tregua olímpica, una tregua en la pandemia y en todos los otros males que acechan a la humanidad y que son capaces de torcer la buena voluntad, como ocurrió con las guerras mundiales: no hubo Berlín 1916, ni Tokio 1940 (ni Helsinki 1940 que también se anunció), ni Londres 1944. Xanthi Georgiou, la actriz que interpretaba a la suma sacerdotisa de Hera, inclinó su antorcha hacia el ánfora que sujetaba Estiada. El fuego inició su más incierto viaje en Olimpia y brilla por fin en el estadio de Tokio. Como se canta en el himno olímpico, “dad vida y vivacidad a esos nobles juegos”; y, por supuesto, que medallas y diplomas premien al equipo español el trabajo de todo un lustro.