¿Divino tesoro?

La juventud es, siempre, querámoslo o no, uno de los principales activos de toda sociedad –y perdónesenos por utilizar un término económico: “activos”, ya que hablamos desde otra perspectiva que la del mero pragmatismo–. Ya que, con ella, la sociedad se dinamiza, se renueva, se regenera, se dota de una energía (entendida en todos los sentidos: cultural, productiva, profesional, etc.) y, en definitiva, no muere.

Uno de los problemas, y grave, de la sociedad es que es una de las más envejecidas del mundo, con los índices de natalidad caídos por los suelos y que, por ello, pierde capacidad humana de renovación y de dinamización.

El poeta nicaragüense Rubén Darío, comenzaba su poema “Canción de otoño en primavera” –perteneciente a ese magno libro que es ‘Cantos de vida y esperanza’, de 1905– con un verso memorable: “Juventud, divino Tesoro”. Pero, en nuestra sociedad, ¿es hoy la juventud ese “divino tesoro” al que el lírico nicaragüense alude?

Desde hace ya lustros, las perspectivas de la juventud, en una sociedad como la nuestra, son cada vez más cerradas. La sociedad tiene, desde hace ya años, un tapón que impide que los jóvenes accedan a un trabajo digno, a una vivienda digna, se independicen de sus padres, se abran camino en la sociedad, creen sus propias familias, etc., etc.

Tenemos los jóvenes mejores formados en muchos años, con titulaciones, con estudios cualificados, universitarios y profesionales, con doctorados y másteres…, en definitiva, unas generaciones muy bien preparadas, que se encuentran con el tapón y con el muro.

Desde hace años, realizar estudios y conseguir titulaciones ya no es una garantía para acceder a un trabajo acorde con ellos. Se han roto los eslabones –que antaño funcionaran– de que tener una buena titulación equivalía a acceder a un trabajo acorde con ella.

El tapón social de que hablamos, no solo para la juventud, sino también para los sectores sociales humildes de la población, tiene mucho que ver con los trabajos precarios y mal retribuidos, los alquileres de la vivienda por las nubes, el encarecimiento sin control alguno de los recibos de la luz eléctrica… y otras causas bien conocidas por todos.

En una reciente encuesta realizada a la juventud por Metroscopia, cuyos resultados han recogido los medios de comunicación, se nos muestra una juventud con el ánimo por los suelos, porque se considera olvidada por el estado, así como desasistida por las instituciones públicas. Y no descendemos a más detalles, pero este diagnóstico general ya es muy preocupante.

Además, el mundo adulto suele proyectar, interesadamente, una imagen negativa de los jóvenes, posiblemente para que el tapón siga ahí bien ajustado, cerrando perspectivas a nuestros hijos y nietos. Y, además, en una población envejecida como la que vivimos, se cierran las puertas a la inmigración, cuando aquí cumplimos años, nos envejecemos y despoblamos, para, encima, cultivar actitudes antihumanas de racismos y xenofobias de muy diversos tipos.

El divino tesoro de nuestra juventud lo estamos desperdiciando, al no darle esas oportunidades que toda generación merece y que redundan siempre en pro de la sociedad.