Aroma de cultura

Como un invierno cristalizado y quieto, el tiempo de pandemia ha dejado la cultura en el íntimo rincón de nuestra casa, en el gusto por la música callada, la lectura sosegada, la pantalla compartida en un eco de rumores que ahora, con el sol y las debidas precauciones, sale en forma de feria, de concierto cuidadoso, de distancia medicinal, de encuentro sin beso y con verso… cultura por fin, arrancando las páginas de los días, llenando de títulos nuevos los anaqueles de la necesidad. Y los cuadros florecen, las películas despliegan sus corolas de color mientras la pantalla nos devuelve los rostros de aquellos que, desde lejos, recitan el curso de los días, presentan el título nuevo que acariciar en la librería y yo me permito el lujo de tocar, leer la contraportada, dejar, retomar y luego, dirigirme con una sonrisa embozada al librero que tan bien sabe de los achaques de mi ánimo:

-Te va a gustar.

Afuera, la placita recoleta, sus bancos de piedra, sus terrazas de espuma de cerveza me llaman al asiento, a la revisión del botín, a la lectura de las primeras páginas mientras los niños juegan y los pájaros disfrutan de un atardecer de cielos suavizados por brochazos de nubes. El verano en la ciudad provinciana tiene la quietud de una plaza medio vacía, de una mesa en la que poner el vaso frío, el libro recién comprado. Poco a poco, la vida regresa con su rumor social de encuentros y charlas, y la cultura, de nuevo, tiene ecos de blues, de jazz, de programación municipal cuidadosa y sugerente. Bajo el cielo frío, el primer concierto del verano fue un prodigio de voces, eso sí, de chaqueta y de foulard mientras los murciélagos huyen de los focos y alzan la curva de su vuelo. El verano no huele aún a verbena y sí al cloro feliz de las voces de la piscina camino de mi trabajo, niños y salpicaduras que olvidan las clases, los horarios, las carteras y su música de rueditas rumbo a la escuela. Los míos, grandes, sólidos, medio dormidos, rumian el verano que parece eterno y no salen de la cama hasta bien avanzada la mañana, dispuestos a dilapidar el tiempo de cosecha no muy granada, pero sí vacía de toda perturbación hasta la última semana de agosto. Los míos, alumnos de secundaria con toda la densa pereza de la adolescencia, se han olvidado del camino al instituto y quedan para ir a la piscina, para llenar las tardes de charla mientras ejercitan el arte de encadenar mensajes a través de una pantalla viva y palpitante. En la ciudad vencida por el estío, hay un rumor de vestido largo de flores, de gafas de sol que son como pozas refrescantes. Un lento y pausado tiempo bienhechor.

Y entre las grietas de los días, la cultura florece, humilde, plena y llenando espacios de todos, conjurando precauciones y encadenando versos. Esa cultura con mayúsculas de grandes nombres y de pequeños gestos, música en vivo, cine en la calle, biblioteca abierta al parque, ministro al que se le debe un asiento y se le pone la sillita al sol a participar de lo bueno. Y es que a diferencia de otras, la pandemia de la impostura tiene poco remedio…

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.