La boda de Ellis 

Tiene la novia a la que conocí niña de larga cabellera y dientes disparejos la sonrisa perfecta del día grande, tules y espumas de mar en el moño, flores y lazos en las manos cuidadas que recuerdo llenas de tierra y uñas mordidas, niña flaca, niña araña entre las evocaciones de un verano perdido. Una novia de revista, preparada para el retrato, los tacones de saltar todos los obstáculos, el empuje feroz, tenaz de la vida que se empeña en emparejarse, multiplicarse, vida al fin que crece y se detiene en el calor del verano para que tengamos tiempo de pensar, empantanarnos en una siesta densa y pegajosa donde las evocaciones surgen como espejismos sobre la carretera caliente. Esa niña era morena y blanca, indómita y misteriosa. Los hijos de mis amigas, alquimia poderosa de lo que amo, son una especie a la que observo con amor, curiosidad y dudas, receptáculo inesperado de lo que quiero en otro cuerpo, independiente a todo lo que conozco, feroz y nuevo. Y ella, criada entre libros y charlas literarias, entre los visitantes de su madre, la escritora, era una gata de largas patas, largos brazos, cabello que se enreda en su olor de niña, verano húmedo de un Caribe que apenas podía soportar mi tibieza europea. La Habana entonces era un espacio de luz y libros, de reminiscencias y ruinas, de ron de pipa y bibliotecas donde leía a Miguel Barnet y me quedaba dormida sobre el cuaderno antes de buscar por las calles detenidas de una ciudad imposible, la azotea mágica de Reina María Rodríguez, donde las gatas tenían nombres de escritoras y se oía al subir la máquina de coser, incansable, de su madre la costurera. A Caridad la cansábamos todos en esa subida a los cielos que una vez detuve a la puerta de su casa, fascinada por su elegancia, por su personalidad, por su silencio. A veces las hijas opacan a las madres, las nietas a las abuelas, las abuelas a las bisnietas y en esa rueda de nombres y de sedas compartidas cubriendo la sangre y sus secretos, los lazos se revelan cuerdas que atan y desatan el amor y la pelea.

La niña que se casa es una mujer que se recoge el pelo, se lo corta, se lo tiñe, se lo riza, se lo alisa y mientras, en mi memoria queda, serpiente viva en torno a su pequeña cabeza, como un ser fuera del tiempo que salta a la comba mientras hablamos su madre y yo, que se sienta en mis piernas a pesar del calor y me abriga de todos los males. Esa niña que evoco se abraza, vuela, se despega, se duerme sobre el sofá, se cubre con su pelo de estola viva, se despierta, pide leche, agua, galletas, caramelos, dulce y densa, lista y viva, mariposa del aire. Lleva un vestido que le he traído de allende los mares, y lo hace girar, corola del cielo, borracha de dar vueltas, de calor, de tarde húmeda y pastosa. La hija de mi amiga que nos acompaña por la calle, la mano en cada una de las nuestras, saltando la vida, flotando entre nuestras preocupaciones. La niña de la larga cabellera, Gorgona feliz que ahora se retuerce la serpiente viva y se pone flores en las trenzas recogidas. Felicidades amor, que seas de nuevo, en el calor de tu espacio de luz, dueña de todas tus alegrías, cabello al viento que nada sujete.

Charo Alonso.