Hacerse mayor siendo joven

Últimamente le vengo dando vueltas al paso del tiempo y no entiendo, ni acepto, ese concepto tan confuso de “hacerse mayor”, pero hay situaciones que te van dando “toques” anunciándotelo, aunque te sientas joven, como el día que solicitas una hipoteca al banco y te dicen algo a lo que no estás acostumbrado: “como mucho te puedo dar 15 años” ¿Qué pasó de los 25 y 30 años? Por otro lado, vas viendo en las visitas al médico que, cada vez con más frecuencia, te va diciendo que tienes que ir cuidándote un poco más, que la edad no perdona. Mi padre siempre me dice que debería anotar las cosas en una agenda, que no sabe cómo puedo tener todo en la cabeza, y el caso es que voy notando ya que la memoria se ríe de mí, pues como bien iba previendo mi padre, ya tengo que contar con una agenda, aplicaciones de tareas en el móvil y numerosos post-it en la pantalla del ordenador, aunque en mi defensa diré que quizá en mi cabeza haya demasiadas cosas día a día para ir acumulándolas todas.

Lo cierto es que el tiempo sigue su recorrido sin miramientos para nadie, y en cada etapa tenemos nuestros momentos, está claro, pero echo de menos aquella época sin cachivaches tecnológicos y sin juegos complejos, donde la mejor herramienta de diversión era la imaginación y la sala de juegos, la calle. Añoro aquellos tiempos de inocencia y placeres pequeños y baratos, cuando era un chaval que pacientemente esperaba para darme un chapuzón a que venciese el plazo de dos horas y hacer así la digestión, pensando que incumplirlo ocasionaría la muerte fulminante. Echo de menos las mudas de piel en el verano, ocasionadas por las muchas horas de calle. Me gustaría volver a aquella época en la que tenía la necesidad constante de robar el último minuto al día antes de irme a la cama, aquella época en la que te levantabas sin planes ni tareas, con todo el tiempo por delante, sin límites.

Supongo que “hacerse mayor” también tiene su lado bueno, creo que ahora soy capaz de disfrutar más intensamente de la compañía y los buenos ratos. Sin ir más lejos, el otro día disfruté como un enano con amigos, gente sencilla, de una comida en Río Malo, en un ambiente calmoso en el que fluían de forma caótica y ordenada ideas, sucesos y bromas. Pasábamos de hablar de política a temas de salud o cultura, de lo personal a lo social; fuimos capaces de discutir de cualquier cosa sin agredirnos ni tener que pedir disculpas. Tal vez ayudó el buen vino.

Lo cierto es que en otra época vives las experiencias de manera más alocada y menos consciente. Pero lo que no cambia es que siempre tiene sentido celebrar, lo que sea: la vida, los amigos, la familia y cada momento con todos ellos. Quizá es que a lo mejor ir creciendo como persona sea también hacerse mayor.

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