Molly 

En México me enseñaron que no hay nada más agradecido que perro de la calle. Como pata de perro, decían de los periodistas a pie de banqueta, recorriendo la noticia libreta en mano, a la manera de una Elena Poniatowska en los años sesenta, entrevistando a quien se dejara con esa cualidad afilada de los reporteros avezados en la escuela de la calle, de la redacción de la prisa, la tecla constante, la verdad y la valentía. En mi México sangriento siguen matando a los periodistas, asesinando a las mujeres, a los candidatos políticos, mientras la vida sigue con la pujanza de lo bueno, y celebramos los cincuenta años de una librería que siempre me fascinó cuando aquí en Salamanca no concebíamos el encuentro de café y mesa detenida con los anaqueles de libros, Gandhi, un espacio mágico donde perderse por las páginas del recuerdo.

El dicho mexicano, el recuerdo artesano me rodea a despecho de la distancia y el tiempo, lo llevo conmigo, me abrigo con su evocación vivida y mirando a la Molly me repito de nuevo que no hay nada más agradecido que gato de la calle, y más cuando la vida le ha pasado por encima no sabemos si en forma de atropello o de motor encendido. Molly fue una víctima que pidió ayuda y alguien la recogió de la calle como flor tronchada para iniciar la cadena de favores… la Fundación Luna Gatuna se hizo cargo, el veterinario curó su cara quemada, podó sus deditos maltrechos y cuando se recuperaba en su casita de acogida bajo el ala protectora de Manoli e Iván, mi hija, asomada a las redes sociales, decidió que Molly sería su compañera obviando mis intentos de adoptar un cachorro guapo, un recién nacido esponjoso y fotogénico, un minino de anuncio también necesitado de hogar.

A nuestra Molly Bloom nos la trajeron, nerviosa y alterada, en el traspontín de la acogida y nada me emocionó más que ver a Iván despedirse de ella después de haber curado sus heridas y su miedo con la generosidad de quien no se va a quedar con ella. Anidada debajo de la mesa, ojos enormes, quietud de estatua, nuestra gata cojitranca nos miraba con paciencia mientras mi hija se tiraba al suelo para acariciarla y yo evocaba las gatas literarias de la Azotea cubana y poética de Reina María Rodriguez, y los sucesivos mininos de la casa mexicana de Elena Poniatowska, quien llora hoy la ausencia de Monsi, su gato aventurero que ha dejado a Vais, la gata, sola en su evocación de Carlos, el cronista que amaba a los mininos. Uno de los libros de Elena que ama mi hija criada bajo el ala de mi amor mexicano es la recreación gatuna de Carlos Monsiváis por parte de su amiga escritora, una delicia casi artesanal que traje de mi último viaje abrazado al corazón en el equipaje de mano de mis amores. Entre los libros, el paso silencioso de los gatos literatos, acompaña la labor callada de autor atado al banco de la paciencia de la escritura. Sin embargo, Molly sabe bien que no es la música de mi teclado la pulsión de sus ronroneos. Ella prefiere la compañía de quien se empeñó en ella, en su carita rota, su naricita que a veces sangra, su muñoncito tierno. Y me miran las dos con suficiencia cuando interrumpo su quietud de vacaciones mientras maúllo a la puerta de su cuarto.

Charo Alonso.