El viajero inconsciente

La carretera contabiliza 219 km. En un extremo, Monterrey, la capital del estado de Nuevo León, uno de los polos industriales y de servicios más potentes de México. En el otro, Nuevo Laredo, estado de Tamaulipas, puesto fronterizo con Estados Unidos por el que pasa cerca del 80% del comercio por tierra entre ambos países. También es el centro de una poderosa infraestructura delictiva que progresa en torno a todo tipo de intercambios en donde hay oportunidad de medrar ilegalmente. La ruta 85 atraviesa unas serranías peladas para entrar en una llanura interminable. Todo está amarillo, agostado. A pesar de ser sábado, tanto los dos carriles de ida como los de vuelta acogen a hileras interminables de camiones pesados, no hay casi turismos, de tarde en tarde se ve algún autocar. Yo, como en tantas otras ocasiones lo desconozco todo y me muevo literariamente. Mis anfitriones han sido remolones a la hora de facilitarme el viaje. “No hay nada que hacer allí”. “¿Qué se te ha perdido?” Alguien desliza entre dientes un comentario en el que escucho la palabra “inseguro”.

El conductor es una persona de trato amable y conversación animada. Conoce bien el camino pues lo hace varios días a la semana. Poco a poco me va relatando historias de su trabajo en una empresa de seguridad y de lo que acontece por esta zona del país en la que, dice, “no hay estado”. Según vamos rodando me señala de vez en cuando un coche parado en el arcén, o un individuo quieto en lo alto de una loma a la vera de la carretera. “Son informantes”. Señala. Al principio no veo nada, luego sí. “Otean todo aquello que pueda interesarlos: cuerpos de seguridad movilizados, la presencia de autos desconocidos, cualquier cosa rara”. Agrega.

En Nuevo Laredo cumplo mi sueño de contemplar el río Bravo (también llamado rio Grande) y de pasar el puente peatonal fronterizo hasta donde se encuentran los aduaneros gringos. Hay un grupo de cubanos que está allí desde hace tiempo a la espera de una oportunidad para cruzar al otro lado. Apenas si dejamos diez minutos el coche para caminar por una de las calles principales. No hay nada relevante. Hace calor. No se ve policía. Ya de regreso, al dejar la ciudad, paramos en una pequeña casita donde se rinde culto a la muerte. La vieja que cuida la capilla me pide 500 pesos para contribuir al mantenimiento del lugar. Llega una pareja joven con dos niños pequeños. Según parece él acaba de terminar su jornada laboral y viene a hacer una ofrenda por haber resultado indemne. Un día más de violencia y tensión queda atrás.

Han pasado tres semanas y un titular en la prensa española llama poderosamente mi atención: “Una oleada de desapariciones pone la carretera de Monterrey a Nuevo Laredo en alerta roja. El gobernador llama a evitar el trayecto a Tamaulipas, feudo del crimen organizado, por la desaparición de 50 personas desde enero”. Cierro los ojos. Suspiro.