Elogio de la lentitud

El tiempo se aleja, no lo hay en suficiente cantidad, y debes pedalear cada vez más rápido para mantenerse a su ritmo.

LARRY DOSEY

Es inevitable que la vida apresurada se convierta en superficial. Cuando nos apresuramos rozamos la superficie y no logramos establecer con el mundo o con las demás personas.

CARL HONORÉ

Nuestro mundo globalizado y tecnológico ofrece muchas posibilidades de comunicación y de encuentro personal, pero crea también nuevas situaciones de riesgo. Destaco dos, el aislamiento en el enjambre digital y el desasosiego que nos produce el tiempo. Éste nos mantiene en constante actividad, provocando una insatisfacción en nuestra existencia. El desarrollo tecnológico está en muy pocas manos, estas grandes multinacionales que controlan los medios tecnológicos buscan más el beneficio que la verdad y el desarrollo comunitario.

La tecnología nos ha situado en una constante revolución digital, con ella, aparece un nuevo tipo de individuo, un nuevo morador electrónico, el homo digitalis. Mantiene su identidad privada, pero se presenta como parte del enjambre digital. Es un observador en el gran estadio tecnológico, pero trabaja por una identidad, por un perfil. No es un “nadie” dentro de la masa, como en los grandes estadios deportivos, es alguien penetrante, que se expone y solicita atención, es un alguien anónimo. El hombre digital, no se congrega en el evento deportivo, constituye una concentración sin congregación, una multitud sin interioridad, un conjunto sin alma. El homo digitalis se presenta en las redes como un ser aislado y solitario ante el monitor. Se caracteriza por su volatilidad, masas fugaces y solitarias que no constituyen un nosotros. No tienen una acción común para desarrollar una realidad que puedan cuestionar las relaciones de poder y construir una realidad globalizada que defienda la dignidad y los derechos de todos.

Por otro lado, está el desasosiego del individuo, empujado por una inquietud y agitación interna a la búsqueda de algo nuevo y mejor. Lo que a diario pasa a su alrededor le produce stress, lo aburre y hasta se le hace insoportable. Las sociedades industriales y opulentas, aseguradas las necesidades básicas, ajustan su pensamiento y actividad al futuro. Es un lujo de la sociedad moderna, ya que las sociedades agrarias y poco desarrolladas se ocupan de cubrir las necesidades cotidianas más inmediatas. Se nos educa desde pequeños a pensar en el futuro, aprender para la vida, se nos enseña que el tiempo es un gran valor y que conviene aprovechar. Así, el hombre moderno no se atreve a realizar cosas que no sean practicas ni provechosas, ni siquiera en su tiempo libre.

Esta idea, se ha filtrado hasta lo más profundo de la conciencia, el ser humano tiene siempre presente que hay algo que hacer. Esto le saca de sí mismo, olvidándose de lo que realmente quiere y necesita, provocando una profunda insatisfacción. Cuando no soportamos el tiempo libre, tampoco podemos soportar la confrontación con nuestro propio yo, tenemos miedo que nuestras necesidades más íntimas no correspondan con el aprovechamiento del tiempo.  La salida de esta insatisfacción es el refugio en el trabajo profesional, como forma de huir de la cotidianidad, ya que la vida laboral goza de gran estima en la sociedad. Los que no tienen la suerte de tener trabajo, o están jubilados, están mal vistos por no hacer nada, por no aprovechar el tiempo. Esto provoca en muchas personas un cuestionamiento de la propia valía, así como la capacidad de afirmación. Tienen que buscar estabilizadores de la personalidad por otro camino, para llenar ese tiempo.

La consecuencia es no tener tiempo, la persona corre de un lugar a otro de cita en cita, de trabajo en trabajo, casi sin aliento para lo esencial de la existencia. Vivimos en la era de la velocidad, nos esforzamos por ser más eficaces y eficientes, por hacer más cosas por minuto. Pero no nos hace felices. Por eso algunos hacen una llamada a un elogio de la lentitud, para poder recuperar el protagonismo de nuestra propia vida, y también la calma, para saborear lo esencial de la existencia. Debemos de sacar del cuerpo el trabajo y recuperar el tiempo de silencio, volver a ese estado del corazón, a ese espacio de libertad encontrada. El silencio es el lugar de la apertura, el hombre sale de sí mismo, de su narcisismo y de sus angustias, abriéndose al otro.

Debemos redescubrir el silencio, vaciar la “memoria ram” de la prisa y el trabajo, escuchar los latidos del corazón, acallar el ruido, la publicidad, la violencia, los miedos, los desasosiegos. Dejarse habitar por esa realidad que nos trasforma, por esa sinfonía callada, que fluye como manantial sereno desde el útero materno de la lentitud. Ahora podemos ir por otro camino, sintiendo la respiración del silencio, podemos abordar la lectura de un libro pausadamente, buscaremos contemplar y disfrutar de la naturaleza, podremos amar la obra de arte, o bien tener tiempo para entrar en una iglesia o sumergirnos en el hondón de lo más auténtico de nuestro ser.