La paciencia

La sonrisa amordazada, el patio donde florecen los gorriones, una ráfaga de nostalgia. Acaba el curso con estrépito de prisa y un rumor de hojas que se pasan y vuelan sobre las mesas nos ensordece a todos. No sabemos si recuperar la chaqueta o dejar que la lluvia ahogue el calor que acabará cansándonos, eco de cloro, deseo de azul y de mar en un tiempo en el que volveremos a las malas, a las pésimas costumbres de hendir los mares con edificios que flotan, quemar el combustible que nos envenena, dejar a un lado el cuidado y entregarnos a la histeria de quien siente la precaución como una mordaza…

Es nuestro tiempo un tiempo extraño, de nubes preñadas, de campos ahítos de cereal a punto de ser cosechado. Un tiempo de exámenes, de despedidas, de insólitos cierres de una costumbre que se hace extraña. Un tiempo de verdades a medias, de versiones contradictorias, de lecturas confusas y noticias que no nos afectan. Estamos en la tregua de las certezas. Y todo se hace extraño mientras tratamos de volver a una normalidad que nos dejó de lado, en la peor de las cunetas ¿Dónde retomar el reencuentro, la liviandad, la ligereza cuando las niñas en el fondo de mar son coral, son barco hundido?

Pasamos las semanas de la obligación y voy del corazón a mis asuntos, con prisa, con cierta despreocupación, como el viajero en tren que se solaza atravesando el paisaje, libre de observarlo sin prisa y sin más obligación que seguir la linde de las tierras plenas, los prados verdes, la piedra que anuncia la muralla… y ahí, en la ciudad castellana, en medio del patio de un centro escolar, canastas y porterías, en el insólito verdor de un espacio de hierba, la roca de granito donde se sientan los alumnos, el resto mineral de un suelo que picamos con voluntad de siglos. Ávila es sólida, de piedra que habla en la celda monacal de su frío repentino, ecos de mística y de brasa donde asar la carne que rebosa. Los días insólitos, los días cargados, los días extraños, me han regalado un viaje en tren de tierra bordada de barbecho, de trigos acariciados por un frío repentino. Y por la ventanilla de los días se suceden las obligaciones, las noticas que no oigo, las prisas que no tengo… y mientras, echo mano del abrigo apenas guardado. Llueve y es tan insólito como pensar que acaban las clases, las moratorias, las prohibiciones, las normas que rodean la vida como un alambre de espino extraño y bello ¿Dónde la normalidad, el sosiego, la despreocupada alegría del final del trayecto?

Es un tiempo extraño de fríos repentinos, de hilvanar obligaciones mientras pasan las encinas recién lavadas, los valles de la tierra de Peñaranda, la serpiente gris de una autovía que brilla tras el chaparrón repentino, tan afilado y sorprendente que nos deja aún más sorprendidos. Es un tiempo extraño y pleno, un tiempo para recordar con la sorpresa de lo que está por venir y hará mudanza en la costumbre… un tiempo donde la cosecha es la única que mantiene, generosa, fecunda, la puntualidad casi veraniega de la sazón que espera la hoz. Un tiempo al otro lado de lo sempiterno. 

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.