El abuelo

 

Aquella tarde, sentado al lado de la puerta de casa, el abuelo rompía el silencio de la calle con su tos ronca y rasposa. El humo del cigarro coronaba su cabeza lentamente, formando una aureola a su alrededor. Los recuerdos de su juventud pululaban en el interior de su memoria, y, de cuando en cuando, una sonrisa pícara se escapaba de sus labios. Su mirada, perdida a lo lejos, sin atisbar la realidad que le rodeaba. Solo se sentía feliz y ufano con sus pensamientos:

“¡Puerca vida!-pensó: El tiempo camina en contra de uno mismo, sin saber por qué; y la sabiduría de la experiencia, que da el tiempo, solo sirve para desconsuelo de esta triste vejez, cansada y elogiada, hipócritamente, por poetas y políticos.

Vana esperanza  la de ser feliz, cuando las fuerzas no te responden; vana intención la de hacer aquello, que el cuerpo no te permite. Solo quedan los recuerdos, pero es poco consuelo, cuando aún hay vida”.

La tarde se fue adentrando en la noche, y la oscuridad se trajo de compañero un viento frío, que traspasaba el blusón negro, que cobijaba el torso del abuelo, pero su semblante no se inmutó, él siguió sentado sobre el poyete de piedra al lado de la puerta, sin prestar atención a lo que acontecía en su entorno, como sin querer sentir nada, ni aún el frío que le acercaba la oscuridad vespertina. Solo le aliviaba recordar, pero, a veces, la memoria, desconchada por el hostigo del tiempo, le traicionaba y le ofrecía imágenes de nubes blancas.

El cigarro seguía pegado a sus labios, y la fina columna de humo pasaba entre sus ojos serpenteando. La ceniza caía, poco a poco, como brizna de nieve, sobre su pantalón de pana y sus manos permanecían impasibles sobre su cayada. Aquella noche de otoño, los recuerdos iban cayendo como hojas de árboles que, durante el verano, le habían dado sombra. Poco a poco, pero, de manera imparable, su interior se fue deshojando, y más y más nubes blancas inundaban su cerebro. Ya no escucha el viento. Ya no siente el frío. Sus ojos se tornan vidriosos y su cara, pálida. Una voz, desde dentro de la casa, grita: “Manuel, entra a cenar, que se enfría la sopa”. Manuel ya no pudo contestar.

Aquella noche de otoño, Manuel se quedó sin vida y sus sueños se fueron mecidos por el viento.