Italia, el camino incumplido por la igualdad

No es sorprendente que Italia se coloque por debajo de la media europea en igualdad de género: a pesar de los avances históricos realizados en materia de paridad, todavía se necesita tiempo para que estos cambios arraiguen en la mentalidad italiana.

Fuente: EFE. Autor: Giorgio Benvenuti

Giulia Balzano

Defensora de los Derechos Humanos

El 24 noviembre del año pasado, víspera del Día internacional contra la Violencia de Género, en un programa popular de la televisión pública italiana se pudo ver un tutorial que enseñaba a las mujeres «cómo hacer la compra de forma sensual». Vestida con tacones, minifalda y top corto, la pole dancer invitada al programa daba consejos sobre las mejores posturas para «ser intrigante» y lo menos torpe posible en el supermercado. La emisión televisiva en cuestión fue naturalmente inundada de críticas en las redes sociales y suspendida por algunos días pero, por muy grotesco que pareciese lo sucedido, nos hace reflexionar mucho sobre la posición de la mujer en el contexto cultural italiano. 

Son muchos los casos ofrecidos por los medios de comunicación en los cuales la mujer italiana es pintada como objeto del deseo sexual masculino: si este era un tutorial sobre como ser atractiva, la televisión, tanto pública como privada, tanto en franja horaria nocturna como diurna, nos muestra ejemplos de cómo se fortalece el papel de la mujer como velina, es decir, como hermosa presencia detrás o al lado de los hombres, verdaderos protagonistas de la escena pública. Muchos de los comerciales o de las vallas publicitarias actúan del mismo modo, confirmando los estereotipos de género mostrando a la mujer como objeto de deseo y también como sujeto maternal, como protectora del hogar: o modelo o ama de casa.

A diferencia de otros países europeos, la legislación italiana no prevé una normativa nacional para combatir la publicidad sexista: existe un código de autodisciplina mediático, el IAP (Instituto de la Autodisciplina Publicitaria), que actúa como órgano de supervisión cuando la discriminación alcanza niveles intolerables, pero no establece sanciones económicas, a pesar de los significativos ingresos derivados del uso del cuerpo de las mujeres.

 

Como nos enseñan los sociólogos y los semiólogos, los símbolos y el lenguaje son los principales medios a través de los cuales se forma el imaginario colectivo y se perpetúa el poder hegemónico. De modo que los medios de comunicaciones sexistas contribuyen a definir la forma mentis del público, normalizando el sexismo estructural y, consecuentemente, legitimándolo a nivel institucional.

Todavía en los periódicos aparecen noticias de violencia contra las mujeres etiquetadas como «crímenes pasionales» o «ataque de celos», que atenúan la gravedad de dichos actos; además, con demasiada frecuencia, la opinión pública cree que es la mujer con su conducta la que instiga al hombre a maltratarla, violarla o asesinarla. Este lenguaje, y la mentalidad asociada al mismo, subraya la motivación del asesino y margina a la víctima, y además evoca un pasado no tan lejano en el que el «delito de honor» (cometido por un cónyuge para preservar el honor de la familia) constituía una medida reductora del crimen. Hasta 1981 no se derogó esta ley, junto con el artículo regulador del matrimonio restaurativo, según el cual el delito de violación sexual se extinguía si el violador decidía casarse con su víctima. Aún más recientes son las normas contra la violencia sexual, que hasta 1996 era clasificada como delito contra la moral pública y las buenas costumbres.

Si el número de los homicidios ordinarios desde los años noventa sigue disminuyendo, el de los feminicidios permanece constante, con una media de ocho mujeres asesinadas cada mes, la mayoría de las veces en ámbito familiar o afectivo. No es sorprendente que Italia se coloque por debajo de la media europea en igualdad de género: a pesar de los avances históricos realizados en materia de paridad, todavía se necesita tiempo para que estos cambios arraiguen en la mentalidad italiana. 

Auspiciosa es la aprobación del Código Rojo, que prevé apresurar los procedimientos penales de los delitos sexuales, con una enmienda que castiga con prisión y multa el “porno de venganza”. Con esta locución se define el envío, entrega, transferencia o distribución de imágenes o vídeos con contenido sexualmente explícito sin el consentimiento de las personas que aparecen en ellos. Se aplica una misma sanción a quienes hayan adquirido y difundido dichos contenidos con el fin de causar daño, y la condena es agravada si el delito es cometido por quien haya tenido una relación afectiva con la víctima. Se trata de un abuso sexual en tendencia creciente en la última década: según el código penal italiano es un crimen desde el 2019, surgido a raíz de la trágica historia de Tiziana Cantone, que se quitó la vida después de que su vídeo privado se viralizase a través de las redes sociales.

Citando a la politóloga Rainbow Murray, puede que el problema sea de orden casi copernicano, y estemos dando mayor peso al elemento equivocado. Es posible que el quid de la cuestión no esté en la carencia de participación femenina, sino en el exceso de participación masculina. Quizás una mayor representación política de las mujeres crearía el caldo de cultivo perfecto para el comienzo de un cambio de perspectiva en pro de la abolición de los estándares anteriormente mencionados. Actualmente, un tercio de los cargos políticos nacionales y menos de una quinta parte de los municipales están cubiertos por mujeres. Según los datos nacionales, solo alrededor de la mitad de la población femenina está ocupada y, durante la pandemia, el 70% de todos los que han perdido el trabajo son mujeres.

En contraposición a todo lo antes mencionado, recientemente ha surgido un muevo matiz en la cultura mediática que reivindica el empoderamiento femenino, y éste, la gran mayoría de las veces, lejos de ser beneficioso para el colectivo, peca casi de denigrante. Nunca se había dado visibilidad a la mujer tanto como hoy día. Debido a esto, en los últimos años se pueden ver constantemente extractos de emisiones televisivas, o escenas de películas entre un anuncio sexista y otroo incluso noticias y políticas públicas, que de forma forzada abogan por la paridad de género. Sin embargo, estos discursos no son más que un regalo de consolación, una palmadita en la espalda que desvía la atención del vacío social, cultural y jurídico en materia de igualdad que Italia todavía no se atreve a colmar.