¡Al rico helado!

“Cuando necesites un momento para ti, comprate un helado de tu sabor favorito, ponlo delante de ti, miralo fijamente y encontraras algo positivo para continuar.”

 Hace unos días, junto a los amigos de caminata, que cada mañana  nos unimos y damos rienda suelta a todo tipo de comentarios, desde el arreglo del País, en lo político, a la sanidad, al futbol, a la dejadez  del Ayuntamiento, y a otros asuntos de toda índole, así como los dedicados a los recuerdos juveniles y mocedades etcétera. El caso es que, evocando recuerdos,    salió a “refrescarnos” el tema de los helados. Si, aquellos que en nuestra infancia perseguíamos, y reclamábamos a nuestros padres o tutores, en temporada de verano. Más aún cuando hacia su aparición- Él Heladero- por todas las barriadas, con el famoso carrito de:- La Polar-, parecía tener en exclusiva la venta trashumante.    

   Dependiendo del lugar de España en el que nos encontremos, el popular y clásico helado al corte, servido con una galleta en cada lado, también en “cucuruchos” de una u otra medida, y el polo de sabores, la fresa, limón y el chocolate eran puro hielo, pero en aquel tiempo unos y otros llamaban la atención de los zagales, que se agrupaba en torno a aquel pregonero, de tez ennegrecida y sofocado de empujar aquel carrillo blanco y azul de- La Polar-, que en algunas ocasiones ayudábamos a empujar a su dueño por aquellos andurriales polvorientos, cuando el asfaltado apenas se conocía.

Evidentemente los helados de calidad y de proporciones envidiables eran para las personas mayores, algún polo de hielo, o un cucurucho diminuto, era lo máximo que servidor recuerda, hablamos claro de (perrillas, reales, o pesetas), ver las caras de la chavalería, eran todo un poema, cuando no acudían al llanto, por ver que el heladero se alejaba, y tu madre había dicho ¡de helados nada!, a veces el que había tenido suerte, invitaba a dar una chupada al helado del agraciado, mientras le hacíamos corro viendo cómo se relamía, el vecino- Todo un poema, de cruel tristeza-.

Será por ello que desde entonces tengo una golosa devoción por los helados, y me apetecen y me gustan en prácticamente todas sus variantes, y saboreo en cuanto tengo la menor ocasión, y forman parte de mi postre en cualquier mesa de dentro y fuera de casa. Y el tema me ha venido de nuevo al recuerdo sobre la escasa oferta de helados durante aquellos días de mi infancia que, como saben los que me conocen, tuvo lugar a finales de la década de los años cincuenta y principio de los sesenta, donde en esos años ya proliferaban algunas heladerías, “La Valenciana”, los Italianos etc…

Nada comparado con lo de hoy, donde en cada esquina de despachan helados, y donde la gama y gustos de los mismos han llegado a tal sofisticación, que la variedad de colores es incontable. Y donde puedes observar cualquier  niño, dando cuenta de un soberbio helado, con exquisito gusto.

      Cuando, al principio del artículo,  aludía a "escasa oferta" me refería principalmente a que, en aquella época, el consumo de este delicioso producto se limitaba a los meses de verano, y poco más.  Nadie podía prever entonces que llegaría a convertirse en un postre de consumo tan habitual durante todo el año como la fruta, que no faltaría en los hogares particulares, y que podría adquirirse en cualquier establecimiento de alimentación, en cualquier bar o cafetería, o en cualquier lugar de entretenimiento, sin importar la temperatura que marcase el termómetro en la calle.  Algo inconcebible en una época en la que ninguna madre ofrecía un helado a sus hijos en un día más bien fresco, por asociar su "inapropiado" consumo a la aparición de unas posibles y temidas anginas.  Hay que aclarar que, proceder así, servía algunas veces para disuadir al niño de su antojo, lo cual era siempre conveniente  porque la economía familiar no solía estar para demasiadas alegrías y había que reservar los escasos ingresos para la compra de artículos de primerísima necesidad.

            Por aquel temor a las afecciones de garganta a causa del frío, el helado al corte, junto con el cucurucho y el polo, eran los helados preferidos por los padres y abuelos a la hora de obsequiar a los pequeños.  Sin embargo, el polo, era menos aceptado.  A los críos les encantaba pero, para los mayores, era algo así como el malo de la película de los helados.  Demasiado hielo... "Mañana te levantarás con anginas", solían advertirnos muy serios.  Pero es que, además, el corte ofrecía otra gran ventaja, como era la de poder adquirirlo a medida.  A medida de la necesidad del consumidor, a medida del bolsillo, o de ambas cosas a la vez.

            Entre una y dos pesetas creo recordar el precio de un corte,  durante esos años de mi infancia y, ahora que lo pienso, ese número coincidía más o menos con el de los centímetros de grosor.  Después estaba el de tres pesetas (más o menos de tres centímetros), cuando veías lamer uno de estos, la cosa era ya de celebración, de inusitada alegría, incluso de intriga en los corrillos vecinales, ante tamaño desembolso.

      Y, volviendo al principio, con lo  de la "escasa oferta" me refería también a los sabores del helado pues en, aquellos años, su fabricación quedaba reducida  a los sabores de nata, vainilla, fresa y chocolate.  Algo más tarde llego el de café o de varios gustos, que degusté por primera vez en "Helados Italianos", cuando este establecimiento se encontraba en la C/ Toro. Hoy, consumir un helado es algo tan natural como comerse una manzana.  Cualquier día, a cualquier hora, podemos abrir el frigorífico y seguro que encontramos alguno tan apetitoso como para echarle el guante.  En cuanto a la variedad de sabores, los hay que me parecen de chiste.  Todo muy bueno y abundante hoy, pero en aquellos tiempos,  la ilusión de que mis padres me comprasen un helado, en una de aquellas calurosas tardes de domingo, es algo que tengo grabado en mi memoria y en mi corazón. Y eso que el más grande, no paso de dos reales…Si… la moneda del agujero:

                Fermín González salamancartvaldia.es                     blog taurinerías