Olegario González de Cardedal

A fuerza de corregir al corrector, mi ordenador ya sabe que no es cardenal, sino Cardedal. Solo la tenaz rebeldía de lo pequeño puede hacer frente a la imposición de lo grande. Grande es el ruido de la opinión en nuestros medios, tenaz y rebelde la palabra de quien tiene algo valioso que decir. Así me llega hace unos días, con todo su valor, como arcoíris que clarea el cielo oscurecido por la tormenta, una vez más una tercera de ABC de Olegario: “¿Cisma en Alemania?”, de fecha 5 de junio.

Y aunque me alegro, pienso tras leerlo que su Edad –como si Tolkien o Wagner hablaran– no es esta que vivimos de los hombres, sino la de los Héroes o los Gigantes, la de aquel ABC de los 80 tan querido de Anson, su inventor, y de sus lectores de entonces cuyas terceras iban plagadas de literatura, ciencia, historia y periodismo (en buena medida por ellas me hice periodista), allí desembarcaría Olegario a finales de la década; la Edad de aquel diario El País de sus inicios liberales y de un país que aún tenía algo por lo que luchar: alejarse lo más posible de la falla histórica que amenazaba con tragárselo.

Hoy es tanta la diferencia de altura con respecto al resto, que verdaderamente debe de sentirse solo en la lucha contra los molinos en la que siempre se ha mantenido durante el último medio siglo: la mano derecha tensando lealmente su idea de Iglesia y el aggiornamento de esta que Juan xxiii encargara llevar a cabo a su generación; la izquierda, orgullosa, sosteniendo la de una sociedad civil, democrática, en la que vivir la fe libre y conscientemente. Es tal la densidad de sus artículos, la cantidad de ideas que hay detrás, que merecerían cada uno de ellos una reseña. Leyéndole se aprende a escribir y a ordenar las ideas, y serían ejemplares para enseñar a los alumnos a comentar un texto, pero contextualizarlos darían para un curso entero. 

Inteligente, siempre ha hablado con claridad. Quizás en ocasiones no haya gustado lo que decía. Demasiadas veces ha puesto el dedo en la llaga y no siempre ha sentado bien, a un lado y al otro. Ese dolor también es evangélico. Con él, como con Xabier Pikaza, siempre tengo que preguntar al comprarlo si es ese el último libro publicado, por miedo a que lo prolífico de su escritura me haga perderme alguna obra entre medias. 

Y sin embargo qué acertadas todas y cada una de sus páginas. Su rigor es el mismo cuando habla de Cristología que cuando, por ejemplo, reseña una tesis sobre el uso del traje talar o clerical, donde se pregunta: “¿Qué es mejor: proponer signos públicos de la identidad sacerdotal o sumergirse en medio de las masas como fermento real antes que como proposición formal?”. 

Ahora, como un vino generoso fortalecido, en este texto suyo está compendiado (Olegario tiene esa facilidad) todo lo esencial de su saber y su creer. Se destila en él su más de medio siglo de teólogo y profesor de Teología. Desde la alusión inicial a su maestro Rahner y vertebradas por las palabras del Santo Padre Francisco, en este artículo se hallan presentes, su Eclesiología y su Cristología, anudadas tan lúcida como afortunadamente en la última oración del artículo: “Una Iglesia rota es un Cristo desfigurado”.

Por él es para mí un orgullo impartir clase donde lo hago, pero sobre todo lo es por haber aprendido a argumentar mi fe ante el espejo de la realidad de este mundo (“Estar en el mundo y no ser del mundo es el difícil, casi imposible imperativo evangélico”). Toda sociedad necesita faros, a no ser que ansíe y se jacte de ser una sociedad de ciegos. Dichoso aquel que vive a los pies de un faro y aprovecha en la noche su luz para otear el horizonte del inmenso y a veces oscuro mar de la vida.

Foto: edicionesencuentro.com