Prefiero el Cantábrico, el Mediterráneo o los Miradores de las Arribes

Profesor de Derecho Penal de la Usal

Hace unos días leí con emoción el reportaje que El País Semanal hacía sobre las “bodas de oro” de la composición poética y musical de uno de los discos más importantes que se han elaborado: Mediterráneo, de Joan Manuel Serrat, un hito de la música popular española. Los reporteros acompañaron al Noi del Poble-sec por Calella de Palafrugell, lugar costero que hace 50 años sirvió de inspiración al compositor para la creación de tan excelso trabajo. Inmediatamente, mi imaginación voló hacia las entrañas de otro mar, el Cantábrico, porque, casualidades de la vida, en mayo de 1971 -¡qué lejos queda ya mi infancia!- yo vivía junto a mis padres en una casa al lado de un acantilado, en Mioño, Castro-Urdiales, entonces dentro de la provincia de Santander, hoy Cantabria y en mis juegos infantiles, el horizonte que dibujaba la mar acariciando el cielo cubierto de nubes se me quedó grabado para siempre en las retinas y el ruido de las olas chocando en el rompeolas, en las rocas y vaciando su espuma en la arena de la playa de Dícido, se incrustó eternamente en mis oídos, construyendo historias de galeones, carabelas, veleros y submarinos, de guerras entre tirios y troyanos, cartagineses y romanos, de descubridores, conquistadores y piratas – quizá porque mi niñez/ sigue jugando en tu playa-, y, por supuesto, de la emoción más intensa de la adolescencia: el juego con las chicas y los sofocos que provocaban los primeros guiños de amor –y escondido tras las cañas/ duerme mi primer amor- mezclados con inocentes emociones desbordadas; esas que a menudo regresan a nuestra mismidad cuando leemos un poema de amor, escuchamos una canción o vemos una película entrañable –llevo tu luz y tu olor/ por dondequiera que vaya/ y amontonado en tu arena/ guardo amor, juegos y penas- “en España, tengo una casa en un acantilado”, decía el enviado diplomático español Antonio Pimentel (John Gilbert), a su amada, la reina díscola, Cristina de Suecia (Greta Garbo), prometiéndole a la ya abdicada monarca, que allí vivirían su amor y serían muy felices, en la legendaria película “la reina Cristina de Suecia”, de 1933.

 

            En mi filosofía de vida, sigo prefiriendo el cantábrico, el mediterráneo o los miradores sobre el Duero en Las Arribes (de mi juventud y en el momento actual), porque me transmiten sensaciones de paz, libertad, igualdad, fraternidad, solidaridad y comprensión, entendiendo que en la situación política actual los indultos a los presos del “proces” pueden aportar la dosis de diálogo, consenso y concordia que tanto necesitan nuestros políticos y los ciudadanos de Cataluña y del resto de España, que las decimonónicas y patéticas concentraciones que la derecha radical y sus acólitos mediáticos convocan en la plaza de Colón de Madrid, donde, por un lado, exhiben su patriotismo español de hojalata y de bandera en la pulsera y la solaba y, por otro, esquilman las políticas públicas que ponen freno a la desigualdad social y a la pobreza e intentan ocultar presuntamente décadas de gestión de corruptelas de Gürteles y Cajas B con operaciones como la Kitchen, puesto que hay indicios racionales sólidos e investigaciones policiales que así lo determinan.

 

No estoy de acuerdo con las ideas separatistas e independentistas, pero sí con la utilización de la palabra para resolver los conflictos y no con las recogidas de firmas en contra de Cataluña, de los catalanes y su pensamiento mayoritario y de sus productos, como se hizo por parte de la derecha política y mediática después de la aprobación del Estatut y en la actualidad, porque son actuaciones que revitalizan enfrentamientos territoriales ancestrales de tristes recuerdos para todos los españoles, que dejan heridas profundas en la ciudadanía y que tardan muchos años en cerrarse y cicatrizar.

 

No estoy de acuerdo con la declaración unilateral de independencia que se produjo en el parlamento catalán en 2017, gobernando precisamente en España M. Rajoy, apoyado por la formación naranja de Albert Rivera (todo hay que recordarlo), pero tampoco lo estoy con Aznar cuando manifiesta que los indultos a los presos del “procés” son el “suicidio político de una nación”, cuando gobernando él, cambió la ley del suelo para favorecer la especulación urbanística; su esposa, Ana Botella, siendo alcaldesa de Madrid, vendió vivienda pública a fondos de inversión y el hijo de ambos, Azar Botella, es el hombre fuerte de un “fondo buitre” que se queda con viviendas de personas que han desahuciado de sus viviendas por circunstancias económicas sobrevenidas que les impiden temporalmente pagar sus hipotecas. Aznar y todos los políticos de la derecha proclaman a voces defender la Carta Magna y olvidan que en su artículo 47 se establece que “todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada”, además de constatar que “los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación”. No sé si Aznar cuando modificó la ley del suelo era tan constitucionalista como dice serlo ahora, pero estas actuaciones sí que son una ayuda e inducción al suicidio de las personas económicamente más vulnerables.