Consternados

La experiencia nos decía que podría pasar lo peor. La esperanza nos brindaba un hilo al que aferrarnos.

Cuando se conocen unos hechos, aparentemente simples, el desenlace de lo que otras veces ha ocurrido hace temer que las situaciones se repitan, pero el alma humana, el alma limpia confía en la limpieza del otro, en la nobleza de los sentimientos, en la capacidad para encajar, resolver, racionalizar en la respuesta… Y tendemos a intentar entender, a leer entre líneas situaciones que apenas comprendemos. Por ello buscamos algo que nos las explique.

Llevo mucho tiempo con una gran preocupación por el mundo de los niños. Creo que en la sociedad hay actualmente unos colectivos que podemos llamar vulnerables, y nos sería fácil ponernos básicamente de acuerdo sobre cuáles son; incluso los medios de comunicación de vez en cuando nos hacen reflexionar sobre ellos, actualizando datos, planteando interrogantes, pensando posibles vías de solución… Pero, en mi opinión, no se habla suficientemente del mundo infantil. Me parece que no se le da el protagonismo que merece, ni se tiene especial cuidado, ni se mira en la adecuada medida desde su prisma.

La sociedad va cambiando a pasos agigantados, los trabajos cada vez acaparan más tiempo, las redes nos absorben, cambia la filosofía sobre la vida, y la abnegación de tiempos anteriores para dedicar a la familia se sustituye por mensajes en los que se dice cada día que somos los dueños del universo, que consumamos, que nos merecemos esto y lo otro, que compremos, que compitamos, que nos preparemos, que tengamos, que sigamos pedaleando en esa rueda sin fin… El concepto de familia también va cambiando, y existen tantas modalidades que podríamos perdernos. Vivimos en un mundo complejo, en todos los sentidos.

Cada vez que ocurre un acontecimiento de desaparición de menores, las alertas saltan en la sociedad, que recibe, conmocionada, la noticia. Nos sentimos consternados, nos ponemos en la piel de los protagonistas, de quienes pierden a ese ser querido, y de otros familiares cuyas vidas quedan tocadas para siempre, sean de la víctima o del brazo ejecutor. Pero en breve todo se diluye, se va desdibujando, entre tantas otras cosas, con el tiempo.

Los hechos más abyectos encuentran una cierta explicación cuando se entiende que hay detrás una mente malvada, extraña, ajena, que hace daño. Cuando se sospecha o se llega a demostrar que detrás de esas noticias está uno de los progenitores, no se alcanza a comprender. Porque nada parece más noble que el amor que se tiene a un hijo, nada más generoso, más entregado…

Los expertos, desde las distintas disciplinas, nos van dando luz y nos explican qué aspectos suelen coincidir en casos similares: una mentalidad excesivamente centrada en uno mismo, creyéndose el centro del universo alrededor del que el resto debe girar (personalidad narcisista), teniendo en poca consideración a los demás y con escasa capacidad de ponerse en el lugar de otros (falta de empatía); muy baja resistencia a la frustración, con gran incapacidad para renunciar a algo o a alguien; necesidad de tomarse la justicia por su mano; afán de notoriedad… A veces se añaden la envidia, los celos… En ocasiones, todo ello agravado por el consumo de sustancias nocivas que pueden alterar aún más el estado emocional.

No me gusta juzgar a priori, para eso existen personas expertas en investigación, en criminología, en medicina forense, en psiquiatría, en psicología clínica, en leyes, y un largo etcétera. Pero sí creo que deberíamos, como sociedad y a nivel individual, reflexionar sobre la enorme importancia que tiene el mundo de los niños y su bienestar, y en la necesidad de ofrecerles unas pautas educativas adecuadas, con cariño y límites, estableciendo unas normas básicas de respeto mutuo, educando en el equilibrio. Consentir, sobreproteger, no tener reglas, hacen que etapas por las que todos pasamos de niños o de adolescentes se mantengan en el tiempo y se vuelvan crónicas, dificultando la tan necesaria maduración que va favoreciendo pasar a otras fases más adaptadas a la edad que se tiene.