La revolución de dar las gracias 

Cuando utilizamos la palabra “revolución” seguramente se nos pueden venir a la cabeza imágenes de Pancho Villa, pistolas en mano y azuzándose el bigote a la vez que animaba a sus guerreros a no desperdiciar las balas en demasía, o a nuestros vecinos los franceses haciendo rodar cabezas tras su paso por las finas cuchillas de la guillotina (se ve que siempre han sido muy finos, incluso en estos asuntos). Ejemplos de revoluciones de todo tipo y pelaje tenemos muchos, y hoy en día, también se habla de revolución en muchos ámbitos cuando queremos referirnos a un cambio  claro y radical en las instituciones de una sociedad. Pareciera que una revolución tendría que conllevar un cierto grado de agitación, choque o  golpe en la mesa. La revolución no se pacta, sino que se hace.

Pensaba yo estos días que corre riesgo de cronificarse entre nosotros la cultura de la queja y de la confrontación. La cultura de no fiarme ni de mi propia sombre y de andar mirando de reojo… Creo que en el fondo tenemos miedo de todo y de todos, o de casi todo y de casi todos. La cultura de estar a la que salta y de la crítica criticona. Se me venía a la cabeza  Hobbes cuando decía que el lobo era un lobo para el hombre (homo homini lupus). Hace tiempo pensé: ¡Qué exagerado! Pero ahora me subo a ese carro y creo que tuvo una visión muy certera de lo que podemos ser a veces los seres humanos.

Así, en medio de esta enfermedad, medicinas como el sentido de pertenencia a un grupo con intereses comunes, a una comunidad… están caducando. Mejor solos que mal acompañados. Ya no se atisba el interés de ser con otros, de estar con otros…. Eso es muy arriesgado y en estos tiempos, es más seguro estar entre las cuatro paredes de tu mismidad, atontado o atontada con la droga que vomita sin sentido la caja tonta, por decir algo, o tener bobodependencia de las redes sociales que te hacen creer que tienes cientos de amigos, cuando en realidad estás más sola que la una.

Así que, mientras paseaba el otro día, me dí cuenta de cuánto he recibido de otras personas. Sí, es verdad que yo me he esforzado en situaciones, que he estudiado, trabajado…. Es decir, que pudiera parecer que yo me lo he currado, pero he podido estudiar y trabajar porque otras personas me ayudaron, me impulsaron, me animaron en los momentos complicados… o simplemente cuidaron de mi bienestar  material para que yo pudiera avanzar.

Y si empiezo, no paro. Desde mi padre y mi madre, ¡cuánto tiempo estaría dándoles las gracias! Sin ellos, no sería yo quien soy. Mis abuelos, mis hermanas, mi familia… mi esposa y mis hijos…tantos profes en mi camino, monitores, acompañantes, amigos….que me hicieron entusiasmarme con lo que hacía o podría hacer, que tuvieron paciencia…con cuánta gente me he topado en los cruces de la vida de la que he aprendido algo, cuánta gente me dio un buen consejo, un abrazo a tiempo, una mirada de complicidad que me dio la vida cuando me sentía muerto… Si me paro a pensar, no tengo nada por lo que no podría darle las gracias a alguien, incluso mi propia existencia, mi vida, que la he recibido y que se me ha regalado sin nada a cambio. Así que esto de dar las gracias quiero que esté más en mi día a día. Quiero ser contracultural aquí, quiero contribuir a esta revolución. Entonces, si fuéramos más agradecidos, la vida de muchas personas mejoraría, ¡seguro!

Cuando uno recibe la palabra ¡gracias!, algo se mueve por dentro y entre otras cosas, nos devuelve a la humanidad que nos distingue de los monos y jirafas (con todos mis respetos por dichos seres vivos).  Cuando una recibe la palabra ¡gracias!, siente que es importante para otra, que es valorada, que su esfuerzo o gesto ha sido significativo para alguien. Cuando uno recibe la palabra ¡gracias! confirma que alguien valoró algo que hizo o dijo, y eso le anima a seguir adelante, a repetirlo más veces. Y entonces cree en sí misma, se valora y se quiere, las barreras le parecen menos altas.

Y cuando uno regala la palabra ¡gracias!, reconoce que necesita de los demás y valora lo que recibe. Cuando una es agradecida vive la vida como un regalo que hay que abrir cada día y reconoce que todo es gratuidad y posibilidad, que hay mucho de bueno en los demás y en cada acontecimiento que vive. Así, podremos seguir mirándonos a los ojos con más confianza… y la transformación de la cultura será posible: de la de la queja a la del agradecimiento. Yo, me apunto, aunque suene revolucionario.

¡Gracias!. De nada.