Las alarmantes consecuencias psicológicas que la Covid19 ha tenido en niños y adolescentes

Poco a poco, a medida que al menos en Occidente se va dejando entrever un final de la pandemia, comienzan a salir al exterior datos que alertan sobre las consecuencias psicológicas que ha tenido en las poblaciones más vulnerables: niños, adolescentes, familias con escasos recursos

Ponemos hoy la atención en los niños/as y adolescentes, comenzando con esas cifras escalofriantes que ya han hecho públicas algunas televisiones: Desde hace varios meses el número de consultas en urgencias de psiquiatría y en psicología infantil ha aumentado un 50%,  y un aumento similar ha habido en el caso de adolescentes.

También se ha publicado la cifra de que los suicidios en estas etapas tempranas se han triplicado durante la pandemia. Y, en cuanto cifras,  también hemos conocido la gran diferencia de número de profesionales de psiquiatría y psicología entre nuestro país en relación a la media de la UE: mientras la cifra media de psicólogos en la UE es de 18/ 100.000 habitantes, en España este número baja a 6/100000.

            Pero ¿qué causas explican esta epidemia de deterioro en la salud mental de nuestros niños y adolescentes, producidas o desencadenadas durante la Covid?

Como en toda la vida psíquica, hay múltiples causas que confluyen en la producción de los trastornos emocionales; las agruparemos en tres tipos de causas, que dan una visión general del tema, en niños y adolescentes: Por una parte, el hecho de que esta pandemia haya sido provocada por un nuevo virus, del que los científicos desconocían características, evolución y tratamientos, ha hecho que los sentimientos de temor e inseguridad hayan aumentado en toda la población; pero en los sujetos más jóvenes, por su normal inmadurez, los temores y la inseguridad hayan sido mayor, aunque no los hayan podido expresar. En el inmaduro psiquismo de la niña/o o adolescente, una “realidad” que no se ve, pero cuyos peligrosos resultados sí son observables ( contagios, muertes, angustia de los adultos ante una situación de difícil explicación) es fácilmente identificada por los niños con “fantasmas” incontrolables, que pueden ser demasiado destructivos.

Si a estas vivencias infantiles se les añade el aumento de tensión y conflictos de relación en el seno de muchas familias durante el confinamiento ( se sabe ya que los maltratos aumentaron significativamente en ese confinamiento) los más pequeños sufren emocionalmente con más intensidad si observan o sienten que sus padres están más tensos, deprimidos o angustiados que antes. Los niños no son capaces de protegerse a sí mismos, si sus seres queridos sufren o se agreden; generan síntomas, desencadenados por ese ambiente patógeno, que son señales de su malestar.

Finalmente, la vivencias de pérdidas de seres queridos o costumbres cotidianas placenteras se traducen en sentimientos de tristeza: desde los más graves, algún abuelo fallecido, algún padre o madre, o enfermos en casa o en el hospital, hasta los cambios en su vida cotidiana, como no poder ir a la guardería, o no poder verse y jugar con los amigos del barrio o del colegio.

Si a los adultos con problemas psicopatológicos las medicinas psicofarmacológicas pueden solo aliviarles los síntomas, a los niños y adolescentes la acción sola de los psicofármacos es aún más limitada. El niño/a necesita poner en palabras, a través de una psicoterapia todo aquello que no ha podido comprender y que le ha hecho sufrir.

Esta necesidad de las psicoterapias es necesario repetirla, especialmente  en países como en España y Portugal, que seguimos estando a la cabeza mundial en consumo de psicofármacos.