En tú aniversario…

Pazo de la familia Figueiredo González

 

Ha pasado una centuria de la partida de mi desconocida abuela, no por ello menos querida y añorada. Preguntando a quienes me podían aportar información sobre la tragedia que asolo a mi familia materna, todos coincidieron: “la señora, ha sido buena, generosa y digna”.

Sé que una parte de tu vida, a buen seguro deseabas borrar, pero el destino es caprichoso y quedó escrita en la mente del pueblo. Después de tantos años, os siguen recordando, formáis parte de la historia  de la aldea.

Aquel hombrito, bajito, menudo, por nombre Herminio, que había estado al servicio en casa, me acompañó un trecho largo, la conversación, timida, del principio comenzó a fluir a media que consumíamos los kilómetros que nos separaban de la villa y nos acercaban al pazo.

—Señorita -me dice- ¿usted cree que la Santa Compaña existe?

—¡Pare, pare! dejemos esas cosas. Supercherías, para pasar las noches de  invierno al amor de la lumbre.

El pazo,  comenzaba a asomar entre los pinos y robles sus cuatro chimeneas, rematadas por cresterías filigranadas, las paredes -con la puesta del sol-  parecían de plata sin bruñir.

Ya habíamos cruzado el portón.

Nos sentamos bajo la frondosa higuera, colmada del fruto en su punto de dulzor. Las festoneadas hojuelas, gruesas, lechosas, del enorme arbusto, acariciaban la pared norte, frutales primerizos, habían perdido sus hojas, coloreando el suelo como la mejor alfombra oriental.

 Era el comienzo de la estación melancólica “el otoño”

—Herminio, me preguntó hace una rato sí creo en la Santa Compaña. ¡No!… A no ser que usted me diga algún acontecimiento sucedió aquí.

—Le voy a relatar un hecho que… No le dejé terminar la frase.

— ¿Le ha sucedido a usted?

—No, a mí no. A mi pocas cosas pueden acontecerme. Mí vida fue servir a los señores y sus hijas.

—Pues no haga caso de las tonterías que se cuentan en los pueblos, si viviera en la capital esas cosas ni mentarlas, vivimos otro mundo gracias a Dios. Donde se dice: ver para creer.

—Esto no es cuento –afirmó serio y profundo - aguce los oídos, la curiosidad me corroía.

—Va comprender cuando se lo relate, que no hay invención, y mucho menos mentira del hecho. La explicación la dejo para ustedes… se me escapa a mis entendederas, le aseguro que no soy de fácil creencia, ni en cuentos de miedo y tampoco en historias de santos, bien lo sabe el señor cura. He de recocer, eso sí, que vivimos inmersos en el misterio, rodeados de cuestiones inexplicables. La ciencia, es solo guía de ciego, la fe nos ayuda, aunque permite dejar hacer al destino.

Coloqué la falda, dejé la piedra que me servía de asiento, y  me tumbe en la hierba, los brazos tras la cabeza hacían de almohada.

— ¿Ha conocido a su abuela? No, no es necesario que responda, sé que no. Fue una pregunta que me salió atontadiñamente de la mala sesera que tengo.

— ¿Y usted?

— ¡Por supuesto! recuerdo cuando se puso mala y la llevaron en contra de su voluntad al médico de Santiago. Poco se podía hacer por aquel corazón que habia amado tanto.

Asistía entre distraída y curiosa a sus recuerdos.

Fue una hermosa rapaza, alegre, bailadora, era la primera en ser sacada al baile en las fiestas. La  hija preferida de Don Miguel, vestía buenos paños, el viejo señor no le negaba ningún capricho. Solía comentar, que era el vivo retrato de su difunta esposa, Dª Manuela.

El caso es que no se concebía fiesta en la que ella no estuviera, las mozas alababan sus ricas ropas, la colección de mantones floreados, que juvenil y elegante lucía en los eventos festivos, vestidos envolantados, rematados con puntillas, velo o mantilla, herencia de su madre, cubría la cabeza, que picaronamente dejaba deslizar  hasta los hombros a fin de dejar a la vista, la hermosa mata de cabellos negros, ondulados, contrastando con el verde de sus ojos, resaltaba la blanca y anacarada piel. Era coqueta, miraba a unos y otros, jamás negó un baile por pobre que fuera el solicitante; pero decirse por uno ¡Quia!

Dicen los antiguos que a veces Dios nos prueba donde más nos duele. Y la señorita, un mal día, dejó de acudir a bailes, invites, coqueteos, bromas, chanzas. Se enamoró hasta los tuétanos de un calavera. He de reconocer que era gracioso y festivo, pero… algo de él no gustaba en la casa. Una bala rasa - comentaban- En las romerías para hacerse notar entre los mozos, tocaba el pandero y acordeón, haciendo las delicias de la juventud, componía con mucha facilidad requiebros… Los comentarios no hicieron más que comenzar -Menuda boda la de la hija de D.Miguel, sí, claro es primo, pero un calavera, las faldas y el juego le pierden, ni sus padres pudieron hacer bueno de él, hasta se escapó del seminario a punto de “cantar misa”-  Los dimes y diretes eran constantes entre los vecinos de las aldeas próximas. El señor, se opuso a rajatabla a esa tontuna de los pocos años. Pero el amor por mucho que se vigile siempre encuentra una rendija para colarse. Aquello, que no había causado escamoteo en un principio, por ser familia, ¡fue un error de los que siempre hay victimas! se veían a escondidas y poco a poco se fue estrechando la relación, la pasión en el alma de la señorita creció… una noche se fugaron, dejando al viudo señor, sumido en la mayor aflicción y vergüenza.

—Me rindo ante la insensatez de mi  hija. ¡Que se casen! Le entrego la dote de su madre… y que no vuelva a poner los pies en esta casa.

Y ya sabe lo que sucede. El fruto prohibido al igual que la miel…  al principio es dulce, pero luego termina por empalagar y convertirse en hiel. Él no cambió de vida con el casamiento, siguió festero, embelesado cuando alguna falda le rozaba el cuerpo, gastaba a manos abiertas, creyendo que el dinero no tenía fin, y si sé terminaba, el suegro lo remediaría. -Tiene de sobra el viejo- solía fanfarronear en las tabernas. No sabía que Don Miguel cuando decía una palabra, la cumplía hasta el final.  Al cerrar la puerta cerró la bolsa.

La señora comenzó a sentir el sonido del pandero en sus carnes, le zurraba de firme, soy testigo. Ella escribió al padre, nunca obtuvo respuesta. En ese tiempo tuvo el primer hijo, una hermosa rapaciña, guapa como la madre, luego vino otro, y al cabo de otro año, el tercero. El tiempo se llevaba su vida. Sabiendo de mi influencia en la casona, me pidió que la acompañara, no le importaba arrodillarse antes su padre, pedirle perdón, reconciliarse y fundirse ambos en un fraternal abrazo.

—Si papá no me recibe, me muero. Decía llorando.

—Señora, mejor que lo deje de momento. Hace poco le dije lo mal que lo estaba pasando y la respuesta fue -Ella lo buscó, solo a la ahora de mi muerte y para reconciliarme con Dios, sería capaza de perdonarla- ¡Suena fuerte señora! pero él era así. Don Miguel, a pesar de cumplir años, no tenía arrugas, andaba derecho como una vela, vestía bien, seguía siendo elegante. En lo referente a su salud, cuerpo recio, fuerte, trabajador en sus cosas. Jamás pensó en casarse,  llevaba muchos años viudo. Nadie en la aldea, a sus setenta largos, los llevaba como él.

 La señora me miró con expresión de piedad, ansiedad o yo que sé que más cosas vi en aquella cara tan hermosa, rezumaba melancolía, abatimiento. Insistía en qué deseaba probar, que viera los rapaciños y el corazón se ablandaría. No supe negarme ante tanto dolor, dispusimos, en ausencia del marido, la marcha. Era junio, él habia salido a sus correrías. Íbamos  en la carrilana tirados por la yegua rubia y blanca -una hermosura de animal- ¡Off! trotaba duro, le noté que sentía miedo, estaba de cinco meses en el cuarto embarazo.

—Herminio, el paisaje tan hermoso y conocido, hoy, se me antoja triste.

—No haga caso señorita. En eso estábamos  de la conversa, cuando de pronto:

—Estoy viendo la espadaña de la iglesia y su campana, quiero ir rezar un padrenuestro a mi querida mamá. Pare -Si señora.

 Al llegar, abrió la cancela, entró al cementerio, se arrodilló ante la tumba de su madre, echó las manos a la cara, luego comenzó a caminar alrededor de la iglesia sin rumbo, olvidándose que la noche se nos venía encima. Me pregunta apretando el mantón contra el cuerpo.

— ¿Cree que mi padre me dejara entrar, o al menos dormir esta noche en al pazo?

Esto le suena a locura por eso sonríe, No, no es demencia de viejo, es la verdad, lo que estoy contando, se me gravó en las molleras, y es como si lo estuviera viviendo ahora mismo. Se apretó compungida más fuerte el mantón, alzó la voz y dijo

—Herminio ¿oye usted eso?

—¡Que he de oír señorita! ¡que he de oír!

—¡Jesús, Jesús, Maria y José!… vienen cantos de la iglesia, responsos de difunto.

—Que han de cantar señora, son figuraciones suyas por el cansancio y el tembleque que la acompaña.

Como salida de sus casillas grito:

—Es oficio de difuntos ¿no escucha los responsorios, las oraciones, el funeral?

—No se ponga lunática señora, que para eso llega su marido.

—¡No, no estoy lunática ni tengo alucinaciones de oído, ni es por culpa del embarazo o del miedo a mi señor padre. Los oigo perfectamente.

Aterrorizado por su conducta, decidí completar la jornada lo antes posible. Al llegar al pazo, tocó la aldaba, abren la puerta, gritos y llanto venía del interior. D.Miguel terminaba de morir de una…  ¿cómo rayos le llaman? apoplejía -joder con el nombre- le había paralizado todo el cuerpo, la muerte fue al momento.  Aún estaba caliente. No, no me mire así, le aseguro, que desde que murió la Maruja  dos Axos, y de esto va para siete meses, no se habia cantado misas de difuntos en la Iglesia de San Miguel.

Fruncí los labios, chasqueó la lengua, pido un poco de agua fresca, la boca se me habia quedado estropajosa. Moví la cabeza a ambos lados  y solo atiné a decir

—¡Que ciencia puede decir  que existe cuando nos cierran los ojos!

 

Felicidades en tu centenario abuela.

 Autora: Isaura Díaz de Figueiredo “A mi abuela”