Porciones de ‘Cantata de Galmaz’, de Emilio Rodríguez

Emilio Rodríguez leyendo en la Sala de la Palabra del Teatro Liceo

En 1995 Emilio Rodríguez me propuso publicar su libro ‘Cantata de Galmaz’, bajo el sello de la Cátedra de Poética Fray Luis de León. Lo comenté con don Alfonso Ortega, entonces catedrático de Filología Griega y director de la Cátedra en la Universidad Pontificia, y su aprobación fue inmediata.

Aquí algunas muestras de esos poemas en prosa. Lleva, como pórtico, una carta de Antonio Gamoneda, a quien hizo caso, porque el libro estaba escrito principalmente en endecasílabos y el resultado final es el que ahora pueden apreciar.

En nuestra edición la carta se reproduce manuscrita y también con letras de imprenta. Y cada una de las tres portadillas lleva sendos dibujos del propio Emilio.

 

I

Acércate, Galmaz, escucha el canto de aquellos carros lentos, ya borrados en las brumosas curvas del olvido. Escucha, ven despacio a sorprendemos cuando pisamos uvas de tristeza o nos ponemos rostros de cartón para encender fogatas en la noche.

Que tu oído de roca perciba este lamento nacido de abedules calcinados, de ventanas que se inclinan en la niebla.

Tu mirada de horno nos recorra, como el día en que galoparon las estrellas porque habíamos pisado tus umbra­les con nuestros pies de árgomas y estiércol.

Un agua triste destilan ahora los cielos que habita­bas. Los que cuidaban con gesto maternal nuestras cose­chas. Color de funeral, tiempo de espadas, sobre un lecho de pálidas ortigas.

De cuando fuimos niños sólo quedan estos atrios de luz con cerezales. Madrugadores rezos Y un invierno con manzanas guardadas en las arcas.

Despiértate, Galmaz, sacude tus espaldas como el monte que ahora despereza la piel de tantas noches reu­nidas. Enciéndenos el sol, que nuestras lámparas, debajo de los lechos, agonizan.

 

III

Hacía lluvia tan diciembre, entre los ojos de los muer­tos Hacía un tartamudeo semejante a las palabras que utilizamos para hablar con los ausentes. Y estábamos sen­tados, casi como a voces, caminando entre columnas arrumbadas por la noche.

Y tanto caían nubes, resbalando en tantas lenguas que algunos de nosotros recordábamos palabras olvida­das. Otros se incendiaron por dentro, como entonces, cuando ascendíamos a lo alto para congraciarnos con el alma de los truenos.

Igual que cuando hacíamos nuestra ofrenda de panes floreados. Subíamos de espaldas, llevando entre las manos un incendio.

Pero ahora estamos revestidos de indigencia. Ahora tiritan nuestros dedos y se caen las hojas de nuestros abedules, en un otoño que se extiende más allá del calen­dario. Que avanza como fuego y anega los vocablos.

Debajo del escaño, nuestros perros, se levantan dormidos, se retuercen por dentro porque sueñan que les cierran los caminos. Que los zarzales crecen a la misma velocidad de su carrera.

Cadáveres de estrellas lleva el agua, y lenguas aspe­rísimas nos hablan de construir el tiempo, poner alas a los lirios para Inventar de nuevo mariposas.

¿Hasta cuándo, Galmaz, seremos presa de nuestra Incontenible sed de nada?

v

A veces nuestros muertos nos madrugan y podemos mirarles, esquivos y silentes, como árboles que andan, conduciendo sus huesos y su historia hacia el descanso.

Entonces no nos sirven las palabras. Se nos quedan las manos paradas en el aire, con todo el gesto a punto y ningún significado que pueda percibir el ojo o el oído.

A veces, la sombra nocturnal de los castaños se pue­bla de sonidos. Y vemos caminar a nuestro lado, sepa­rados por un muro de silencio, a los que compartieron con nosotros escaños y día santos.

Los pájaros nocturnos y el aullido de los perros des­criben el umbral donde se esconde la clave de tales desencuentros. Escrito en las estrellas está el viaje de todas las pisadas. Los rasgos acerados que nos gritan, están pintando ahora los trazos de esta orilla.

La noche se nos vuelve feroz y contorneada por un amplio cinturón de criaturas. Por dentro pasa un río, y una piel que lleva hasta nosotros los sonidos.

A veces los caminos crecen en espiral, y nuestros pasos repiten otros pasos. En la sombra nos medran los dedos como zarzas.

Estamos en el filo y escuchamos la vida trasvasarse en dos orillas, infinitamente contiguas y distantes.

 

X

Porque era nuestra infancia un territorio, un mapa casi físico acotado por segmentos azulados de violencia. Los ríos acontecían de repente y se cerraban en abrazo sobre el fuego de conjuros y romances.

Un tiempo jalonado de frutales. Espacio de alacenas y sobrados en que estaban prohibidos los espejos. Leyendas del origen, recogidas en el estuario gris de la memoria.

Pertinaz como el granizo. Como la lluvia estable resonando sobre las madres carcomidas de los hórreos. Así era nuestra sed, nuestra costumbre de acumular preguntas sin respuesta.

En el tibio rescoldo de las cuadras se abría a nuestros ojos la lujuria como un abismo terco y cotidiano. Crujir de la madera en las alcobas, con el olor del heno aglutinando una masa caliente de sonidos.

Para nacer de nuevo, cuando el canto del malvís perfora las murallas de ramaje. Cuando las tardes pesan y se inclinan sobre el alado trino de reitanes.

Porque era nuestra infancia una conquista de caballos salvajes, de rebecos apenas entrevistos surcando la pared de las mañanas. Un verano grumoso y con luciérnagas.

Olor de las ortigas, del mágico sabugo, brotando de las noches más veloces, rayadas con cuadrícula por el sonido eléctrico del sapo.