Zurita: ni pena ni miedo

Hay días especialmente luminosos como el que hoy amanece. Jornadas en que la vieja piedra arenosa salmantina se confunde con la imagen cambiante del desierto de Atacama y, a pesar de ello, poca gente lo sabe. Momentos con luces y pigmentos solapados como ocurre con la memoria de auroras como sangre derramada en distintas ocasiones que se plasman en palabras y, aun así, o quizá por ello, la burocracia institucional lo ningunea. De Miguel Hernández a Pablo Neruda, de Miguel de Unamuno a Gabriela Mistral y, ahora, Raúl Zurita, el último premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana que irrumpe con su sólida voz y su presencia temblorosa en la vieja ciudad proyectando su orfandad y su desamparo preñado, no obstante, de esperanza.

El artista desmembrado acapara la atención a lo largo de un día intenso logrando generarme un sentido de culpa que comparte con la que salpica su obra. Paqui Noguerol, la imprescindible guía y autora de la edición, introducción y elección de los textos de Zurita que publica Ediciones de la USAL me conduce por vericuetos que alumbran el quehacer de un autor que va más allá de la poesía. Es su militancia en la lucha contra la dictadura de Pinochet durante más de tres lustros y su acompañamiento a las movilizaciones sociales de octubre de 2019 lo que abre una puerta a un escenario de mayor complejidad donde el arte constituye el último resquicio para dar sentido a la vida nueva.

El activismo artístico de Zurita en el terreno de lo “performativo”, algo sobre lo que mi ignorancia era mayúscula hasta hace muy poco tiempo, lo inserto en lo que aprendo en una película que vi la semana pasada, The square, del cineasta Ruben Östlund, y en la lectura de hace diez días de la novela Fred Cabeza de Vaca de Vicente Luís Mora. Ambos mantienen una visión satírica de ese universo articulado en patrones comunicacionales donde la exhibición de lo representado tiene sentido en sí misma de forma que la provocación es un valor con independencia de un contexto cada vez más abigarrado y dominado por numerosos elementos que se alzan prepotentes. Sin embargo, el chileno mantiene con sus propuestas una saludable distancia del efectismo publicitario.

Así, Zurita plasma su verbo en el cielo azul de Nueva York y en los farallones del desierto de Atacama. Si sobre los rascacielos neoyorquinos cinco avionetas escribieron en 1982 los versos del poema La vida nueva configurando efímeros astroglifos, en el desierto se grabó en 1993 un geoglifo de tres kilómetros. Mientras que en los primeros el humo blanco definía a Dios a través de una serie de rotundas afirmaciones (mi Dios es hambre, nieve, desengaño, carroña, paraíso, pampa, chicano, cáncer, vacío, herida, guetto y dolor culminando con “mi Dios es amor de Dios), el segundo alumbra una afirmación poderosa que incorpora una indudable guía de comportamiento más duradera para afrontar la existencia en tiempos de desasosiego, dolor, memoria y esperanza: Ni pena ni miedo.