Junio… 

Mayo se despide con todos los fríos y todos los calores que llegan intensos, sorpresivos, repentinos, dejándonos la ropa a jirones por el camino mientras se llagan los pies desnudos contra los talones de la costumbre. Y el helado es un regalo y el ansia de agua un deseo apenas salpicado. Seguro que el vestido para la Comunión no precisará de chaqueta, y sin embargo, los días previos a lo que era la selectividad, de repente bajan las temperaturas para propiciar el último repaso, o de plano se mantienen, dejando caer la gota del último esfuerzo sobre los folios que arañamos. Mientras, en las aulas donde todo sigue igual, el ruido y el cansancio se unen a esa petición en masa de salir al baño para beber del grifo, echarse agua en la cara, salpicar al vecino con esa saña que solo le perdonamos a los niños… es el calor de un tiempo que todo lo angosta, que todo lo agota, que nos sorprende como todos los años, porque mayo viene con flores a María y María está hincando no las rodillas, sino los codos, ahí frente al altar de la prueba de acceso a la universidad o de las últimas semanas antes de las oposiciones.

El calor nos sorprende sin el frigorífico enchufado para guardar botellas de agua, latas de cerveza, pirámides de zumo. Y las plantas, tan felices y feraces hasta ahora, lucen mustias como un ánimo un tanto cabreado. Si lo sé, traigo algo, si lo sé, me pongo otros zapatos, si lo sé, pongo a enfriar esa prisa de mis sobrinos por estrenar el verano que no llega, el termómetro que seguro, volverá a bajar para que las primas mayores acaben sus exámenes de niñas exigentes a las que ya no habrá que preguntar si debemos sentarlas o no en la mesa de los pequeños. Estamos en tiempo de descuento y hay un camino de baldosas desgastadas desde la mesa a la nevera de mis alumnos de los cursos superiores, auténticamente ahítos, hartos de que se les pida un esfuerzo suplementario mientras los niños, aún niños, siguen pidiéndote ir al baño a mojarse la cara, beber agua del grifo como si no existieran las botellas y encima, salpicar al vecino y hasta dar, jugando, una patada en la puerta, ellos que no habían nacido cuando Corcuera decía aquello que tanta gracia nos hizo, a nosotros, a los que ya nada que venga de la política nos hace gracia.

-Me parece que sabes tú mucho de esto…

El aspirante a policía de teleserie ha dejado la huella de su pezuña deportiva en la madera impoluta de la puerta del baño, y cuando les pedimos que levanten la patita, todos miran, como un solo hombre porque el baño es de chicos, al más fuerte y al más tonto, a aquel que hizo la broma y ahora estudia la huella como si estuviera en una salida de Biología. A mí me parece que el calor les altera y agota, como a los pájaros, y cuando los intensos sufren los rigores del clima, hacen cosas raras como darle una patada a la puerta, un cabezazo a la portería de fútbol o un empujón a quien no era. Y pienso en mis sobrinos deseando ponerse tibios a helados, mojándose con todos los recipientes a su alcance, sufriendo una insolación feliz de tanto zumo, tanto calor, ese tiempo que tanto deseábamos y que llega con todos los rigores. Y de repente, qué pesado el curso, qué sobrante la chaqueta, qué zumbonas las moscas, qué bien estábamos con el suave, con el acariciador fresquito de antes de los exámenes, los calores y los junios que apenas iniciamos.

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.