El ideal de la salud mundial, todavía muy lejos de ser una realidad

A finales de febrero el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, denunciaba ante el Consejo de Seguridad que tan solo diez países habían acaparado el 75% de vacunas administradas, probando una vez más la tremenda injusticia y desigualdad existente en el mundo. 

Lucía Corvo Belda

Defensora de los Derechos Humanos

Ha pasado ya un año desde que la Covid-19 fue declarada como pandemia por la Organización Mundial de la Salud y la distribución de vacunas ha llegado ya a más de 271 millones de personas, que han recibido al menos una de las dosis pertinentes. Sin embargo, esta distribución ha puesto una vez más de manifiesto la carencia de humanidad en la moral de los países, habiendo una clara desigualdad entre los ricos, que incluso antes de la llegada de la primera vacuna ya habían acumulado todas las candidatas a vacunas existentes, acaparando así más de la mitad del suministro mundial, y los menos favorecidos, que aun a día de hoy reciben a cuentagotas esta vacuna. A finales de febrero el secretario general de la ONU, Antonio Guterres, denunciaba ante el Consejo de Seguridad que tan solo diez países habían acaparado el 75% de vacunas administradas, probando una vez más la tremenda injusticia y desigualdad existente en el mundo.

El ideal de una salud mundial que la OMS abandera está muy lejos de ser una realidad, y más cuando la propia organización está claramente influenciada por los intereses de estos países ricos y de sus financiadores. Hoy más que nunca el mundo necesitaría un mecanismo real que se centrase en la creación de sistemas regionales y multilaterales para la igual distribución de la vacuna. Mientras que los países más pobres no consigan vacunar de forma «masiva», tal y como está ocurriendo en los ricos, a sus habitantes, el derecho mundial a la salud y a la vida seguirá siendo una farsa más solo al alcance de los países y la población de siempre.

Una vez más el objetivo de las grandes farmacéuticas ha resultado ser el de usar a las personas y su derecho a la salud como mercancías, viéndose beneficiados por las personas que enferman y vendiendo el derecho a la vida como un lujo para solo unos pocos. La entrega de estas vacunas a través del mecanismo COVAX, diseñado para la distribución equitativa en los países de medianos y bajos ingresos, se está viendo afectada por la brecha en el financiamiento para el apoyo humanitario en general, lo que hace que no se materialice su llegada a estos países. Además, se está haciendo realmente poco para evitar esta situación, lo que pone una vez más de manifiesto la falta de interés por parte de los países ricos en crear esta salud y solidaridad mundial.

Lo que no debería ser olvidado es que esta desigualdad no solo pone de manifiesto la falta de moral que mueve a los países, sino que también es económica y epidemiológicamente contraproducente, ya que mientras que unos países conseguirán dentro de relativamente poco la vacunación total de su población, en otros no tendrán prácticamente nada, lo que supondrá, a largo plazo, facilitar mutaciones del virus que en su caso puedan volver a afectar a toda la población mundial, incluida la ahora vacunada. Eso advierten muchos expertos, de donde se deduce que la solidaridad y la justicia mundial no es solo una buena opción ética, sino a veces también una opción inteligente que beneficia a todos.