Lazarillo, Salamanca y las profecías

La pandemia, entre otros muchos males, ha hecho sacar a la superficie algunos aspectos de la Salamanca lazarillesca que creíamos desaparecidos. Los artistas, genios, tienen el don de, sin apenas darse cuenta, observar aspectos de la realidad que a la gran mayoría le resultan invisibles y que en general ni se  plantea. A veces estos genios, con su lúcida mirada, parecen profetas.

Cuando hace unos años volví a Salamanca, varios después de tirarme cuatro años estudiando el texto de Lazarillo de Tormes, en mi tesis doctoral, me llamó la atención el apego, orgullo y “apropiación” de la ciudad de este librito ( librito en tamaño, librazo en contenido) que tan negativamente la describía: No solo la critica cuando el Anónimo describe los contundentes castigos que las autoridades salmantinas ejecutan contra Antona, la madre de Lazarillo  y Zaide, amancebado con ella y ladronzuelo de pequeñas necesidades (cebada, salvados, leña, herraduras…), condenados ambos a cien azotes públicos y a no volverse a juntar, sino sobre todo cuando después de los castigos, el autor se da cuenta de que no hay ningún futuro en Salamanca para el pobre Lazarillo. Tiene que salir de la ciudad a buscarse la vida, como guía y criado de ciego.

Que después de cinco siglos al joven salmantino actual le siga ocurriendo lo mismo que a Lázaro, que tenga que abandonar su ciudad para encontrar un modo de vida, parece un hecho que hubiera sido proféticamente intuido por el escritor; o quizás simplemente ocurrió que su inteligencia captó que una ciudad y una universidad dominada por el clero difícilmente estaba por la labor de que la humilde juventud encontrara un oficio digno, que no fuera mendigar o llevar la cebada a los establos varias veces al día.

Cuando estos días de finales de pandemia contemplo a las orillas del Tormes grupos de jóvenes ociosos reunidos durante horas por falta de trabajo o de clases presenciales, y contemplo a la vez individuos solitarios sentados en un banco todo el día, fumando o hablando solos ( pues ahora ya no hay apenas consultas de psiquiatría para atender tanto trastorno mental, mayor o menor) y otros, también solitarios, mal vestidos con extravagancia o pobreza, me doy cuenta de que cada día, esta Salamanca fuera del tiempo, se parece más a la de la novelita del siglo dieciséis. La mayor diferencia del entorno paisajístico en torno al Tormes es que en la actualidad hay más obras de cemento (asientos, caminos, límites  de huertos “urbanos”) que no había en tiempos de Lazarillo. Pero para la juventud, su presente y su futuro, poco ha cambiado desde el esplendoroso siglo imperial; exceptuando el artilugio que todos llevan en sus manos, de la mañana a la noche, que les dice el tiempo que hace, qué hacen sus amigos  en ese momento o preguntan en su casa, a través de él, si el perro ha comido.

Por lo demás la ciudad coexiste entre aquel glorioso pasado y este decadente presente, de oscuro futuro.

Compruebo que no hay un salmantino que no haya oído hablar de Lazarillo de Tormes. Y también compruebo, desgraciadamente, que no llega al 1% que lo haya leído. El lector descubriría que es una obrita “muy fuerte”, como se dice ahora, y la verdad es que la realidad que nos rodea tiene ya suficientes asuntos “fuertes”.

Menos mal, como dicen muchos madrileños, que somos libres y podemos tomar una cañita en cualquier terraza o ir a los toros cuando nos plazca.