El abrazo 

Más allá de la reprobable y absolutamente condenable utilización ilícita de los seres humanos, por parte de regímenes donde precisamente la democracia brilla casi por su ausencia, para conseguir sus fines, la imagen que nos quedará de la invasión o avalancha sobre Ceuta en estos pasados días, es la imagen –tan simbólica, como hermosa– del abrazo.

Un joven negro, exhausto, tiritando, atenazado acaso por el miedo, en un desamparo absoluto, se abraza a Luna Reyes, joven voluntaria de la Cruz Roja, que, con sus brazos, con las palmas de sus manos y con su corazón, trata de darle protección y calor humano, trata de conseguir, a través de unos gestos de entrega y de correspondencia, que el joven negro sienta que no es la barbarie de la que huye la que sale también a recibirlo.

A través de ese abrazo, nos dignificamos todos, nos salvamos todos. Como también a través de ese gesto de Juan Francisco Valle, ese guardia civil que se lanza a las aguas del océano a rescatar, a salvar la vida de una pequeñísima bebé de escasos meses.

Ese abrazo, esos gestos nos libran de la crispación, de la hostilidad, de la barbarie, de las intenciones de todos los que, desde distintas perspectivas e intereses, tratan de crear caos, desorden, inseguridad, miedo… en los ánimos de todos, de una sociedad que no quiere esas desgarraduras que algunos buscan interesadamente.

Lo que resulta inconcebible –y eso habla de la enfermedad moral que aqueja a una sociedad como la nuestra– es que, encima, desde las redes sociales, y desde la cobardía y la inhumanidad, haya quienes ataquen ese tan hermoso como humanizadísimo gesto de Luna Reyes. ¿Cómo es posible tal barbaridad?

Una sociedad como la nuestra necesita ese abrazo al otro, al diferente, al precario, al que huye de la guerra, de la violencia, de la barbarie. Todo lo mejor de la historia y de la cultura europeas está simbolizado en ese abrazo.

En nuestra transición, cuando había que superar la cerrazón y tantas mordazas de la dictadura, cuando había que comenzar una nueva andadura de todos, de modo civilizado, el símbolo que surgió también fue precisamente el del abrazo.

Y se expresó de modo creativo, plásticamente, a través de esa maravillosa obra de Juan Genovés, titulada precisamente “El abrazo”, que difundió Amnistía Internacional, por medio de un cartel, en 1976, momento en que se reclamara la amnistía para todos los presos y condenados por la dictadura, que reprodujera la pintura del mismo artista, que se halla hoy en el Centro de Arte Reina Sofía.

No es casual que sea el abrazo el gesto humano más hermoso y simbólico, con todos los significados que acoge: aceptación del otro y de los otros, afecto, protección, tolerancia, reconciliación, aceptación sin límites ni condiciones de la humanidad a la que todos pertenecemos y que no excluye a nadie por motivo ni prejuicio alguno…

De ahí esa gratitud que debemos a Luna Reyes, a Juan Francisco Valle, porque, con su labor, expresan lo mejor de todos e iluminan las vías por las que hemos de transitar.