Terrazas y balcones 

La primavera de vez en cuando se vuelve esquiva, y más aún en los tiempos que corren, en que tratamos tan mal este mundo y lo hacemos “tan nuestro” sin ser conscientes de que no pertenece a nadie, y tiene sus propias leyes, sus propios códigos. Si lo cuidamos y respetamos su ritmo, si somos capaces de saber esperar, disfrutaremos de todo lo que cada estación nos ofrece. Si lo maltratamos y nos pasamos en el gasto, en la deuda constante que tenemos con la naturaleza, y permanecemos en números rojos, nos privará de cada uno de los bellos regalos que nos brinda a diario.

Es tiempo de ir vestidos, como siempre ha dicho mi madre, albarda sobre albarda, una prenda sobre otra, para ir acomodándonos a las distintas temperaturas que se suceden a lo largo del día, cuando en frescas mañanas falta de todo y hacia mediodía empieza a sobrar y no necesitamos casi nada.

Camino mirando a todas partes. Veo animadas terrazas, con mesas rodeadas por todas las edades, enfrascadas en conversaciones de andar por casa, quizá alguna trascendente, acaso más de lo usual. A veces, incluso parejas de enamorados, o de amigos, cada cual dándole caña con verdadera fruición a su respectivo móvil… (para qué quedan, me pregunto, ¿quizás para enviarse mensajes cara a cara? ¡Misterio indescifrable del universo!, concluyo).

Pero hay otras terrazas, las que están mucho más arriba, en un cuarto, en un primero, en un ático, que llaman poderosamente mi atención.

Es curioso cómo, cada vecino de un mismo edificio, resuelve ese mismo espacio de tan diferentes maneras. Un cerramiento acristalado en el quinto para guardar casi de todo, desde el límite de la ventana hasta la pared. Extraño invernadero, se trasluce una tabla de plancha, envases de leche, productos de limpieza, una red llena de juguetes de plástico para hacer castillos en el parque… En el sexto hay un buen tendedero plegable, que se llena y recoge según las horas del día. Allí florece la ropa limpia y esparce aroma a suavizante. Dos señoras en animada charla en el cuarto. En el primero, justo en ese primero, siempre hay una descalzadora de madera, tapizada de brocado granate, esperando a que ese señor mayor se siente, entretenido, a ver pasar a la gente y, de cuando en cuando, saludar a algún vecino y echar una parrafada apoyado en la barandilla, la misma que le sirve de impulso para levantarse, ay, los años... En el séptimo, desde no hace mucho, vive una pareja joven, y han dado un toque zen: grandes maceteros negros, muy cuadrados, uno en cada esquina, con unas largas y gruesas cañas. Nada que regar. Apuesto a que tienen un gran buda en el salón. Y seguro que, además, una pequeña fuente.

En el segundo, uno de los butacones de rafia suele estar ocupado por un señor que lee plácidamente. El otro siempre lo he visto libre; hacia él se dirige la enredadera que baja por la pared.

El tercero siempre está lleno de flores, plagado de colores, especialmente rojo, que llena las blancas jardineras colgadas de la barandilla. Abajo, en la acera, siempre hay alguna hoja seca, algún pétalo impar.

Cuando camino, mis ojos inquietos se adelantan a mis pasos. Miran hacia los ruidos de las animadas terrazas, terrenales, visibles. Mientras tanto, los espaciosos balcones nos muestran parte de la vida y los gustos de sus moradores. Mi imaginación se desborda, y por el diseño de sus cortinas y estores puedo vislumbrar cómo el sol dibuja arabescos en los interiores de sus hogares, al tamizar la luz. Detrás de cada visillo hay muchas vidas, pienso. Y entre las barandillas, crecen, desaforadamente, todas las pequeñas primaveras.