La Trinidad y la Cruz

A la invocación de la Trinidad suele acompañar el otro signo central de la vida del cristiano, la santa Cruz

El domingo pasado celebrábamos la fiesta de Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo. Con ella terminaba el ciclo de las celebraciones anuales, que se centran sobre todo en la persona y las acciones de Jesucristo. Detrás ha estado siempre la figura de Dios Padre, aunque esto no aparezca tan expresamente. Hemos tenido presentes, pues, a lo largo del año a las personas de Dios Padre, de Dios Hijo y de Dios Espíritu Santo. Y la fiesta del próximo domingo es una especie de resumen final de todo el ciclo. De hecho es la fiesta de la Santísima Trinidad.

Los cristianos creemos que hemos sido bautizados en el nombre de la Santísima Trinidad: en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Y en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo iniciamos y llevamos a cabo las situaciones más significativas de nuestra vida: todos los sacramentos, todas las celebraciones y, sobre todo, la celebración de la Eucaristía, que empezamos precisamente en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y la terminamos con la bendición de Dios todopoderoso Padre, Hijo y Espíritu Santo. Y en otras oraciones centrales de la misa tenemos presentes e invocamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

A la invocación de la Trinidad suele acompañar el otro signo central de la vida del cristiano, la santa Cruz. Y con el signo de la Cruz iniciamos todas nuestras acciones del día y de la noche. Se nos invita a hacer la señal de la Cruz al levantarnos, al salir de casa, al entrar en la iglesia, y en cualquier situación de peligro.

Y en las casas solemos tener alguna imagen del Crucificado. También en las aulas de los colegios religiosos, y en la cabecera de las celdas de los hospitales de signo cristiano. Son también famosos los cruceros que aún se conservan en los cruces de las calles o caminos de algunos de nuestros pueblos y ciudades.

También en muchos pueblos y ciudades se conservan cruces de buen tamaño, que últimamente han venido siendo derribadas por iniciativa de partidos comunistas o de izquierda atea o tendencia laicista, con el pretexto de corrección de la memoria histórica.

En los últimos años nos hemos encontrado con que, utilizando como excusa la Ley de Memoria Histórica, ayuntamientos laicistas han destruido cruces y otros símbolos cristianos, como el de la Cruz de Vall De Uxó en Castellón, o el de Cuevas del Becerro en Málaga. Igualmente podemos hablar de la destrucción de la Cruz de Ondarroa en Vizkaya y de los planes del Ayuntamiento de Castellón de acabar con la Cruz del Parque Ribalta.

El caso de Callosa de Segura, en Alicante, ha sido, sin duda alguna, uno de los más notables. La cruz de Callosa se ha convertido en todo un símbolo para los que luchan por evitar la destrucción de monumentos cristianos. Es llamativa en este caso la lucha ejemplar e incansable de los vecinos del pueblo. Más de 400 días hicieron guardia durante 24 horas para evitar que el Ayuntamiento llevase a cabo el derribo. Finalmente, el alcalde socialista, Fran Maciá, después de varios intentos fallidos, logró su objetivo. Lo hizo desplegando un dispositivo policial sin precedentes y sin esperar a la resolución judicial. Lo de Callosa de Segura no es un caso relativo a la Memoria Histórica, como muchos nos quisieron vender. Es un caso claro de cristianofobia.

Hoy sigue siendo válida y actual la enseñanza del apóstol Pablo: “el mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden; pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios”.

Pero terminemos con un mensaje de actualidad:

“Hazme una cruz sencilla,

carpintero…;

sin añadidos

ni ornamentos…,

que se vean desnudos

los maderos,

desnudos

y decididamente rectos:

los brazos en abrazo hacia la tierra,

el astil disparándose a los cielos.

Que no haya un solo adorno

que distraiga este gesto:

este equilibrio

de los dos mandamientos…

Sencilla, sencilla… más sencilla.

Hazme una cruz sencilla, carpintero”.

            León Felipe