La otra pandemia latente 

También es de aplicación para los españoles aquel viejo refrán: A perro flaco, todo son pulgas. Cuando aún estamos atrapados por la pandemia del Covid-19, otras no menos peligrosas se están propagando por nuestro territorio: la pandemia de una inmigración incontrolada, la pandemia de un turismo renqueante, o la pandemia de toda una economía asfixiada. Sin embargo, hoy quiero referirme a otra añeja pandemia que, para que no le falte de nada, también tiene sus oleadas: la pandemia del independentismo.

Dando por amortizados los primeros sueños independistas de los territorios que, en su día, vieron germinar un espíritu nacionalista,- y aquí podíamos comenzar por las primeras menciones a los Fueros Vascos o el Concierto Económico, el primer empeño de algunos catalanes de presentar a España como nación opresora empeñada desde 1714 en hundir a Cataluña; o los “centrífugos” compañeros de viaje -, se debe convenir que ha sido durante esta última etapa democrática cuando ha florecido con más pujanza el sueño secesionista de esos territorios.

Iniciada la Transición, las primeras elecciones alumbraron un sistema claramente bipartidista. PP y PSOE se han repartido la responsabilidad de gobernar hasta nuestros días. Cuando el partido ganador no alcanzaba una mayoría absoluta, buscaba los apoyos entre los partidos de su espectro. Salvo contadísimas excepciones, esos apoyos recaían, precisamente, en las bancadas nacionalistas. A partir de ese momento, quedó demostrado que los ideales y los intereses son como el agua y el aceite, no se mezclan. De repente, ese espíritu nacionalista se prostituye con el vil metal, y los apoyos salen por un ojo de la cara.

Todo partido que obtenga mayoría simple en unas elecciones y que, para poder gobernar, necesite pasar por encima de sus principios, anteponiendo su propia ambición de gobernar a los intereses de todos los ciudadanos, naturalmente se equivoca. En contra de lo que algunos pretenden, los votantes tenemos suficiente capacidad de discernir y valoramos más al partido que, antes de traicionar a sus votantes, es capaz de renunciar al poder. Por el contrario, cuando el partido al que hemos votado se deja chantajear por quienes no piensan como nosotros, suele acabar perdiendo buena parte de sus votantes.

Pues bien, de ese vicio, quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. Para llegar al poder, unos y otros han alimentado al hambriento secesionista y, encima, han enronquecido tratando de justificar lo injustificable. Los hay, también, que, con más descaro –o con menos vergüenza-, han llegado a ofrecer más de lo que se les pedía. Recuérdese a Zapatero prometiendo en un mitin: “Aprobaré el Estatuto que quieran los catalanes”. Consecuencia: además de despertar al ogro independentista, se ha conseguido una colisión de actitudes dentro de la propia sociedad española.

De la misma escuela que Zapatero, pero con menos reparos y más egocentrismo, aparece en escena un Pedro Sánchez dispuesto a pulverizar todos los récords de lo inaudito. En el preciso momento que superó su investidura, rompió todos los puentes que hacen posible el lógico flujo democrático. Además de profanar sus propias promesas –ni siquiera esperó que el gallo cantara por segunda vez-, firmó la hipoteca que le permite satisfacer sus torvos deseos, pero con cargo directo al resto de españoles. Los que en aquel momento pensaron que era una jugada de farol, que, a la vuelta de la esquina, acabaría traicionando a sus padrinos, habrán comprobado lo equivocados que estaban. Pedro Sánchez va muy en serio. Maquiavelo, a su lado, era una hermana de la caridad.

El aldabonazo que ha sonado tras los resultados del 4-M ha servido para atizar las calderas de La Moncloa y, a cara descubierta, poner en escena todo un entramado de medidas que afiancen su permanencia en el poder. El precio es lo de menos, entre otras razones, porque ni le importan las consecuencias ni será de los más afectados.

Ante lo delicado del momento, los socios de investidura –que, para los efectos, también son socios de gobierno- se apresuran a pasar al cobro las facturas pendientes. Por dos razones: una, porque lo tienen firmado, y dos, porque si le dejan caer, ven peligrar lo que ahora tienen a su alcance. Sánchez, por su parte, no dudará en saltar por encima de obstáculos previstos en nuestro ordenamiento legislativo porque ya lo ha hecho, y ahora pretende puentear al poder judicial.

Tanto el PNV como EH Bildu, están viendo satisfechos los requisitos que exigieron para apoyar la investidura. El Gobierno, como de costumbre, negará la mayor con todo un rosario de circunloquios, pero en el BOE está tan claro como en la realidad. Acercamiento de presos, cesión de competencias, escarnio a las víctimas de ETA, trato fiscal preferente, etc. están a la orden del día.

Lo de Cataluña, con menos sangre de por medio, no es menos vergonzoso. Hemos asistido a tal sarta de atropellos a la legalidad que, para alguien que no conozca la realidad, pensaría que estamos en una república bolivariana. Aquí, la factura que le, mejor dicho, NOS presentan al cobro, no tiene parangón. En primer lugar, se pretende negociar, de tú a tú, la soberanía nacional. No sólo eso; tan pronto se ha constituido el nuevo gobierno de la Generalidad, desde La Moncloa ya se ha dado el primer paso para sentarse a esa famosa mesa de diálogo político que extienda un tupido velo sobre la nítida amenaza de poner sobre el tapete el trío de ases: derecho reconocido a la autodeterminación –antepuerta de la independencia-, compromiso de indulto –para pedir a continuación la amnistía-, y reforma del delito de sedición –es decir, vía libre para repetirlo impunemente.

Si alguien piensa que exagero, desgraciadamente no tendrá que esperar mucho tiempo para comprobarlo. Sánchez se dispone a apoyar al gobierno formado por individuos que piensan lo mismo que los que se levantaron contra el Estado y afirman que lo repetirán. Y no sería la primera vez que lo hace. La rama socialista catalana, PSC, ha protagonizado más de una rebeldía a la hora de adherirse a propuestas que no se aprobaban desde Ferraz. Claro que, ahora, Ferraz está cada vez más lejos de Madrid y más cerca de Caracas, La Habana o Moscú.

El potencial político actual de un Sánchez en soledad tiene menos porvenir que Tezanos haciendo una quiniela. Él lo sabe, pero se hace el loco. Repite aquello de: “dame pan y llámame perro”. Sin embargo, ni Sánchez puede caer más bajo, ni el independentismo podrá encontrar otra ocasión más pintiparada. Después de tanta concesión, cualquier vuelta a la legalidad será forzosamente traumática.

Si miramos en cualquier dirección, encontramos serios problemas: crisis económica, crisis en política exterior, caos sanitario, continua dejación de funciones, repudio a la oposición y constante pérdida de peso específico en el mundo occidental. A todo ello, Sánchez y su ejército de cabezas vacías ofrecen humo, palabrería y propaganda. Esperemos que esta pandemia de ineficacia y obcecación termine antes de que sea tarde. La vacuna está en las urnas. Ahora bien, si queremos parar la hemorragia de bajas, sería muy peligroso necesitar más de una dosis.