Amapolita, amapola 

Desde el coche, incluso en la rauda, impersonal autovía en la que los pueblos quedan lejos, ajena la espadaña de su iglesia castellana a la mirada de quienes quieren llegar enseguida a todas partes, lucen rojas, salpicándolo todo de carmesí, infinitas en su belleza fuerte y sanguinaria, las amapolas. Surgen de la tierra, hemorragia infinita y despliegan en el campo en barbecho, el cereal sin herbicidas, el tiempo del opio que te envuelve en música y serenidad de copiloto mientras pasan, raudas, las tierras de una Castilla que luce campos infinitos, pinares que son una mancha en el paisaje, alamedas anunciando el agua siempre poca… Estamos en mayo y la mies se deja acariciar por el viento, la chaqueta se quita y se pone mientras se quedan los pies fríos y el aire de su vuelo agita, con la velocidad, el coche que parece feliz de salir del confinamiento…

Tiene la carretera ahora un aura de velocidad recién estrenada, y en los lugares donde se toma un café o insólitamente bueno o únicamente pretexto para ir al baño, buche de horror que ni el azúcar dulcifica, se palpa la alegría del encuentro, ese deseo de normalidad que jamás lo será, pero que nos daremos prisa en montar, como se arma el tenderete de un día de mercado o el escenario de un concierto de feria. Somos olvidadizos, somos dejados de la mano de Dios y del temor a la enfermedad, al propio miedo… tenemos la capacidad de la esperanza y la vocación del empecinamiento. Por eso nos vamos, nos vamos, nos vamos… y la carretera es acogedora hasta en sus desvíos inesperados que nos hacen regresar a la nacional de dos carriles, lenta y sugerente. Y de pronto los pueblos florecen a nuestro paso, sus calles silenciosas, su iglesia, su humilde ermita rodeada de eras aún verdes. La gente, desde la terracita de un bar de toda la vida, contempla la inusual caravana de coches que pasan. Más allá, el esqueleto abandonado de una gasolinera que perdió clientes con la autovía. Los pueblos, aroma de Azorín, renglones quietos, parecen dormitar en medio de los campos, abrazados a la iglesia, aún no contaminados por los largos tentáculos de los adosados, parásitos cercanos a las ciudades. Los pueblos, los auténticos pueblos, se despiden del viajero con un regalo inesperado: en un antiguo frontón, sobre el escudo de piedra, una cigüeña ha hecho su nido sólido como el hogar que escribiera Elena Garro. Porque todos los hogares debieran de serlo, abrigadores, cómodos, forrados de cariño, hogaza del amor entre sus miembros. Y mientras el coche acaba de atravesar el pueblo, el pueblito cuyo nombre no recuerdo, el cigueñín, pico largo, cuerpo aún quieto, deja asomar su silueta nueva, y al lado, la pareja real abre sus alas a un atardecer morado y cierto.       

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.