El paisaje de la infancia como viaje interior

Solemos, cuando llegamos a una cierta edad o, como yo digo, mejor, a una edad cierta, solemos, digo, recordar los lugares o sucesos de la infancia y adolescencia que tintaron de felicidad nuestra vida. Lugares, a veces, y tal vez incluso sin nosotros saberlo, que preñaron nuestro futuro de una idea vertebradora o axial, en torno a la cual nuestro desarrollo intelectual pudo crecer como quien tiene un tutor que le guíe. Menos corriente y explicable es, sin embargo, traer un texto escrito entonces a primera línea de fuego de la vida en un momento en el que, estar a la vanguardia, implica la necesidad de mirar hacia adelante, y no en esa otra dirección. 

Dicho de otro modo, si bien las razones que nos empujan a escribir con lirismo acerca de sucesos más o menos relacionados con nuestra experiencia vital son comprensibles, resulta más difícil de entender que, cuando no hemos publicado lo escrito en su momento, muchos años después sintamos el deseo o la necesidad de hacerlo público. Sea cual sea el modo y la explicación en que esto ocurre, con frecuencia es una grata sorpresa hallar textos literarios de quien no dedicándose a la literatura decide repentinamente dar el paso de mostrar a los demás una parte de sí a través de la escritura.

I

Luis Enrique Rodríguez-San Pedro Bezares, el autor de Briñas. Retablo en ocres y azul, el emotivo opúsculo que hoy comento no es lo que conocemos como “un escritor” si bien podría decirse que, en tanto que docente no solo de clases sino también de lecturas, se ha pasado la vida escribiendo. No literatura sino historia. O al menos eso creíamos hasta que el confinamiento del 2020 le hizo desempolvar este texto que ahora ha difundido, inicialmente en una tirada breve, y que acaba de sacar una nueva edición al parecer, también, solo para un círculo limitado al que me alegro de pertenecer.

El texto fue escrito en la ya lejana adolescencia de principios de los 70 y a partir de los periodos pasados en Briñas, el pueblo riojano de su madre. Desde el comienzo, el lirismo se presenta como elemento esencial de esta evocación que, en su día, no debió de ser sino un ejercicio de autoafirmación adolescente ante el tiempo y el espacio. En ocasiones, el choque con la realidad torna lo lírico en épico, al contrario que en este desarrollo de una realidad tan hidalga y castellana como la que halla el adolescente en Briñas: “Al palacio de la antigua nobleza sólo le quedan las fachadas”. 

Llama la atención la fuerza y la lucidez de algunas imágenes gestadas en la mente adolescente. Por ejemplo, comenzando por el título, que ignoro si es actual o ya fue dado en el momento de la escritura. Dejando el topónimo a un lado, “Retablo en ocres y azul” evoca demasiadas cosas para haber sido puesto aleatoriamente y no responder a una decisión consciente. Por un lado, está, desde un punto de vista objetivo, el elemento barroco que marcará la vida docente e investigadora del autor, y que ya le inspiraba hace medio siglo. En este sentido, retablo es una palabra preciosa que significa “tras el altar” y constituye la síntesis artística de varios siglos de nuestra mejor historia del arte y de la cultura que, aún hoy, ayuda a explicar quiénes somos.

Pero, además, retablo es un escenario en el que se desarrolla una historia. Aunque procedente del ámbito de la dramaturgia medieval, en el fondo se alude a lo mismo, a una representación. Sin duda alguna son los alrededores del Ebro zona rica en ejemplos de hermosos retablos, suficiente motivo para que la palabra sirva para evocar y definir algo bello que se ve (o se recuerda) y se representa (mediante la escritura). En cuanto a las tonalidades del paisaje, aparte de la dicotomía obvia de tierra y cielo, estaría la confrontación del cromatismo de Castilla y su historia y paisaje, no exentos de cierto determinismo, junto al azul modernista y machadiano que siempre ya evocará la infancia (y de manera más intensa, en el caso de ciertas generaciones).

El opúsculo se halla estructurado en cinco partes siguiendo la tratadística antigua al más puro estilo humanístico en el que sus elementos: naturaleza, pueblo, cosas, personajes y fluir se van sucediendo a medida que completan la visión del prisma desde lo físico a lo filosófico. Los propios apartados, desde el sustrato espacial hasta la dinámica histórica, dan forma a un modo de mirar que, sin duda, ya entonces presagiaba los objetos de interés del erudito e investigador entonces en ciernes. 

Acompañan al texto unos dibujos de corte barojiano, también del autor, que, junto a los ejercicios escriturales que conforman a un tiempo al adolescente y a su alma, delatan un elemento artístico en la observación que caracteriza por igual al científico y al humanista marcados por el rigor de su trabajo. El lenguaje es rico y el estilo sobrio pero emotivo. No muchos hubieran podido firmarlo, y menos a la edad en que se escribió. El texto denota un perfecto aprendizaje de la envidiable preceptiva literaria de hace medio siglo: los rasgos azorinescos son claros. Pero también la lectura de otros noventayochistas. Y, por supuesto, Juan Ramón Jiménez. (En vano busco referentes literarios o de otro tipo en los ejercicios de mis alumnos universitarios.)

En medio de un Retablo en el que las campanas no suenan, sino que cantan o rugen incluso, o donde los chopos murmuran, el joven historiador en potencia se siente más parte del paisaje que de la historia que avanza. Y tal vez sea esa cercanía contemplativa al todo, esa postura meditativa ante un tiempo detenido, lo que abre camino a cierta mentalidad espiritual que se percibe en el estilo, pues no todo es Azorín. En este sentido, y conociendo la posterior trayectoria del autor, me atrevería a señalar entre las inspiraciones del joven Luis Enrique cierta vena sanjuanista por aquel entonces ya brotando.

A veces los párrafos, semejando a un haiku que se demora en el tiempo, desarrollan y muestran sus ideas paralelas en estructura ternaria: “El cielo se oscurece en su azul. No se oye nada… o muy poco. Un grillo canta”, “La carretera en la noche. Canto de grillos. Un ruido de motor y resplandores blancos” o “El paraje es tranquilo. La casa de los Tosantos mira orgullosa. Cae la tarde”. En cualquier caso, en numerosas ocasiones, el espíritu del haiku parece pincelar las descripciones.

En esas descripciones, esencia de estos escritos breves, y como no podía ser menos en un retablo, la retórica se halla omnipresente. Anáforas, personificaciones, sinestesias, aliñan los textos dotándolos de una carga emocional que hace del peso de la historia el protagonista principal de lo narrado. La anáfora, por ejemplo, reiterada a lo largo de las páginas, suena en el eco del paisaje en el epígrafe “Torre” con una intensidad emocional inaudita: “Torre amarilla y parda de la barroca iglesia en la margen del río. […] Torre del pueblo, perdida y elevada entre viñas y trigo. […] Torre amarilla y parda de la barroca iglesia; dura piedra tallada, recortada en el cielo”. 

II

La primera sección, “Naturaleza”, lo es tan solo en tanto que paisaje tomado por el hombre, eso sí, apartado a un lado del camino de la Historia. El sol abre y cierra las puertas de esta primera parte, aunque el escenario queda, finalmente, para la “doncella blanca”. En este escenario de contrarios, no podía faltar el iniciático encuentro súbito con la crueldad y la muerte. 

El segundo bloque de textos lleva por título “Pueblo”; en él se abandona el paisaje natural para adentrarse en la huella humana en el mismo. Entre numerosos detalles que destacan, quiero mencionar aquí una bella y sutil reminiscencia doblemente becqueriana –inconsciente tal vez– en la evocación visual de la “Cruz” y la sonoridad de las palabras “de la iglesia en la alta torre erguida”.

Hay hermosas imágenes en esta primera mitad del libro que llaman la atención por su frescura: “El tiempo –escribe el autor bajo el epígrafe “Casona”– es el causante de las canas de la hacienda. La casa está vieja y está cansada. Los huesos le crujen en cuanto el viento sopla, por la solana, por el payo… Pero es mujer, al fin. El orgullo de los recuerdos la hace acicalarse con los viejos perfumes, y provocar al tiempo, conquistador silencioso y terrible. Y el tiempo, cruel, corroe su linaje, y el blasón de arenisca se va erosionando lentamente”.

Pero tal vez sea “Cosas” el apartado más íntimo y sentimental; aquel que pese a su limitado espacio se ha hecho necesario incorporar en el corazón del libro. El órgano abandonado y lo que implica de dar la espalda a una cultura de siglos; el aguamanil, “ya inservible”, que mira al autor “con la mueca cansada de su luna rota”; los retratos y “las viejas historias que son vida en los vivos”. En definitiva: “Todo destartalado, pasillo a media luz, reloj parado. Otro siglo”.

Será en el reino de la sinestesia (y en el marco de una bodega) donde las sensaciones del autor cobren una mayor entidad: “El eco húmedo de las viejas bóvedas repite nuestras palabras con voz profunda”. De hecho, se percibe un intento de las palabras de humanizar el paisaje, algo que permita a sus elementos abrazar al autor en un contexto en el que se siente más parte del escenario que de los protagonistas humanos. Ignoraba quizás el autor, por aquel entonces, que la Rioja sería en su vida un paso en su inevitable acercarse vital a la meseta.

Y siguiendo en el reino de las cosas, precisamente será una barca la elegida para representar una de las principales sensaciones que evoca en el lector Briñas. Retablo en ocres y azul. Una imagen sensitiva visual y de movimiento, aportada cuando, en la mente del narrador adolescente, mediante el recurso retórico de la anadiplosis y gracias a una genial intuición, la sola barca es capaz de arrastrar todo el paisaje en un travelling emocional que produce en la mente del lector una elipsis que le traslada desde el muchacho que escribe hasta el hombre maduro que, medio siglo después, recuerda lo sentido al releerse: “Los remos golpean acompasados. La barca se desliza. Se desliza la torre, se deslizan los álamos”.

“Personajes”, penúltima de las partes que componen este retablo, presenta, aun perteneciendo a veces a la familia, en realidad, prototipos. Es quizás el momento de la representación en que el autor se permite salir a escena con un mayor número de veces. Es la antesala del último apartado: “Fluir”; que reúne y embalsa todos los elementos anteriores. Pero, más que lo que indica el título, contribuye a generar una sensación de estancamiento en el tiempo, sirviendo de perfecta síntesis del conjunto del Retablo

Precisamente en las últimas páginas la voz autoral se muestra molesta o resignada frente a un futuro del que, curiosamente, no parece sentirse parte. Podría decirse que aflora, ya entonces, un espíritu conservador en el autor que se refleja en su reacción ante la aparición de los chalets en un medio que no es el suyo, como viniendo a conquistarlo. Las alusiones al bar y a los chalets de “la pequeña burguesía de la ciudad”, no en vano, amenazan con romper la costra histórica que pesa sobre todo el texto e incide en el cromatismo ocre, y azul, del retablo.

Precisamente a los “Chalets”, se ha dedicado en la segunda parte un texto tan anómalo como fuera de lugar en el Retablo, de ahí que el elemento retórico sea de vital importancia: “Los chalets son la nota blanca o la nota roja en el paisaje ocre. La nota sensual en el paisaje austero. Los chalets son temporales, nuevos; pero más caducos y más viejos. Porque la torre es eterna, y el pueblo es eterno y el paisaje es eterno”. 

Y es esta terna absoluta (Iglesia, Comunidad, Territorio) la que pervive desde hace siglos vertebrando el retablo y la historia de Briñas. Así, el autor se sirve de la epífora (o conversión) para ensalzar al tiempo: “Porque la torre es eterna, y el pueblo es eterno y el paisaje es eterno”. Esta descripción vertical y horizontal sucesivamente, que el lector siente como una señal de la cruz al repasar en su mente lo que es eterno, aparece hacia la mitad del opúsculo por vez primera. Y tal vez sea la idea central de este opúsculo de adolescencia o juventud. 

III

El viajero azorinesco, que todo lo ve y lo describe todo, se cruza con una plasmación de la realidad, por parte del autor, de algunas de las descripciones que raya lo cinematográfico: “El cementerio es un rectángulo de maleza descuidada”. Lo mismo dice otra frase central del Retablo: “El pueblo se confunde con el ocre de la tierra”: de anclado en el tiempo el hombre se ha vuelto espacio. Se ofrece así al lector otro extraño pero cuidado travellingdescriptivo de un espacio y un tiempo pasado que han permanecido en la retina del autor inéditos, como el texto sin publicar hasta ahora.

De este modo, el lector desemboca en una recuperación que habla de la verdadera sabiduría de quien a la edad del autor vuelve los ojos a lo primero, a lo germinal y cuanto esto tiene de verdad en un mundo de olvidos y sustituciones mercenarias en pos de un nuevo escalón, un cursus honorum, en definitiva, hacia la nada ya conocida entonces en el paisaje adolescente, allí donde la vanitas barroca evoca el Eclesiastés. Frente a todo ese futuro por venir, el adolescente es capaz de adivinar en un momento dado, ante lo que ve: “Puebluco medieval tras los montes violeta, pureza sencilla”.

Tiene, por todo ello, este Retablo sentimental más de foto fija en el recuerdo que de diario mantenido en el tiempo. Hay en él, pese a todo, más de Proust que de Braudel. Y es una pena, porque sin duda su continuidad hubiera alejado al profesor de las aulas y le hubiera arrojado en brazos de la escritura creativa, para regocijo de los amantes de la literatura. Aunque me consta que sus alumnos lo habrían echado en falta.

Llama la atención extraordinariamente esa capacidad del pre-historiador adolescente para sentir sensaciones más propias de la persona en su madurez, por la ingente carga de nostalgia y melancolía, que de su edad. Puede haber quien lo crea un divertimento, pero a mí me parece toda una vida enmarcada en un momento. O quizás un punto del tiempo a partir del cual se gesta y lleva a cabo una vida. Aunque probablemente esto último sea una divagación literaria.

El lector, o lectora, –que, teniendo en cuenta lo dicho al comienzo acerca del modo en que se ha difundido este texto, amiga se atreve a llamarse del autor (o cuando menos, cercana espiritualmente)– no puede por menos que agradecer al autor que le haya permitido adentrarse en esta (sobre)exposición de sentimientos que conlleva haber hecho público este Retablo.