Operación Perejil II

Lo malo de los chistes de Lepe es la cara de pocos amigos que se les queda a los habitantes de esa pujante villa onubense cuando alguien quiere hacerse el gracioso a costa de difamar a sus paisanos. Esa cara, pero esta vez de náusea, se nos está quedando a los españoles cuando vemos el derrotero que está tomando este gobierno que nos ha tocado en suerte, que, además de no dar una a derechas –nunca mejor dicho-, está metiéndonos en un callejón sin salida.

Como si de una conjunción planetaria se tratara, estamos entrando en un largo túnel, a bordo de un vehículo con muy poco combustible, apenas sin luces y con un conductor que lleva colocada la L en la luna trasera. De momento, sufrimos roces a derecha e izquierda, pero nos hemos librado del choque frontal, más por la pericia de los otros conductores que por la escasa precaución del nuestro.

Es de chiste que, con una pandemia que ha causado tantos miles de muertos – y que aún no hemos sido capaces de doblegar-, con una economía gangrenada, con el déficit y la deuda pública aupados a cotas nunca alcanzadas, con el paro vuelto a niveles ya olvidados, con un nuevo gobierno en Cataluña integrado por una coalición independentista dispuesta a repetir el golpe de estado del 1-O y, por último, con la grave invasión de varios miles de ciudadanos africanos que con la aquiescencia del gobierno marroquí y la colaboración de su policía han cruzado la frontera por Ceuta y Melilla, con ese negro panorama, causa sonrojo que el gobierno español no haya encontrado nada más urgente que la cuadratura del círculo en forma de programa de actuaciones…. ¡para el año 2050! Se ve que los graves problemas actuales no son urgentes y que el Ministerio de Agenda 2030 ya agotó sus iniciativas y debe emplearse a fondo para tener previsto todo un cuerpo legislativo que evite las carencias que ahora nos devoran. Habrá que inventarse una nueva cartera. Lo dicho, si no fuera tan vergonzoso y tan grave, pensaríamos que es un chiste.

Han tenido que entrar en Ceuta y Melilla más de 8.000 personas en 24 horas para que el gobierno se dé por enterado. Ante el hecho consumado, el altavoz gubernamental se ha apresurado a calificarlo como crisis migratoria. Mal comenzamos, calificando lo de Ceuta como algo relacionado solamente con la inmigración cuando tiene más de maniobra política de Marruecos, ideada como respuesta a las torpes intrigas de nuestro gobierno. Acto seguido, en un intento exculpatorio, todos los boletines informativos se afanan aclarando que esa crisis nada tiene que ver con el hecho de que el líder polisario Brahim Ghali, se encuentre ingresado desde el mes de abril en un hospital de Logroño. Pues no. Esta vez tampoco cuela el intento. El rey de Marruecos -que no se distingue por su actitud democrática-, pertenece a una estirpe que ha dado suficientes muestras de saber olfatear la debilidad de sus vecinos del norte. Lo demostró Hasan II con la llamada Marcha Verde, y su hijo, Mohamed VI, repite ahora la jugada con la que podíamos llamar Marcha Mojada. En estas batallas incruentas, la táctica está muy clara: lanzar por delante una masa de población civil indefensa para conseguir una ocupación de facto.

Cuando quedó al descubierto la ingenuidad de nuestro gobierno –pensó que falsificando la identidad de Brahim, pasaría desapercibido-, Marruecos se sintió engañado y, por boca de su embajadora en Madrid, no se recató lo más mínimo a la hora de lanzar claras amenazas contra España. Era la gota que colmaba el vaso de las meteduras de pata de un gobierno a cuyos integrantes les viene muy grande el cargo. Apoyar desde la vicepresidencia del gobierno al Frente Polisario y la celebración de un referéndum en el Sahara, y ahora el traslado disimulado de uno de los principales enemigos de Marruecos –tampoco se debe olvidar que Brahim tiene cuentas pendientes con la justicia española- a un hospital español, han acabado con la poca paciencia de Mohamed VI, que ha vuelto a jugar con las carencias de un pueblo subyugado para dar una bofetada a España y, de paso, también a la Unión Europea.

Cuando asistimos a una de las sobreactuaciones a que nos tiene acostumbrados Sánchez, aparentando haber amedrentado al monarca alauita, más le vale que cambie el chip porque ha vuelto a errar el tiro. Ha empezado con mal pie su mandato y sigue con el paso cambiado. Por razones de vecindad, y por nuestro propio interés, los presidentes del gobierno siempre han comenzado sus viajes exteriores en Rabat. Sánchez ha sido la excepción que ha puesto sobre aviso a nuestros vecinos del sur. Ni él ni sus asesores le han advertido de lo que hoy representa Marruecos en el aspecto estratégico.

Alguien debe recordarle a Sánchez –estoy convencido que sí lo ha hecho el CNI- que Marruecos representa hoy la última barrera de la inmigración procedente de todo el continente africano. Por otro lado, y no menos importante, hay que resaltar que el comunismo, que nunca ha sabido conectar con una sociedad como la marroquí esencialmente musulmana, desde que llegó al trono Mohamed VI está atravesando una de sus peores etapas. Si a todo lo anterior unimos la condición de ser un estrecho aliado de EE. UU., tendremos la justificación de la conducta un tanto bravucona que se dicta desde Rabat. Sin esos lazos tan estrechos no se podrían entender noticias tan pintorescas como el apoyo de EE. UU. a Marruecos en el contencioso del Sáhara – a pesar de la clara postura de la ONU-. o el reconocimiento de Israel por parte de un país musulmán como lo es Marruecos. De hecho, le ha faltado tiempo a Joe Biden para apoyar la postura de Marruecos en esta crisis. Nuestro gobierno tiene “corte” suficiente para emplearse a fondo en sacarnos de este pozo y, de paso, afinar su política exterior seleccionando mejor sus relaciones y olvidándose de nuevas provocaciones.

Así pues, que no saque pecho Sánchez porque Marruecos no cesará en su política, sabiéndose protegido por el tío Sam. Ni España ni la Unión Europea le acobardarán porque, entre Marruecos y EE. UU., pueden colocar sobre las cabezas de toda la U.E. algo tan peligroso como los caladeros y los aranceles. Y, por lo que a nosotros nos afecta más directamente, que nadie ignore el actual potencial armamentístico del ejercito marroquí.