Promisoria cosecha

-La cebada ya blanquea.

Desde la ventanilla del coche mi madre deja vagar su mirada sobre los mares ondulantes de cereal. El viento de las borrascas insólitas de mayo me mantiene ocupada frente al volante y a la carretera tantas veces recorrida.

-Eso es que se hace la espiga y luego, sale el grano.

Acariciados por el viento, la cabellera de cereal, verde profundo el trigo, blanquecina y glácil la cebada, ondea sobre la tierra como un mar lleno de promesas, promesas de buena cosecha, promesas de verano febril recogiendo el fruto de la tierra. Y entre el verde majestuoso, acariciado por el viento que es una mano que peina, las salpicaduras rojas, azules, amarillas, de las flores de cuneta. Y el aciano exquisito con su color de alta costura me emborracha de belleza y no puedo por menos que llevarme a casa el botín arrancado a la tierra generosa recién llovida. Mi madre, cuando tenía rosales, cuando alcanzaba a las lilas, nunca cortaba flores más que para la virgen de mayo, soberbia de joyas en su ermita paupérrima, paredes desnudas, blancas y suelo donde se seca el tomillo arrancado al amanecer para llenar de perfume la misa de la fiesta. Y un vestido nuevo para las niñas, las niñas que aún no tienen los exámenes de pentecostés que nos alejaron de los lunes festivos del pueblo de mi madre. Un vestido nuevo, los zapatos de brillar, los calcetinitos calados y en el pelo, un lazo del mismo color… y el camino entre las tierras plenas de flores y espigas, lleno de polvo que se levantaba al paso de los que llevaban la Virgencita a cuestas, casi sin peso, rodeada de flores, flores que mi madre le entregaba cuando se posaba, palomita blanca cubierta de oro con coronita de muñeca, en su humilde asiento de la ermita.

En el pueblo de mi madre, la francesada ha dejado sus rastros indelebles que se cubrían de fiesta, de capeas y meriendas junto a la ermita porque la vida sigue y la historia es estrato sobre el que vivimos. La sangre de los soldados de la Batalla de los Arapiles hizo fructificar los campos que, cuando los recorre con su mano y su discurso sabio mi primo hermano Miguel Ángel Martín Mas, se llenan de ejércitos y de sangre. Sin embargo, cuando yo era niña, aquel era el paraíso de las piedras que se alzan para vislumbrar, lejanos, los cercanos Arapiles, entre el mar de cereal, mientras los cohetes de la fiesta nos llenan los oídos de charanga y de alegría. El vestido acababa sucio de verde, los zapatos rayados por la tierra y los calcetines de perlé enganchados por todas partes… pero en la plaza del pueblo había baile y a los niños nos daba el abuelo unas pesetas para comprarnos una bolsita de avellanas y a mí nunca me alcanzaba para la camarita de fotos de plástico que siempre codiciaba. Era una borrachera de luz y de perronillas que mis tíos celebraban con anís y vino dulce, mientras mi abuela nos daba de merendar a toda la caterva de nietos siempre en movimiento…

-Ya blanquea la cebada. Se acerca la fiesta ¿En qué día dices que cae la Peña?

Y a la cronología del amor, no le sé decir lo que ya no se celebra…

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.