¿Real? ¿Virtual?

Hasta hace unas pocas décadas, mediados del siglo pasado más o menos, sólo sabíamos de una realidad, la física, la nuestra, la que heredamos de nuestros mayores, pero hoy resulta innegable que otra nueva está presente, así que debemos convivir con dos. Una realidad real y una realidad virtual, cuyas fronteras cada vez son más difusas porque ambas interactúan permanentemente y no estoy muy seguro de cual va ganando.

La Real Academia Española (RAE) define ‘realidad’ como existencia real; como aquello que ocurre verdaderamente. Y ‘virtual’ figura como adjetivo de aquello que tiene existencia aparente y no real. En mi opinión estas definiciones aclaran poco. Además, la primera de ella cae en ese error que los profesores siempre nos corregían cuando nos pedían definir algo: lo definido no puede entrar en la definición.

De lo que nos dice la más alta instancia de la Lengua Española se podría deducir con facilidad que ‘realidad’ y ‘virtual’ son términos opuestos, pero la propia RAE define también el resultado de la unión de las dos palabras -‘realidad virtual’– precisando que en Informática, es la representación de escenas o imágenes de objetos producidos por un sistema informático, que da la sensación de su existencia real.

La más reciente, la realidad virtual que vino hasta nosotros de la mano de Internet, nació sin un lenguaje propio y en un primer momento tomó prestado el de nuestra realidad real pero, como se ha hecho mayor con rapidez, ahora tiene el suyo y con él está creando (desde la nada, cual Dios omnipotente), su propio mundo. Un mundo digital en el que se ha superado esa tiranía que a nuestra realidad real le imponen el espacio y el tiempo. Nuestra vida por tanto, ya no se mueve únicamente en el plano de la realidad real, una gran parte de ella lo hace en una realidad virtual que carece de materia.

La virtual nació dotada de escasos contenidos pero nosotros, desde nuestra realidad real, se los hemos ido regando. Contenidos de los que, una vez ha liberados de su materialidad, se apropia. Datos personales, DNI, Pasaportes, cuentas de los bancos, contraseñas, aficiones, fotografía, y también sentimientos, opiniones, conversaciones íntimas, etc. Con todo ello, ya trasformado en impulsos eléctrico, el demiurgo virtual gesta y da a luz nuestro avatar, nuestro perfil, nuestro otro yo, que va completando y ampliando día tras día siempre con nuestra gratuita complicidad.

Una vez dotados ya de ese nuevo ser virtual, se nos anima, se nos invita, se nos tienta, y se nos termina por imponer; habitar en las múltiples y casi infinitas realidades virtuales que lo digital crea para nosotros. Y así, casi sin darnos cuenta, nos desdoblamos, comenzamos a vivir dos diferentes planos de existencia. Uno, el físico, el conocido, el que creemos controlar, y otro inmaterial, espectral, líquido, en el que tratamos de mantenernos a flote braceando estilo perro porque no logramos hacer pie. Y el caso es que en ambas existencias seguimos nosotros ¿o no?

Está claro que hemos superado ya la Edad Contemporánea (una curiosa denominación ya que todas las edades lo son para aquel que vivió o vive en ellas) y hemos entrado en una nueva Edad: la Digital. Un nuevo tiempo en el que a las 4 dimensiones que conocíamos (alto, ancho, largo y tiempo) se ha sumado una quinta, la que le da nombre, la dimensión digital, que ha venido para quedarse y también para completar la globalización de nuestro mundo.

Sutilmente, lo real está siendo invadido por lo virtual, y nuestro mundo conocido es objeto de complejas y profundísimas transformaciones a todos los niveles: económico, social, laboral, político, incluso personal, pero para lograr que este proceso, inevitable por otro lado, sea lo más humano posible, son indispensables nuevos marcos de referencia, nuevos sistemas y estructuras a escala planetaria, lo analógico ya no sirve, es necesaria una visión del mundo digital.

Y es que, el poder ya no está en el oro, el petróleo o la tecnología, ni siquiera en la información, el poder está en la posesión y el proceso casi instantáneo de ingentes cantidades de datos digitales. Los organismos públicos están digitalizados, los servicios están digitalizado, las grandes empresas están digitalizadas, etc.; también nuestras pequeñas vidas están digitalizadas y tal vez por eso cada vez somos más virtuales.

Nuestras familias y nuestros amigos se virtualizan, nuestro ocio se virtualiza, nuestra educación se virtualiza, nuestros bancos y nuestras compras se virtualizan, también nuestra propia imagen se virtualiza, ya que en esa nueva realidad podemos ser cualquier cosa que queramos ser, manteniendo el anonimato si así lo queremos y vivir (¿?) en la nube. ¡Pero hombre, si hasta el virus de la COVID se ha hecho viral! (Perdón por la ligereza).

Si, lo admito, es un asunto que puede llegar a inquietar, sobre todo si recordamos las palabras de Morfeo, uno de los protagonistas de la trilogía de Matrix: Matrix –un mundo virtual- nos rodea. Está por todas partes. Incluso ahora, en esta misma habitación. Puedes verlo si miras por la ventana o al encender la televisión. Puedes sentirlo cuando vas a trabajar, cuando vas a la iglesia, cuando pagas tus impuestos. Es el mundo que ha sido puesto ante tus ojos para ocultarte la verdad.

También hay cosas buenas. Si ahora están leyendo esto, es gracias a este periódico digital que, además, me permite enviarles a todos un abrazo virtual.