La Belle Epoque

Ha llegado la primavera.La primavera la sangre altera”. Nuestros campos eclosionan de verde y flores. Cantan los pájaros en las arboledas y preparan sus nidos para engendrar vida nueva. Si a esto se une que se abren las fronteras cerradas por la pandemia y, como si nos libraran de los grilletes que nos tienen amarrados en una cárcel, la gente espera que todo esto pase como un mal sueño y llegue una época de esplendor y libertad. Ya he oído como un rumor de estas voces que se insinúan en nuestra sociedad a través de los medios y las redes sociales. Hay quien habla de una nueva “Belle Epoque”. La Belle Epoque ese periodo de entre guerras, de finales del siglo XIX y principios del XX, que después de la Primera guerra mundial se llamó “les anneées folles”, los años locos, en que la sociedad francesa vivió la vida con avidez y fruición celebrando la salida de uno de los periodos más oscuros de su historia, la Gran Guerra del 14 al 18; a la que hay que añadir la gripe llamada “española” (aunque no naciera en España) y que causó más millones de muertos en Europa que la misma guerra, que no fueron pocos.  Esa época fue sin duda de esplendor e influyó en Europa, en la que se dio un gran paso en la liberación de la mujer y en todo lo que se llamó progreso en la cultura y el arte y en la vida en general. Ahí nos quedan como símbolos esos carteles de las salas de fiestas con bellas y elegantes mujeres, tocadas con el típico sombrero y llevando con elegancia la sombrilla.

Solo recordar que ese periodo de belleza y esplendor duró poco. Llegó el “crack” del 29 en Estados Unidos, que repercutió en todo el mundo. Y en Europa los años treinta fueron de preguerra, especialmente en España. La Historia es “magistra vitae”, por eso hemos de aprender de ella. Ahora, cuando vemos un poco de luz y tenemos esperanza de salir de este periodo trágico que vive la humanidad, pensemos en gozar de la vida como el don supremo que se nos concede. Y más que gozarla con avidez hemos de emplearla en mejorar esa misma humanidad a la que pertenecemos, empezando por conservar nuestra casa que es la tierra. Ante la deshumanización y el enfrentamiento entre los pueblos, el ser humano en particular y las sociedades deben aprovechar este momento para humanizar la vida de todos, de manera que a todos llegue el progreso y el bienestar a que todo hombre tiene derecho, pero al que la mayor parte de los hombres no tiene acceso. Y ya que hemos comprobado en la desolación de la pandemia que no podremos salir se ella si no es juntos y ayudándonos unos a otros, aprendamos la lección y fomentemos la concordia en la sociedad y entre las sociedades y, en último término, entre los pueblos y naciones del mundo. Cada uno podremos poner lo que esté en nuestras manos. Así la época que seguirá a esta pandemia será realmente una Bella Época.