Sentido común

“El buen sentido es lo que mejor repartido está entre todo el mundo, pues cada cual piensa que posee buena provisión de él”

Descartes

 

Diversas personalidades y responsables –desde diferentes ámbitos– han apelado durante esta pandemia al sentido común. A menudo, enarbolamos la bandera del sentido común como si se tratase de una fórmula perfecta para resolver cualquier disyuntiva, por desoladora que sea situación. Su demanda ha tenido un nuevo auge en los últimos días, debido al esperado fin del estado de alarma y al término de algunas restricciones inherentes al mismo. Sin embargo, parece que no hemos hallado ese común de los sentidos.

Empleamos el constructo “sentido común” para hacer referencia a algo lógico o –como se dice popularmente– “que cae por su propio peso”. Es una especie de camino despejado y predefinido que todos deberíamos adoptar sin duda razonable. En estos términos hacemos alusión a formas de proceder que se hallan dentro de una normalidad estadística cuyo exterior es residual. Es decir, comportamientos que resultan muy evidentes –por ser seleccionados por una abrumante mayoría– enfrentada a una determinada realidad. En este aspecto, debe considerarse que detrás de cualquier conducta se encuentra un motivo y –en consonancia– esta cumple con la consecución de un objetivo, más o menos presente en nuestra consciencia. De este modo, al referirnos al sentido común como una conducta de confluencia, reconocemos la existencia de un objetivo compartido.

En un contexto de pandemia puede parecer sencillo establecer un objetivo común, como es la preservación de toda vida humana. Sin embargo, la realidad –en la que se reconoce una crisis social multidimensional– nos muestra lo utópico de hallar un objetivo común que favorezca dichos comportamientos lógicos y armónicos con un pensamiento colectivo extremadamente difuso. Basta con presenciar algunas conversaciones en espacios públicos para percibir la gran diversidad de opiniones y puntos de vista que nos cargan de razones para no definir un objetivo común. Ni siquiera personas próximas en el espectro ideológico son capaces de llegar a un acuerdo sobre lo oportuno o discorde de ciertas normas y restricciones. En pleno siglo XXI, un enemigo identificado, cuyo potencial representa un peligro real para la sociedad mundial, no ha sido capaz de unirnos en un frente de acción. Parece probable que esto tenga mucho que ver con las actuales dinámicas sociales y esa identidad palimpsesto de la que nos hablaba el sociólogo Zygmunt Bauman en su mundo de la modernidad líquida.

Las imágenes de la madrugada del pasado domingo, tras el fin del toque de queda, son una evidencia más de que no todos hemos entendido esta pandemia del mismo modo y que cada uno tiene su sentido, más o menos ajeno al que marcan los cánones. No obstante, libre de ser moralista y con el deseo de que pronto regrese la anhelada antigua normalidad, a estas alturas de la película –a pesar de los lemas– parece indudable que este virus no lo vamos a parar unidos.